La historia del arte ha mirado los nenúfares como algo más que una planta: como una forma de belleza basada en transiciones de un estado a otro. Están en esa línea que flota y que se hunde, entre lo que dura un instante —los pétalos, apenas tres días— y lo que llega para quedarse —las raíces. Monet los convirtió en un motivo casi obsesivo, intentando capturar la luz a través de ellos, eludiendo el agua, sin llegar nunca a fijarse del todo en el resto del paisaje. Como si pintar fuera un ejercicio para perseguir el tiempo a través de la vida y muerte de una flor. En la pintura de Ofelia de John Everett Millais aparecen en otra clave más trágica: como parte de un paisaje que no se detiene ante la vida ni la muerte, sino que simplemente continúa.
En el siglo XX y XXI, esa imagen se traslada a la arquitectura. El Pabellón Barcelona de Mies van der Rohe —tan preciso y perfecto, tan minimalista y estudiado, tan aparentemente incorruptible— ha recuperado los nenúfares en una intervención reciente que busca acercarlo a su atmósfera original de 1929. El proyecto Nenúfars, ahora recogido en un libro, documenta esa recuperación como una acción poética y artística: devolver vida a unos estanques que habían quedado vacíos, demasiado abstractos, demasiado impasibles. Las imágenes muestran cómo el edificio cambia cuando vuelve a convivir con algo tan básico como lo vegetal y salvaje, esas flores blancas llamadas «victorias amazónicas».

En el fondo, hay una idea que atraviesa todo esto: los lugares no se quedan quietos. Como en la literatura de Proust, los espacios cambian con el tiempo y con la mirada, se reescriben desde la memoria. Los paisajes parecen estar siempre atravesados por lo que ya no está, por capas de historia que no desaparecen del todo. La arquitectura moderna nació con la voluntad de permanencia, tras el brutalismo, que dejó ese poso de que la arquitectura tiene que generar una sociedad más igualitaria, funcional y transparente. La honestidad de los materiales frente a la decoración. En este soporte, la realidad se acaba imponiendo; el paso del tiempo añade variaciones que no se pueden evitar ni ocultar. El tiempo es una entidad que no miente.
Por eso resulta interesante pensar en los arquitectos que han entendido esa condición cambiante. Isamu Noguchi o Carlo Scarpa, por ejemplo, incorporaron la naturaleza y el agua no como decoración, sino como parte activa del espacio, como algo que lo completa y lo modifica con el tiempo. Y más cerca, Álvaro Siza ha insistido en esa misma idea: que un edificio no termina cuando se inaugura, sino cuando empieza a ser habitado por el clima, la humedad, el moho y los desperfectos naturales del paso de los años. Vista así, la arquitectura no lucha contra el paso del tiempo, sino que lo incorpora a su estructura, a su esencia.
En ese contexto, el artista chino Ai Weiwei —uno de mis referentes en el arte contemporáneo— diseñó una intervención exprofeso para el Pabellón Barcelona planteando un contraste directo entre la arquitectura, el tiempo, lo natural y lo humano. En 2009 llenó los estanques del símbolo internacional del Movimiento Moderno con leche y café, transformó el espacio en algo completamente distinto durante un momento congelado en la memoria gracias a la fotografía. Dos líquidos cotidianos, cargados de olor, opuestos en color y en texturas, convertían el suelo de mármol en una superficie inestable, una metamorfosis visual de un espacio hasta entonces inalterable. El edificio dejaba de ser solo arquitectura para convertirse en una escena viva de algo asombroso e impredecible.

En resumen, lo que une todas estas intervenciones es una idea bastante simple: los espacios, los paisajes y las situaciones nunca son definitivas. Se van ajustando con el paso del tiempo. Y quizá la arquitectura, desde su concepción artística, no pretenda evitar esos cambios, sino en convivir con ellos. Como los nenúfares, que no quedan anclados en el agua y no duran más de una estación, pero acompañan y ofrecen belleza a medida que el tiempo transcurre.
