Yo, posthumano

Rememoro el bicentenario de la publicación de Frankenstein a colación de la nueva deformidad freak que vemos en fotografía, en videoarte, en la moda y en el cine. A buen ritmo, se suceden nuevas referencias contemporáneas. Como el brutal relato esteticista de las Pieles de Eduardo Casanova: un drama social sobre la desfiguración, la deformidad, la fealdad sin solución. Una película fantástica que demuestra la incomodidad social ante lo raro. Porque hoy hemos aprendido a modelar nuestra imagen en base a aquello que queremos ser. Así, quien está muy gordo puede adelgazar y convertirse en un ser apolíneo. Quien tiene una deformidad física la puede corregir pagándose un buen equipo de bisturí. Pero no estamos preparados para afrontar la mutilación, la deformidad congénita, el caso sin resolución. Admiramos lo heroico de soportar el sufrimiento y la proscripción del individuo frente a la sociedad.

Cartel promocional de Wonder.

Un ejemplo perfecto de esa heroicidad la vemos en otra película reciente: Wonder, de Stephen Chbosky. Es un alegato a las sociedades inclusivas, nuestras tribus modernas, que deben respetar a todas las personas, sean como sean, padezcan el síndrome más terrible o la enfermedad más fatal. Tras finalizar el relato, resulta ineludible recordar la cinta clásica de David Lynch: The Elephant Man. Intercambian mensajes en la evolución de un niño deforme ante la sociedad. En el caso de Lynch, aparece la violencia de las sociedades primitivas y drama desgarrador del protagonista. Como el de nuestro Frankenstein. En el caso de la trama de Chbosky, se neutraliza la ira con una solución contemporánea ante el bullying escolar: la adaptación y el respeto a las extrañezas de los demás, porque sabemos que no son muy diferentes a las propias.

El caso es que debía volver a hablar de la transformación voluntaria de lo físico, de la apariencia humana. Como explica la teórica Linda Kauffman en Malas y perversos, cualquier persona que opte a remodelar su cuerpo y su rostro, que acceda a un implante dental, o un hueso sintético producido con impresora 3D, cualquier cadera artificial, prótesis mecanizada, cirugía plástica o intervención de cambio de sexo, entra dentro de una nueva órbita ética y estética de la humanidad, una evolución constante del homo sapiens que nos permite reconocer el estado posthumano. El posthumano es el ser ser autodiseñable de la era de la posverdad.

La reina Letizia es una posthumana perfecta. Su obsesión por un lograr una silueta mejor, un rostro más dulce, una expresión más agradable, le ha llevado varias veces al quirófano. Nariz, ojos, pómulos, barbilla, orejas y cuello son completamente nuevos. Tanto, que su cara es asimilable a otras, reciclable como un fondo de armario. Algunos días la vemos parecida a Renée Zellweger, que también es fan a más no poder de la cirugía plástica. Otros, la vemos fluir directamente hacia la figura de Melania Trump, otra posthumana. El caso es que ha sabido modelarse a su imagen mental y asemejarse a las modelos que le sirven de inspiración. Por su personalidad pública, desde el primer momento fría y robótica, podría ser una robot como la Ava (Alicia Vikander) de la excéntrica Ex-Machina o un terminator como el T-1000 interpretado por Robert Patrick; incluso regresando a los inicios de todo, podría ser un replicante dibujado en el cine por Ridley Scott.

Por cierto, la novela que inspiró Blade Runner (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick) está de plena actualidad por la consecución de la saga cinematográfica, y también porque se aproxima el año 2019. Un año para el que el autor americano veía spinners como vehículos voladores. Un fracaso porque ahora llamamos spinner a los caprichos de la idiotez para perder el tiempo. Las pirámides de la Tylor Corporation, con sus focos hacia el cielo, ahora solo encontrarían parecido con algunas discotecas poligoneras en las que pincha Kiko Rivera. Los replicantes asesinos ahora son solo humanos psicópatas armados; porque la torpeza de la inteligencia artificial solo ha conseguido fabricar aspiradoras que andan solas, drones que desfilan en pasarelas con bolsos de lujo, y algunos tipos de articulación ortopédica protésica.

Drones portadores de bolsos en el último desfile de Dolce & Gabana.

En nuestros intentos por asimilar la forma humana tal cual es, pretendemos destrozarla. Un instinto cognitivo nos obliga a olvidar las clases de anatomía y jugar a crear humanos nuevos. Así lo hizo Gucci en la presentación en Milán de la colección para el otoño de 2018. Su director creativo, Alessandro Michele, perdió la cabeza para presentar sobre la pasarela lo extraño y lo freak. Modelos que portaban en sus manos su propia cabeza. Una virguería de los efectos especiales producida en un taller de artesanía. Todo, para una colección floral, geometrizante y viva, que por contraste se presentaba en una sala de operaciones con luz de quirófano y modelos decapitados. Visto esto, ya no hay vuelta atrás. El posthumanismo está de moda, y ha llegado para quedarse.

Posthumanismo ilustrado en la pasarela de Gucci.
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