Melaniamanía y pantojamanía

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Hasta en los peores momentos, hasta en la agonía, hasta en la tristeza más profunda, debemos obligarnos a mirar con desafección y frivolidad. Por suerte, sigue existiendo una realidad paralela a la que sale en los telediarios, a la de las oficinas, a la mecánica del cajero de supermercado. De la muerte se hace vida. De contemplar, impotentes, la guerra, aceptamos vivir en paz. La cruz de la moneda siempre se adivina una cara. De las entrañas maléficas de Donald Trump surge la esplendorosa y turgente silueta de Melania. Por eso, todo el planeta está buscando el refugio en otra dimesión. Ante la arrogancia de la política neocon, cualquier movimiento pop nos salvará. Por favor, Melania, sálvame; ven nadando a mí.

Por eso, brindemos por la nueva afición internacional, que es hablar de Melania Trump como nueva supergirl, como el ser humano que vencerá a cualquier cataclismo provocado por su marido y mecenas. Melania, como los primeros seres vivos terrestres, como los cocodrilos y las cucarachas, sobrevivirá a la tercera guerra mundial de armas biológicas. Presidirá una Casa Blanca con cortinas doradas, con alfombras art-decó, con mobiliario victoriano fake, reina de la era de la posverdad. Así, ha ordenado la construcción de un salón de belleza en el que pretende pasar más de una hora al día. Aspira a ser la Barbie universal. Tras Jackie Kennedy, Nancy Reagan y la frustrada Hillary Clinton, llega la Barbie Trump.

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Se ha hecho viral ese vídeo en el que Melania cambia el gesto abruptamente cuando Trump deja de mirarle, y se sumerge en una profunda e instantánea pesadumbre. Ahora todos sabemos que Melania es muy feliz en su matrimonio. Han aparecido gifs y pancartas con el lema #FreeMelania. Empatizamos con ella y sabemos que de su villano favorito obtiene lo que necesita; la pócima de eterna fama y juventud. Ese cambio de gesto hacia el desánimo no puede ser producto de una interpretación. Al igual que los múltiples gestos de Winona Ryder en los premios del Sindicato de Actores de Cine no eran ficción, sino una realidad tormentosa que atravesó su mente como un flash.

De gesticulación también se habla mucho en terreno nacional, a raíz de la entrevista televisiva más vista después del último debate de candidatos a las elecciones generales. Me refiero a la primera aparición de Isabel Pantoja en El Hormiguero, que ha significado una revolución de argumentos estéticos y éticos, de ira y enfados por parte de Jorge Javier Vázquez y Ana Rosa Quintana. Y todo porque en la entrevista pactada que le hizo –el poco sustancioso– Pablo Motos omitió con desprecio a quienes le regalaron a su perrita Sisí. Sí, sí, Isabel Pantoja tiene una perrita que se llama Isabel Pantoja. Supera esto, Aida Nízar.

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Pantoja se mostró cínica hasta el paroxismo con expresiones como “¿ese es Kiko? ¿ese es mi hijo? ¿está aquí?” mientras miraba un monitor, como si nunca hubiese visto una retransmisión, como si no conociera la magia y artilugios de la tele. Cuando ella, y prácticamente solo ella, fue la chispa que hizo explotar los programas del corazón en España. Isabel Pantoja es a Sálvame, Salsa Rosa, Dónde Estás Corazón, Aquí Hay Tomate, lo que Zapatero a Podemos, el germen de un alien destructor. Y ahora ambos se arrepienten del monstruo que han creado. Ahora es tarde señora, como diría su antagonista histórica, Rocío Jurado.

Móvil, cartera, tabaco y llaves. Mierda, Pantoja. La Pantoja interrumpe y cortocircuita uno de los mejores estribillos del pop nacional de los últimos años, de Las Bistecs. Y me encanta que sea así. Porque se ha convertido en un personaje negro, en permanente estado de luto, en rictus fingido y ojos llorosos, una víctima. Y como dice la gran Manuela Trasobares; «las víctimas son la parodia de la sociedad». Lloró la muerte de su marido en todas las portadas de cuché. Ocultó sus relaciones con Encarna Sánchez, con María del Monte y sospechamos que con alguna más de las caras que hoy ocupan el prime-time.

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Tuvo dos hijos que son un ejemplo paradigmático del fracaso del sistema educativo español. Y se enamoró hasta los dientes de uno de los más corruptos de la Marbella torrentesca de los 90: Cachuli. Lo que la llevó a «ese lugar que no quiero nombrar». La cárcel, el trullo, el talego; como le recordó Jorge Javier en su dramatizada alocución que supuso uno de los clímax televisivos más impresionantes que ha dado el formato Sálvame. El ex amigo de Maribel le recordó en horario infantil todos sus fracasos. Fin de relaciones. Confirmación de que la condenada seguirá siendo una estrella del pop patrio por mucho tiempo. Larga vida y prosperidad.

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