Medidas de ajuste al consumo

Combatir el consumismo crónico es difícil. No creo que haya diferencias sociales más fuertes entre familias que aquellas que compran por necesidad y las que lo hacen por placer y capricho. Las que miden la lista de la compra, y las que compran a ojo, intransigen con sus marcas favoritas y degustan las novedades promocionales de platos preparados. El nuevo pastel de cabracho y esas cosas. Por suerte o desgracia, soy del segundo grupo.

El otro día, debatía el tema con un amigo mientras merendábamos un excelente chocolate de comercio justo de importación, Kaoka. Es sumamente difícil renunciar a comprar por capricho cuando te has acostumbrado a hacerlo. Y más todavía, cuando, como comentaba con el branding de Lacoste, la vida low-cost nos hace todo tan fácil como barato.

Soy defensor del consumo; hasta ahí podíamos llegar. Pero un consumo razonable. Comprendo que hemos montado todo para comprar sin parar; porque así se fabrica más, se contrata a más gente, se exporta más, viene más gente a vivir de la prosperidad, las personas ganan más dinero y la economía crece.

Porque parecía que la única alternativa a crecer era decrecer. Ahora sabemos que eso no es así, que hay criterios de sostenibilidad de por medio. Para ello nos sometieron a la obsolescencia programada y el sistema me parece una estafa. Las cosas materiales ya se deterioran y se rompen, la ropa se destiñe y se rasga por proceso natural, los electrodomésticos se averían; no tenemos que ayudar al planeta a degradarse más rápido todavía.

A quien le parezca una sinvergonzonería que me pueda gastar 200 euros en una camisa, le diré que a mí me parece m más triste comprar una copia de ese diseño por 15 euros. Aunque reconoceré la hipocresía cometida la próxima vez que lo haga, porque también lo haré. En contradicciones, soy el rey.

Si tuviéramos que pagar el precio justo de las cosas, seguramente pocos tendrían más de cinco camisas y tres pantalones, y los amortizaríamos durante mucho más tiempo; es posible que hasta los cuidaríamos más. Pero el fenómeno comprar-tirar-comprar nos ha puesto en bandeja cambiar de ropa casi cada temporada, comprar muebles baratos de diseño danés y volar a Londres por 30 euros, aunque el precio real del combustible del avión lo estén pagando a nuestras espaldas los políticos (de nuestros impuestos, claro) interesados en hacer crecer el sector turístico.

Dicho todo esto, y como no me gustan estas parrafadas victimistas, haciendo gala del peor pesimismo de todos los tiempos, me pongo en modo on. Y lanzo cuatro propuestas sencillas con las que conseguiremos salvar parte de nuestra conciencia, rascar nuestros bolsillos y, en el mejor de los casos, un trocito de planeta:

Consumir algún producto de comercio justo: Hay una grandísima variedad de importaciones de agriculturas en vías de desarrollo: café, té, cacao, cereales y legumbres. Son más caros que los de marcas blancas del supermercado. Pero el coste va a parar a personas que gozan de unos derechos laborales dignos en países de economía precaria. Consumiéndolos, favorecemos el crecimiento de los países pobres y en muchos casos nos aseguramos de que el producto tiene un sabor excelente, fruto de los procesos ecológicos y naturales del cultivo.

– Reducir el consumo de carne. Comer hamburguesa está muy bien, están buenísimas. Incluso las de McDonald’s. Eso es así. Pero hay que hacerlo de forma moderada. Según el documental Ámame encarnecidamente, si todo el planeta consumiera carne como hacemos los europeos, necesitaríamos 3 planetas Tierra para subsistir. Si lo hiciéramos como los americanos harían falta 10 planetas Tierra con ganadería intensiva. Pobres animalitos.

– No comprar por comprar. Es fácil decirlo, difícil cumplirlo. Lo sé por experiencia, sobre todo en ropa. Pero cada vez que miramos la etiqueta de un producto deberíamos pensar varias veces: si es realmente lo que queremos, si vale lo que cuesta (si cuesta menos de lo que vale seguramente tampoco deberíamos comprarlo, por ética) y si lo amortizaremos en un plazo medio de tiempo o va a ser víctima del olvido y el ostracismo.

– Rebuscar entre ofertas, rebajas y outlets. Hay cosas que se compran de un vistazo, cuesten lo que cuesten, por capricho o necesidad. Pero la mayoría de las compras sí que las podemos planificar, sobre todo los básicos: una lavadora, una camisa negra, un juego de toallas… ahí se puede hacer un ahorro visible y con la garantía de comprar buena calidad. Sólo hay que programar la compra en el tiempo, esperarse a las rebajas o visitar los centenares de outlet que han surgido en poco tiempo. Tener una camisa de Prada en el armario, a veces es posible con los mismos precios de Inditex. Y a quien sucumba a la tontería de no comprar algo que ya no esté en los papeles couché, se lo diré con todas las letras: eres tonto.

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2 Respuestas a “Medidas de ajuste al consumo

  1. Muy a favor de casi todo… Yo llevo ya dos años evitando inditex y similares lo máximo posible, pero es verdad que para alguna cosa tipo pantalones sí que caigo en el baratismo.

  2. Claro, es que es irrenunciable. Todo está condicionado a la economía española. Pero hay que hacer gestos importantes cuando se pueda.

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