Smoothness society: cuando el discurso blando oculta la brutalidad
El giro de Donald Trump en política internacional no es una excentricidad ni un capricho personal. Es una pieza más de un patrón antiguo y reconocible. La obsesión de los mandatarios por el dinero, las fuentes de energía y el control del territorio es una constante en la historia moderna del planeta y de nuestros cohabitantes; los ciclos siempre se repiten. Bajo conceptos tan nobles como seguridad, democracia, o estabilidad, se despliegan estrategias de guerra. Una economía se come a otra. Un territorio saca el jugo de otro. Lo que ocurre ahora entre USA y Venezuela no es nada nuevo. Irak y Líbano son ejemplos; el pasado pisa los talones del futuro.
En 2003, la invasión de Irak se sostuvo sobre argumentos falsos que ocultaban intereses petroleros evidentes. En el Líbano, décadas de conflicto han estado atravesadas por los equilibrios energéticos y la disputa por tierras ricas. Todas las fichas del tablero se mueven en base a un interés económico. Con el paso del tiempo cambian los nombres, los presidentes, pero el motor es el mismo. Lo que Friedrich Nietzsche acuñó —y Manuela Trasobares extrapoló en un libro— como Voluntad de Poder: una fuerza superior a lo entelegible y a lo ideológico, un impulso de ambición, acumulación de riqueza, que lleva a perpetrar una violencia sobre otro colectivo, territorio o movimiento.
El caso es que en 2026 el oro líquido sigue generando un afluente navegable de poderes. Unos poderes internacionales y fácticos que no solo mueven mercados; ordenan alianzas, justifican ataques y convierten regiones enteras en escenarios bélicos. En ese contexto, la política internacional se parece al tablero del Risk. Un mapa global de cotos de caza.
Una obra de la artista Olalla Gómez (Rapele, Constelación Orión, 2025) exhibida ahora por la BMMN de Mislata (València), muestra ochenta monedas reales de países en conflicto, todas con aves en sus diseños. Las monedas se organizan de forma simbólica para representar relaciones de dominio y poder. Inspirada en el verbo latino rapere (arrebatar por la fuerza), la obra reflexiona sobre el poder político, la violencia económica y la simbología de las imágenes del dinero. Las aves dejan de ser decorativas y se convierten en símbolos de control y vigilancia, formando una constelación que recuerda a las antiguas estrellas que guiaban a los navegantes.
El arte, una vez más, nos ayuda a comprender y analizar un poco más en profundidad el mundo en el que vivimos. Las monedas, a través de su diseño, nos hablan de cómo funciona el mundo. En muchos de sus anversos aparecen aves rapaces: águilas, halcones, figuras aladas en posición de ataque o vigilancia. Aves que representan dominio, jerarquía, capacidad de captura. Son la traducción visual del poder político y económico: quién observa desde arriba, quién decide cuándo atacar. El dinero, ese objeto aparentemente neutro, funcional, útil, siempre ha simbolizado un enfrentamiento entre quien puede pagar y quien no puede elegir.
Las guerras generan deuda para reconstruir; la deuda exige crecimiento y compromiso; el crecimiento reclama recursos. Y los diseños de las monedas acuñadas a lo largo de los últimos milenios —escudos y animales de presa— funcionan como recordatorios de que el poder rara vez es inocuo. En ese sentido, las decisiones de Trump no rompen con nada: continúan una tradición donde la fuerza se disfraza de pragmatismo. El mundo rueda siempre en la misma dirección, y se deteriora cada día un poquito más.
El filósofo Byung-Chul Han lo define como la «smoothness society»: vivimos un mundo diseñado para eliminar la fricción, el conflicto y las conversaciones que llevan a la complejidad. Como las superficies pulidas de los iPhone, como el color Cloud Dancer de Pantone para 2026, como la tendencia global para vestir, para diseñar cafeterías de especialidad y componer feeds de redes sociales. En ese paisaje universal tan smooth, el pensamiento crítico estorba, el color vivo incomoda y la disidencia se percibe como un ruido ajeno que hay que silenciar. La política hoy se adapta a ese clima: decisiones brutales envueltas en discursos simples, guerras justificadas con discursos sin aristas. Es decir, un poder ejercido sin que parezca violencia.
Al hilo de esto, España y otros cuatro países no participaremos en Eurovisión este año, haciendo efectiva una denuncia cultural y política ante la inacción global ante la masacre y el genocidio de Gaza. Quien no entiende esta decisión, se alinea con las extremas derechas. Movimientos que crecen alimentándose del miedo, del cansancio y de la desconfianza hacia la cooperación internacional. Promueven fronteras duras, aduanas, nacionalismos económicos que prometen protección pero —como ya vimos con el Brexit— generan aislamiento y pérdida de riqueza, de pluralidad de recursos.
Rompemos en este momento con el capitalismo global tal como se entendía en el siglo XX. Y no para humanizarlo, sino para revertirlo en un sistema excluyente y defensivo. Aquel sistema económico con el que soñó Adam Smith se transforma hoy en un arma de doble filo: acentúa la desigualdad entre quienes hacen cruceros de lujo habitualmente y quienes solo podrán soñar con mantenerse a flote en una patera hacia la supervivencia.


