Lo recuerdo un poco borroso, pero gracias a un acontecimiento puedo decir con exactitud qué día fue. Ocurrió el 9 de octubre de 1989, cuando comenzaron las emisiones de la primera televisión valenciana, Canal 9. Yo tenía apenas ocho años y mis padres decidieron ir a cenar por Ruzafa con unos amigos. Otra de esas noches en las que acabaría sumergido en conversaciones de adultos, escuchando expresiones metafóricas para no hacer explícito su contenido sexual. Durante el paseo previo a la cena descubrí un tótem vertical, inmenso, abrumador, que lanzaba agua desde el cielo hacia el suelo. No era una fuente al uso, ni una falla valenciana —como las que estaba acostumbrado a ver y dibujar—, ni siquiera una de aquellas esculturas neoclásicas puestas allí para hacer bonito. Era la Pantera Rosa de Miquel Navarro, aunque había sido instalada cinco años antes bajo el nombre de Fuente Pública.
Cualquiera que cruce Valencia en coche ha pasado junto a esta popular Pantera Rosa o ha dado una vuelta alrededor de El Parotet. Las obras que más queremos de una ciudad acaban siendo las que dejamos de mirar, porque terminan fusionándose con su entorno, poniendo nombre a las plazas y acompañando nuestros recuerdos. La ciudad y las emociones tienen esa capacidad de combinar espacios con momentos, de convertir un lugar en parte de nuestra biografía. Miquel Navarro murió el domingo pasado, a los 81 años, en su casa de Mislata, donde nació, trabajó y conversó con centenares de personas bajo un enorme cactus. Tuve la suerte de conocerlo y aprender de él su manera de entender y amar el arte. Pero también descubrí que una de las formas más puras de inteligencia se expresa a través del humor. Era una persona sin filtros, capaz de hablar con la misma naturalidad de los músicos del romanticismo y la modernidad, de prácticas sexuales, de la historia de su pueblo o de los freaks de la televisión de entretenimiento.
Le entrevisté por primera vez en 2005. Iba a ser un trabajo de clase de periodismo que aprovecharía para incorporar a la publicación explicativa de mi falla, la Falla Corona, que diseñó en 2006 bajo el título Reflexiones a la sombra de la luna. Yo iba a preguntarle por el arte de la escultura y acabamos hablando de cómo mirar las cosas, de literatura poética y de la belleza del cuerpo. Hablar con Miquel era dejar que él te entrevistara a ti. Detrás de cada reflexión sobre su filosofía artística aparecía su curiosidad genuina por conocer a las personas. Además de artista, era un antropólogo vocacional. Lo tengo claro. Y lo demostró también con su obra, con aquellas piezas monumentales que dejó en La Alqueruela, en Siete Aguas, arraigadas a la piedra, a los viñedos y a aquel paisaje.
Para él, una ciudad era un cuerpo. En sus ciudades, el elemento central solía ser un eje vertical que parecía alumbrar el mundo, establecer la fuerza de gravedad y concentrar múltiples sentidos y significados. A su alrededor, módulos geométricos repetidos, agrupados como un entramado urbano que recordaba a un plano, pero también a una radiografía. Con Miquel aprendí que nada es exactamente lo que parece a simple vista, que las arterias también pueden ser calles y que una estructura urbana puede hablarnos de aquello que permanece oculto. Una ciudad es una anatomía construida por manos que, al menos, se han puesto de acuerdo en algo. Lo comprobé en sus montajes de ciudades, en los que participaban personas ajenas a su visión, pero capaces de interpretarla y llevarla más allá. Y los materiales no eran un simple medio de expresión: cuando se oxidan, parece que también reclaman su derecho a permanecer y fundirse con el entorno.
Luego estaban los penes, claro. Quien se acerque a su obra con pudor entrará por la puerta equivocada. Las torres se erguían, los volúmenes parecían vivir en una erección permanente, las vaginas eran delicadas y los falos tenían espinas. En su universo, lo sexual convivía con el compromiso social sin pedir permiso. A través de la trayectoria de Navarro entendí que el erotismo también es una prueba de vida y que el cuerpo desnudo es la arquitectura original, la primera ciudad habitada. La guerra y el sexo son la misma energía vista desde lados opuestos del mismo muro. Basta observar el perfil de cualquier ciudad contemporánea para reconocer esa poética del poder y encontrar, incluso sin necesidad de preguntar, dónde empiezan los barrios ricos y dónde terminan los pobres.
Miquel era, además, una persona generosa. Me hizo varios regalos que guardaré como tesoros, porque, más allá de su valor artístico, representan algo que considero todavía más importante: una forma extraordinaria de gratitud y de cariño. Recuerdo perfectamente nuestra última conversación. En ella volvió a demostrarme, con sus palabras, cuánto valoraba a quienes nos acercábamos a su obra con sensibilidad y curiosidad. También me recordó hasta qué punto el poder puede ser corruptible frente a la belleza infinita e incuestionable del arte.
Mañana volveré a parar en el semáforo en rojo frente a la Pantera Rosa, con la mente distraída y, por primera vez, sin ninguna prisa porque cambie. Sus obras, impertérritas, nos recordarán siempre que una ciudad es un cuerpo que late; toca cuidarla, observarla y admirarla como se cuida aquello que más queremos.

