👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Relato / Robado

Relato / Robado

Soy un ladrón. Tengo la costumbre de robar frases. No lo considero un delito grave porque las palabras son baratas —casi gratuitas— y nadie suele denunciar la desaparición de un «me estás poniendo histérica» o un «a ver si nos vemos». Las robo en el metro, en las barras de los bares y en las colas de la farmacia, con la oreja convertida en una antena parabólica. Hace unos días, un hombre hablaba por teléfono en un semáforo, con la voz de quien contiene un exabrupto: «Yo es que no he dicho que no, he dicho que ya veremos». La frase cayó al suelo, entre sus zapatos y los míos. Me agaché mentalmente a recogerla y la puse en Instagram con una foto borrosa de lo que veía al otro lado de la calzada.

«Ya veremos» tiene una arquitectura extraordinaria: contiene dos mensajes, uno inmediato y otro aplazado, y cada interlocutor se instala en la versión que más le conviene. «No te tomes a mal lo que te voy a decir» es una advertencia que no evita el daño. «Con todo el cariño» introduce con elegancia el ataque o el insulto, disfrazado de empatía. Un «quedamos un día de estos» no compromete a nadie: es como la música de ascensor, que uno escucha sin haberla elegido y olvida antes de llegar a la planta. Las frases de cortesía son los salvoconductos de nuestra vida social: permiten circular sin dar demasiadas explicaciones ni asumir compromisos. Hemos desarrollado un sistema de amortiguación lingüística que nos deja decir casi cualquier cosa sin hacernos responsables del todo.

Una frase fuera de contexto se parece a un mueble abandonado en la calle: no sabemos quién lo tuvo ni por qué se desprendió de él, pero enseguida imaginamos dónde quedaría bien. «Si me lo pones, me lo pones entero» seguramente tiene algo que ver con el alcohol. «Dímelo a la cara, ten valor» anuncia una confesión desgarradora. Al hombre del semáforo le fabriqué un matrimonio en crisis, una cena aplazada y una discusión sobre herencias. A aquella señora de la caja del hipermercado le detecté una avería sin solución. Creía que coleccionaba frases, pero quizá colecciono situaciones con las que construyo vidas ajenas. Así me entretengo, montando vidas seriadas a partir de capítulos sueltos.

Los políticos conocen perfectamente este mecanismo. Ellos también roban frases, solo que con presupuestos más altos y sin necesidad de esconder la mano. ¿Cuántas veces hemos parodiado el «los catalanes hacen cosas» de Rajoy? Dentro y fuera de contexto, es una frase cómica que habla más del orador que de los catalanes, que quedan en buen lugar. Otras viajan peor. «Si necesita más recursos, que los pida», dijo Pedro Sánchez en noviembre de 2024, durante la crisis de la DANA. La frase circuló después convertida en una versión más tajante —«si necesita ayuda, que la pida»—, desligada de la explicación sobre la batería de recursos previos que el Gobierno ofrecía desplegar a las zonas afectadas por la Dana de 2024. El contexto, que es una especie de embalaje de las palabras, acaba a veces, deliberadamente, en la basura. Yo hago algo parecido por una razón distinta; quizá tiene algo que ver con mi visión artística de lo que me rodea.

El polifacético Escif llevó esta idea al espacio público con una obra titulada Relatos robados. Hay paredes que necesitan una capa de pintura y otras que necesitan que alguien las escuche. En este caso, el artista desplazó su protagonismo para convertirse en mediador entre las palabras de la gente y el espacio que habitaba. Recorrió las calles de la ciudad, escuchó conversaciones y seleccionó expresiones que, por sorprendentes o ambiguas, merecían una segunda vida. Las escribió con tiza sobre muros de comercios abandonados y edificios públicos.

Porque lo público, como las conversaciones que mantenemos en la calle, también se construye con aquello que compartimos. «Junto todo no es lo mismo», «un poco todo a la vez» y «lo dice uno o lo dice otra» fueron algunas de las expresiones elegidas por Escif. Las palabras, arrancadas de una conversación y trasladadas a una pared, dejaban de pertenecer exclusivamente a quien las había pronunciado: cualquiera podía hacerlas suyas. La obra se convertía así en una práctica artística situada, capaz de cambiar de significado según el lugar, el momento y la mirada de quien la encontrara.

Desde entonces, también reescucho mis propias conversaciones con cierta desconfianza, como si alguien fuera a robarme las palabras. Los carteles de los comercios que anuncian un «se traspasa» me hacen pensar que también las conversaciones de WhatsApp pueden traspasarse: basta con leerlas desde cierta distancia para que adquieran otro sentido. Me gusta pensar que existe una vida paralela de los objetos y las palabras. Que los bancos comentan a quienes se han sentado en ellos, que las farolas se quejan de los gritos de quienes alumbran. Que los pasos de peatones recogen los secretos de dos amigos mientras cruzan la calle. Quizá las cosas simples no tengan nada que decir. O quizá somos nosotros quienes necesitamos imaginar.

Quizá escribir consista en recoger algo que alguien ha dejado caer y descubrir que ha cambiado de forma. En el fondo, todos hablamos con frases que alguien dijo antes. Robamos bromas, parafraseamos expresiones, copiamos memes, imitamos a quienes tienen una forma especial de decir las cosas y metemos con calzador frases de personajes de televisión en nuestras conversaciones. Si algún día dejáramos de hacerlo, nos quedaríamos casi sin palabras.