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Bola / Urna

Bola / Urna

Hay expresiones del pasado que se pierden y que conviene recuperar de vez en cuando: echar bola negra. Nace en las votaciones de los clubes privados, ya desde el siglo XVIII, donde cada socio depositaba una bola blanca para admitir o una negra para rechazar; y bastaba una sola para dejarte fuera. Era una democracia en miniatura en la que el veto a la inclusión podía ser caprichoso, individualista. Al repasar esa realidad, reflexiono sobre cómo votamos ahora —cada vez más contra alguien que a favor de algo— y por eso me pareció que Javier Calvo y Javier Ambrossi acertaban con el nombre de su última película antes de saber qué nos iba a contar.

La bola negra toma su título de un texto que Federico García Lorca no pudo terminar: sobreviven cuatro páginas de lo que iba a ser su primer trabajo con un protagonista homosexual, y su autor fue asesinado antes de escribir el resto. Los Javis rellenan ese hueco con tres tiempos, 1932, 1937 y 2017. Cuatro páginas de silencio convertidas en una herencia de casi un siglo. En Cannes ganaron la Mejor Dirección, ex aequo con Pawlikowski, y Ambrossi dijo que la bola negra es algo que «llevamos dentro»: un dolor que se hereda y que solo cabe aspirar a que cada generación vuelva más pequeño.

Nunca imaginé ver algo tan potente, poético y bello en un contexto como el actual: una sociedad dividida y radicalizada. La película es un alegato contra eso. Lo que ocurrió en 1937 no fue un accidente, sino la consecuencia de un clima donde primero se aprende a mirar al otro como un problema y luego como un obstáculo. Y de ahí la expresión de Franco: «hay que reducir a mitad la población de España o a cualquier precio». La película no hace historia para consolarnos, sino para recordarnos lo corto que es el trayecto entre el insulto y la fosa. Lo que ayer era pasado puede ser mañana el futuro. La cinta —que además vi en 35 mm— cruza lo que, con ética y moral, solemos guardar en cajones separados: moralidad y política, muerte y posición social, estética y religión. Siempre hay una pose, un rango, un vestuario que hace que el crimen parezca decoro.

Tiene fisuras: mira abiertamente hacia la exuberancia simbólica y barroca de Pedro Almodóvar; no en vano, El Deseo coproduce. Hay símbolos que parpadean demasiado fuerte, mensajes dichos en voz alta cuando bastaba la imagen y algún guiño al espectador que se nota que es un guiño. Es una obra demasiado controlada en lo que quiere transmitir, como un sermón con muy buena fotografía. Se agradece, porque toca recordar que las cosas son como son. Que una bomba estalla y mata; que una mujer puede ser un objeto o una persona; que los días postrado en una cama pueden ser un suspiro cuando te dicen que te van a pegar un tiro en la frente.

Algo parecido ocurre con su sensibilidad queer, su mayor virtud y su flanco más expuesto. Está hecha desde dentro, con una narrativa de nicho, con una ternura que no se improvisa. Pudo desembocar en una narración enfática, recargada y menos original de lo que pretendía. El énfasis es la tentación de quien no puede permitirse callar quién es realmente. Entiendo la urgencia —cuando durante décadas te obligan a susurrar, apetece gritar—, aunque el grito a veces ahoga el matiz. Y en esta película ya aparecen bastantes cadáveres, cayendo por la nieve, viniendo del futuro en blanco para recordarnos el pasado tenebroso, como una pintura romántica.

En medio del exceso hay una poesía fotográfica, y la secuencia de la nieve es el mejor ejemplo: un silencio casi litúrgico que logra lo que las palabras no logran contar. Guitarricadelafuente y todo el elenco —Penélope Cruz, Lola Dueñas, Miguel Bernardeau, Carlos González, Glenn Close— están perfectos. Y hay una línea que me parece la más hermosa: la que Nené, en el camerino, atribuye a Edmond de Bries —transformista de antes de la guerra—: «El travestismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra es todo lo contrario». Toda la película cabe ahí: el deseo como posibilidad, la guerra como su final. De ese choque nacen parejas: erotismo y violencia, guerra y travestismo, amor y dolor.

Salí del cine sintiendo que la película hace sentir al público random lo que he sentido muchas veces: ansia de libertad para ser quien quiero ser. Y lloré en secuencias que no parecían lacrimógenas, de las que no avisan: «tenéis un minuto». Quizá por eso su defecto —querer decirlo todo— se perdona sin darse uno cuenta. Quien carga con una herencia así necesita recordarla, y pasar la yema del dedo por las cicatrices que deja. La política de nuestro tiempo se dedica a repartir bolas negras; el cine, cuando es bueno, puede interferir en las urnas. Que el dolor se herede es una fatalidad; que cada generación lo recuerde, o no, es una decisión. Y las decisiones, a diferencia de las bolas, todavía se pueden cambiar. Hay que votar a favor.