👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Botella / Espejo

Botella / Espejo

A veces el cristal del metro deja de ser una ventana y se convierte en un espejo. Sucede cuando el tren entra en el túnel y el exterior desaparece. A las 8.08, en Àngel Guimerà, mi cara se mezcló durante unos segundos con la de un hombre sentado enfrente. Él miraba el móvil; yo, el cristal. Entre los dos apareció una tercera persona, una cara que no pertenecía del todo a ninguno de los dos. No sabría decir si era joven o adulto, moreno o rubio, pero leía un titular sobre la presión migratoria en alguno de esos medios que sacan letras enormes y fotos recortadas. El vagón olía a producto de limpieza, ese olor que intenta borrar la sensación de que antes de nosotros hayan pasado miles de personas por el mismo suelo, las mismas barras, los mismos asientos. Me acuerdo de la hora porque era un palíndromo. El resto quizá lo esté inventando ahora.

Aquella misma mañana leí sobre una hipótesis según la cual nuestra especie pudo atravesar, hace entre unos 930.000 y 800.000 años, uno de los grandes cuellos de botella de su historia. Un estudio publicado en Science en 2023 calculó que la población reproductora pudo haber quedado reducida, durante un periodo muy prolongado, a alrededor de 1.280 individuos —humanos, digo—. La cifra parte de una reconstrucción genética y ha sido discutida. Mil doscientas ochenta personas. Una verbena de pueblo. Una mesa electoral de ciudad grande. Tres trenes de larga distancia. Me viene a la cabeza una botella: no sabemos exactamente qué había dentro, pero, si aquella estimación se acerca a la realidad, nuestra especie pasó por un cuello extraordinariamente estrecho. Y todos salimos de ese mismo recipiente, reproduciéndonos y multiplicándonos hasta hoy, cuando ya somos miles de millones y compartimos un planeta con unos recursos naturales que no parecen infinitos.

Mucho después, hace decenas de miles de años, grupos de humanos salieron de África y fueron extendiéndose por otros lugares del planeta. Los genetistas hablan de efecto fundador: una población pequeña lleva consigo solo una parte de la diversidad de la población de origen. Es un nombre solemne para algo bastante sencillo: hacer una maleta deprisa y llevarte lo que cabe. Por eso África conserva, en términos generales, una diversidad genética humana especialmente alta, mientras que muchas poblaciones de otras regiones contienen solo una parte de aquella variación. La distancia geográfica tampoco equivale exactamente a la distancia genética. Compartimos alrededor del 99,9% de nuestro ADN, aunque ese pequeño porcentaje restante dé para una cantidad sorprendente de diferencias. Además, los humanos modernos nos esforzamos por construir una imagen de nosotros mismos basada en nuestra idea evolucionada de ser diferentes. Pero la xenofobia no parece estar escrita ahí. Nos centramos más en lo cultural.

La raza no está en la sangre sino, en buena medida, en la casilla del formulario. Dime qué idioma hablas, qué creencias tienes, a qué bando votas, cuántos pisos tienes. Ahí está la clave que marca la diferencia. Alguien dibujó esa casilla antes de que naciera quien después tendría que rellenarla. Pienso en las oficinas de extranjería, en los números que parpadean en una pantalla, en los documentos que faltan, en las fronteras dibujadas sobre mapas como si fueran accidentes naturales. Nada de eso es biología. No sé cómo se relacionaban aquellos 1.280 individuos. Probablemente también tenían sus preferencias, sus rencores y sus pequeños desprecios. Pero, si fueron tan pocos, cuesta no pensar que la distancia entre un desconocido y un pariente debía de ser mucho menor de lo que hoy imaginamos.

Nosotros, humanos del siglo XXI, de ciudades y países considerados como civilizados, hemos hecho exactamente lo contrario. Hemos convertido la diversidad en una razón para decidir a quién mirar y a quién dejar fuera. Hay miles de millones de personas y seguimos comportándonos como si el mundo fuera una habitación pequeña. Quizá hemos olvidado la botella: que nuestra historia está hecha de poblaciones pequeñas que se separaron, viajaron, se mezclaron y volvieron a encontrarse. Aquel día, el tren llegó a la siguiente estación y las puertas se abrieron. La gente salió empujándose un poco, hombro contra hombro, intentando atravesar al mismo tiempo un espacio diseñado para que pasemos de uno en uno. El vagón se vació por un cuello demasiado estrecho para tanta gente; para personas tan semejantes. Después las puertas se cerraron y el cristal volvió a ser espejo.