Las cosas de una casa no son cosas: son testigos de tu vida. En mi despensa tengo un plato rajado y pegado con cola que no tiraré porque fue la primera pieza que compré para mi casa, cuando todavía no tenía nada; una taza de souvenir de Lady Di, recuerdo de una persona a la que quiero mucho; un platillo moldeado por mí y algún que otro recipiente de cerámica comprado en viajes, sin demasiada utilidad práctica. El alma de una casa no vive en las paredes, sino en el diálogo y la permanencia de los objetos que la habitan.
Así, los muebles también envejecen con nosotros. Una cómoda o una mesita de noche tienen memoria muscular: acumulan polvo y dolor, placeres y pelos de gato, así como los rercuerdos de los libros que duermen sobre ellas. Por eso nos duele a veces cuando el tiempo deteriora, inutiliza y nos obliga a separarnos de las cosas. Es una forma de apego, casi innata, a las pequeñas almas de los objetos que nos rodean. Y creo que esta sensación se acentúa con la edad.
Sin embargo, vivimos en una economía que parece haber declarado la guerra a la permanencia. Los alquileres suben como si la vivienda fuera un activo bursátil y no el lugar donde alguien aprendió a andar. Esto parece un Monopoly con una sola regla: quien más viviendas acumula es quien más posibilidades tiene de vivir; el resto, solo sobrevivir. Los fondos de inversión compran edificios enteros y cada revalorización del metro cuadrado se traduce, en algún piso concreto de alguna calle concreta, en una maleta que hay que hacer antes de tiempo. La política económica actual no está diseñada para que nada dure, y eso incluye a las personas que habitan los hogares. La modernidad líquida, una vez más, aplicada a algo tan identitario como la vivienda.
Esta misma semana el país entero ha visto en directo el desahucio de Maricarmen, una mujer de ochenta y siete años sacada en camilla de la casa en la que había vivido durante más de setenta, después de que un fondo financiero le subiera el alquiler hasta hacerlo imposible y de que ningún tribunal ni poder institucional llegara a tiempo de protegerla. Maricarmen no es una anécdota: es el símbolo exacto de la transición de la vivienda del siglo XX al XXI, el momento en que la casa deja de ser el lugar donde se envejece para convertirse en el lugar del que, tarde o temprano, alguien puede ser expulsado.
Setenta años de vida convertidos en una imagen terrible: una mujer en una camilla, sacada de su casa, demostrando que ni la edad, ni la memoria, ni el tiempo vivido parecen bastar para garantizar que alguien pueda terminar de vivir donde ha vivido siempre.
Hay gente que cambia voluntariamente de residencia cada cinco o diez años, como una rutina frente al cansancio. El resto hemos interiorizado que quedarse en un mismo sitio es, cada vez más, un lujo absoluto que no depende de nosotros. Y debemos hacer el ejercicio de seleccionar qué cabe en la próxima vida y qué no. Ese ejercicio de renuncia constante —practicado tantas veces que ya es mecánico— se parece demasiado al gesto que le hemos obligado a hacer a Maricarmen: decidir qué puede llevarse consigo cuando lo que está perdiendo no son las cosas, sino el lugar que les daba sentido. Nos hemos acostumbrado a tirar cosas para poder imaginar que también podríamos tirar una vida y empezar de nuevo.
Quizá por eso conservamos un plato mellado o una silla de Ikea sin ningún valor: porque son la prueba de que estuvimos en algún sitio el tiempo suficiente como para que algo se desgastara con nosotros. El alma de una casa, al final, no es otra cosa que el tiempo que alguien ha vivido entre sus paredes, y quizá lo verdaderamente terrible de un desahucio no sea perder una casa, sino que alguien decida que ya has vivido suficiente, que el juego se ha acaba ahí.

