👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

FLUIR / DUDAR

FLUIR / DUDAR

Heráclito no conoció los embalses tal y como los conocemos hoy, pero sabía bastante de realidad en torno al agua y al paisaje natural. «Nadie se baña dos veces en el mismo río», dijo, inmortalizando un pensamiento sobre la cualidad cambiante de la naturaleza y, por extensión, de nosotros mismos. El agua cambia, el paisaje cambia, nosotros cambiamos —aunque a veces tardemos bastante en darnos cuenta—. Quizá por eso una isla flotante sea una buena excusa para empezar a hablar de nuestro tiempo.

Cuando, hace unas semanas, unos navegantes encontraron una enorme masa de árboles de cerca de 150 metros de longitud flotando en el lago Williston, en la Columbia Británica, la primera reacción fue pensar que las imágenes eran falsas. No porque una isla flotante contradijera ninguna ley de la naturaleza, sino porque hoy desconfiamos de las cosas insólitas y pensamos que nos está engañando el retoque fotográfico, y su versión más absolutista: la IA. La realidad misma necesita verificación de autenticidad. Y eso, que podría parecer una rareza, se ha convertido en algo bastante cotidiano.

En 1938, Orson Welles, a través de un programa de radio, hizo creer a buena parte de Estados Unidos que los marcianos estaban invadiendo el país. En 1957, la BBC emitió un reportaje sobre una cosecha de espaguetis que crecía en los árboles y recibió cartas de espectadores preguntando cómo podían conseguir uno de aquellos ejemplares —un árbol que producía espaguetis— que superaba cualquier cota de verosimilitud. Ya entonces confundíamos la realidad con la ficción, solo con una radio o un televisor. Todo lo que no se puede ver es sospechoso de ser mentira. Yo solo creo lo que veo.

Nos enfrentamos a un tiempo nuevo, tanto para las cosas banales como para el funcionamiento del mundo y de la política. Abrimos una era en la que una fotografía puede necesitar más explicaciones que una mentira. Y quizá lo más raro no sea que existan imágenes falsas, sino que hayamos llegado al punto de mirar una fotografía y pensar: esto no puede ser verdad. Como cuando el detective enseña la foto de la acción in fraganti a su cliente —y la prueba resulta más difícil de creer que el propio delito—. Tras tantas imágenes imposibles, la realidad empieza a parecernos poco fiable cuando no se comporta como esperamos. Me remito al eclipse de este verano: todo de noche en tres minutos, todo de día en otros tres. Naturaleza de efectos psicotrópicos.

La imagen de la isla de Williston tenía algo de maqueta abandonada. Una extensión de vegetación, árboles viejos y raíces desbordadas, troncos partidos: aproximadamente dos campos de fútbol desprendidos de quién sabe dónde y puestos a navegar. Pero las cosas que parecen haber aparecido de repente casi nunca aparecen de repente. El embalse llevaba catorce años sin alcanzar un nivel completamente lleno y, cuando el agua volvió a subir, una isla flotante —como los postres de merengue sobre la crema inglesa— empezó a separarse de la orilla. En unos quince días recorrió unos treinta kilómetros. Catorce años para permanecer y quince días para marcharse.

Ahora quien lea esto pensará si es verdad o mentira y googleará: isla del embalse de Williston —porque hasta para creer en lo que te están contando necesitamos un doble check—. Pues leerá que es un descubrimiento real. Que tiene vegetación. Que parece incluso tener una historia. Solo le falta que uno pueda confiar en ese suelo para dar una vuelta o para afincarse allí. La masa vegetal es inestable y está formada en buena parte por madera en descomposición. Hay algo profundamente humano en descubrir que aquello que parecía tierra firme está hecho, en realidad, de cosas que llevan años descomponiéndose.

Un árbol que camina parece sospechoso. Igual que un cielo demasiado bonito probablemente tenga un filtro. Los viajes de nuestros amigos empiezan a parecer un chroma. ¿Esa foto se hizo en una caja verde o en Egipto? La imagen ha dejado de ser una prueba y se ha convertido en una pregunta. Cuando dejamos de confiar en las imágenes, podemos terminar dejando de creer en la realidad; y cuando aprendemos a creer en cualquier imagen, también perdemos la capacidad de distinguirla. La verdad se vuelve difícil de encontrar cuando todo puede ser falso y estamos dispuestos a creérnoslo todo.

Esto es peligroso y está afectando incluso a nuestra relación con el pasado. El revisionismo histórico encuentra ahora un terreno fértil en una época en la que buena parte de la información llega a través de una pantalla, en unos segundos y fuera de contexto. Porque lo de leer está muy pasado de moda y supone un esfuerzo —un libro exige bastante más tiempo que un vídeo de veinte segundos—. La tecnología ha cambiado nuestra forma de acceder a la realidad; nuestra credulidad está en juego. La percepción misma está distraída.

Y entonces vuelvo a Heráclito. El río cambia, aunque desde la orilla parezca el mismo. Nosotros también. La isla cambió de sitio hasta que dejó de moverse, quedando como una península contra una orilla, encallada. Me gusta esa palabra porque sirve para las cosas y para las personas. Hay quien se queda quieto y llama estabilidad a estar encallado. Quizá la cuestión no consista en creérselo todo ni en desconfiar de todo. Quizá consista en mirar lo suficiente como para saber cuándo una isla es una isla. Y luego seguir mirando, porque la corriente del agua, como sabía Heráclito, no espera a nadie.