👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Verano / Búnker

Verano / Búnker

Verano / Búnker

Cada verano funciona como un simulacro de apocalipsis. Nos lo permitimos una vez al año, cada vez con mayor intensidad. Por desconexión de las rutinas —y, sobre todo, por la urgencia climática—, durante unos días experimentamos esa sensación de que afuera ya no están pasando cosas, de que todo lo que ocurre está dentro de un búnker: nuestra casa, nuestro hotel, nuestro feed de Instagram —del que empezamos incluso a preguntarnos si es todo IA o no—, nuestras burbujas de resistencia. Todo lo demás avanza sin nosotros, indiferente y un poco amenazante, como un incendio descontrolado. Las vacaciones de verano son un ensayo general del fin del mundo visto desde debajo de una sombrilla; practicamos la desconexión como un ejercicio de salud mental completamente loco. Hay, además, una falta de empatía bastante notable con quienes siguen conectados a la realidad: quienes trabajan para nosotros. ¡Hasta el bar chino del barrio está cerrado!

Uno de mis búnkeres de estas semanas ha sido la serie SILO (Apple TV+), que habla precisamente de una distopía en la que la humanidad vive convencida de que su búnker subterráneo es el mundo completo. Las personas que viven en esa turbina mastodóntica ignoran que existe algo más allá, y esa ignorancia no es una condena, sino la condición misma de su paz. Una paz truncada por su propia jerarquía política y por la ambición de descubrir qué hay más allá de sus túneles. Y noto que cada vez hay menos ficción en la idea del búnker: la casa, con las persianas bajadas y el aire acondicionado zumbando veinticuatro siete, se ha convertido en nuestro refugio climático favorito desde el que resistimos olas de calor cada vez más contundentes, cada vez menos excepcionales. El silo ya no es solo una metáfora del verano; empieza a ser, literalmente, el lugar donde sobrevivimos a él. Al calor y a los incendios; a la parálisis y al FOMO; a los viajes prohibidos y a la caída de los influencers.

Por eso volvemos siempre a los mismos sitios. No es falta de imaginación, es instinto de supervivencia: recuperar el olor de una casa de pueblo, el sabor de un plato que solo se cocina en un lugar y una época del año —el gazpacho en todas sus versiones— o la ruta que ya conocemos de memoria es una forma de decirle al cuerpo que el mundo sigue siendo reconocible. Abrazamos a la misma gente en las mismas terrazas de siempre y, en ese gesto repetido —tan poco original, tan necesario—, encontramos la paz mental que buscamos el resto del año. Es la retrotopía de la que hablaba Bauman: ante un futuro que ya no promete nada mejor, construimos un pasado habitable al que regresar cada verano. Un lugar que existe solo porque decidimos visitarlo de nuevo. Para mí, ese lugar son las islas Baleares y las calas perfectas de la Comunitat Valenciana.

También me he refugiado en el cine. En La constelación del perro, Ridley Scott convierte la novela de Peter Heller en una fantasía apocalíptica, con Hig —piloto viudo que sobrevive junto a su perro y a Bangley, un exmarine que dispara antes de preguntar— como último testigo de un mundo devastado por un virus. Jacob Elordi sostiene la película con su interpretación; Scott, como siempre, firma una puesta en escena impecable, aunque la trama se empeña en desviarse hacia territorios inverosímiles. Hay algo profundamente veraniego en esa imagen, más allá de sus tropiezos narrativos: la soledad impuesta y la soledad elegida. El protagonista no reconstruye un mundo nuevo; se aferra a los fragmentos del antiguo, igual que nosotros nos aferramos a acariciar a nuestra mascota, a volver a una playa o a repetir un gesto que sabemos que nos hace bien.

El verano es la única estación en la que tomamos decisiones de verdad, no por inercia ni por agenda ajena, sino porque el silencio nos obliga a escucharnos. No tenemos que decidir con vértigo: decidir de verdad implica asumir que nadie más va a hacerlo por nosotros. Y, sin embargo, también libera, porque durante esos días el futuro deja de ser una lista de tareas pendientes para convertirse en una pregunta con respuesta. Decidir en agosto es de una responsabilidad casi ridícula, pero nos permite hacer una foto fija del resto del año. Hay algo incluso absurdo en intentar resolver la propia existencia mientras estamos de vacaciones. Quizá por eso funciona: cuando hace demasiado calor, las grandes decisiones pasan al plano más humano de la procrastinación. Aun así, he tomado una decisión muy importante durante estas semanas: más porción de lo que me hace bien, y toda la desafección posible hacia lo que me haga mal.

Hace unas semanas moría Yayoi Kusama, a los noventa y siete años, en un hospital de Tokio, ella que había seguido pintando hasta sus últimos días, sin soltar jamás el pincel. Antes de convertirse en marca global, icono imitable y fondo de pantalla, Kusama fue sobre todo performer: cubrió cuerpos desnudos de lunares en los happenings de los años sesenta, convencida de que repetir el mismo punto hasta el infinito era una manera de disolver el ego. Su malla de puntos nunca fue un estilo decorativo, sino un lenguaje propio construido a base de repetición —el mismo gesto exacto, una y otra vez, hasta que el gesto deja de dar miedo—, no muy distinto de nuestras rutinas. También ella, a su manera, construyó un búnker: una red infinita de puntos donde refugiarse del ruido. Repetir un sistema de puntos de forma casi mecánica, pero pensada, le permitía convertir la repetición en refugio. Y quizá también olvidar, al menos durante un instante, algunos de los traumas que arrastraba desde la infancia.

Cuando el verano termine y volvamos a mirar las fotos, descubriremos que lo importante nunca estuvo en el encuadre. Lo importante de verdad se queda fuera de plano. Es la poesía que envuelve las cosas que nos aportan esa efímera sensación de felicidad: una conversación que cambió algo, un silencio compartido, un detalle, una decisión, una búsqueda. Como en toda buena historia de supervivencia, la trama sucede muchas veces lejos de donde apunta la cámara. Las fotos solo sirven para señalar el lugar exacto donde estábamos mirando hacia otro lado. Quizá por eso fotografiamos tanto: no para recordar exactamente lo que vimos, sino para poder volver algún día a ese instante. Y quizá el verdadero lujo del verano consista precisamente en eso, en saber dónde queremos refugiarnos cuando dejamos de tener miedo.