Sobre sombras, deseos y todo lo que este verano está ardiendo
El 12 de agosto, a última hora de la tarde, España dejará de ver el Sol durante algo más de un minuto. No es una metáfora, como «perder el norte» o estar «eclipsados» por algo; es un hecho verificable, calculado con años de antelación por científicos que saben exactamente dónde caerá la sombra de la Luna sobre la corteza terrestre. La franja de totalidad cruzará la península de oeste a este, rozando ciudades como Bilbao, Zaragoza o València, en un fenómeno que sucederá cerca del atardecer, con el Sol muy próximo al horizonte. Será el primer eclipse solar total visible desde la España peninsular desde principios del siglo pasado. Es decir, la última vez que esto ocurrió, nadie de los que estamos vivos pudo verlo. Eso también es un dato, y es de los que más me interesan: que hay cosas que solo suceden una vez por generación y que la ciencia es capaz de decirte, con una precisión irrefutable, que ese instante no volverá a repetirse en tu vida. Para bien y para mal.
Lo digo porque hace falta cierta fe técnica para sostener lo que viene después. Esa misma noche, o en las noches próximas, el cielo estará cruzado por las Perseidas —las lágrimas de San Lorenzo—, que aparecen cada agosto cuando la Tierra atraviesa los restos de polvo del cometa Swift-Tuttle. Las estrellas fugaces, como la que llevo tatuada en el antebrazo izquierdo, nos recuerdan que todo es efímero, que nada permanece, que la magia de una noche puede no repetirse nunca. Que dos meses después ni siquiera recordemos con claridad la emoción que supuso aquel primer contacto visual. Y ahí, en plena lluvia de estrellas, es donde la física y la superstición se dan la mano: medio país va a pedir un deseo. Yo, el primero.
Lo que nadie cuenta de los deseos es que casi siempre se cumplen. No por magia, sino porque detrás de un deseo real —de los que de verdad duelen al formularlos, no de los más frívolos— casi nunca hay un capricho: hay una urgencia. Y las necesidades, a diferencia de los caprichos, tienen la costumbre de resolverse, porque nos volcamos en solucionar aquello que no funciona. Pedimos serenidad y ya estamos trabajando para alcanzarla, buscándola en el horizonte del mar o dibujando líneas azules sobre una página en blanco. Pedimos salir de algo oscuro y encontramos la vía de servicio que nos lleva a otro lugar con luz. Porque el deseo no predice el futuro: lo confiesa. Es la parte de nosotros que por fin dice en voz alta lo que la otra mitad ya estaba haciendo en silencio.

A mí el eclipse me va a pillar en un avión. Todavía no sé si estaré huyendo de algo o, simplemente, yéndome a disfrutar de esta nueva lente con la que miro la misma realidad. La diferencia, a estas alturas, es anecdótica. Tampoco sé si iré solo o si habrá una compañía intermitente, o si la conversación la encontraré al aterrizar. Pero sé que me ocurrirá en un estado muy diferente al de otras veces. Ahora les tocará a otros afrontar sus decisiones y sus consecuencias. La única certeza que me permito últimamente, y no es poca cosa, es que cuando miras desde una ventana a varios miles de metros de altura, nada de lo que antes te parecía importante lo es. Lo que ves es lo que es: vacío.
Porque no todo lo que se apaga este verano es bello. Lejos de las alegrías del incendio que cantan Los Planetas —esa clase de fuego también devastador que, sin embargo, puede llevar consigo una extraña sensación de placer—, los incendios de este agosto no tienen banda sonora. Solo suena el crujido de la madera, quizá el sonido más aterrador que pueda producir un bosque al desaparecer. Sin embargo, la fotografía más triste de esta temporada no va a salir del cielo ni del bosque, sino de la propia humanidad: la del turismo astronómico llegando en masa a comarcas de la España vaciada para contemplar la sombra perfecta de la Luna sobre el Sol mientras, a pocos kilómetros, el polvo de ceniza dibuja su propia sombra, mucho menos bienvenida. Dos oscuridades en el mismo mes. Dos formas opuestas de mirar hacia arriba. Una nace de la belleza; la otra, de la devastación. Y cuando el Sol vuelva a iluminar, volveremos a ver los bosques quemados y los pueblos olvidados.
Y aun así, me despido del blog hasta que pase agosto, con esa lluvia de chispas fugaces durante la que, como decía, voy a pedir un deseo. Sé que detrás de él hay una necesidad, y tiene mucho que ver con una palabra griega: ataraxia. Serenidad. Calma. Una palabra que también me lleva, inevitablemente, a otra canción, la de La Casa Azul. Con las certezas más claras que nunca: saber quién soy, saber lo que quiero y lo que no quiero; lo que admito y acepto y lo que nunca querré para mí. La verdad por encima de la mentira. La voluntad por encima de la excusa. En definitiva, una vez más: saber elegir entre todo aquello que me lleva a la paz y todo lo contrario. Hoy, con experiencias, datos, fechas y notas incendiadas, afrontar esa elección resulta mucho más sencillo. Centrarse en el ‘sí’. Recuerden: aquí y ahora no queda otra.
