👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Jardín / Caracol

Jardín / Caracol

Ahora que estamos organizando planes de vacaciones, me he dado cuenta de que tengo una predilección por lugares con jardines. Que es bien diferente a meterme en jardines; de eso suelo huir, aunque me acabo metiendo. Pero pasear por entornos ajardinados es una actividad que me atrapa. Es deambular por sitios con un itinerario perfecto entre vegetaciones bien diseñadas, organizadas y dispuestas para hacer bonito. Quizá me fascinan porque nunca sé exactamente dónde termina lo natural y dónde empieza la ficción.

Recuerdo con especial cariño el Jardín de Cactus de Lanzarote; también los de Kensington, o los inmensos caminos ajardinados de Versalles; los impetuosos árboles de Serralves, o los de la Fundación Gulbenkian de Lisboa —uno de mis favoritos del mundo—. También, más de cerca de casa, los de L’Albarda en Dénia, los escalonados del Parque Güell, o el parque del Retiro con sus pabellones llenos de arte contemporáneo.

Será un capricho hedonista, pero cuando paso junto a uno de esos parterres, reduzco el paso; y no tiene que ver con cumplir años de edad y verlo todo con otro prisma, porque lo he hecho de siempre. Me quedo mirando los colores, los brotes de nuevos capullos de flores, las alturas calculadas de los setos, y algunas especies de árbol intentando identificarlas. También los insectos que recorren sus troncos; y por supuesto los gatitos y las ardillas que los trepan y rodean. Los caracoles, como símbolo de aquella infancia sosegada que añoramos.

Quien me conoce bien sabe que me gusta tener flores naturales en casa; y es un regalo que he recibido habitualmente, especialmente por parte de amantes. Las flores son una de las pocas extravagancias que la naturaleza todavía se permite. Nadie es capaz de dibujar una flor sin cometer un exceso; es un tipo de belleza barroca, irreal, utópica. De la explosión de papiroflexia que recoge un clavel o un crisantemo, a la elegancia artifical de los lirios, el diseño capsular perfecto de los tulipanes, o la excentricidad más punk de las flores del paraíso. Todo parece producto de una fantasía psicotrópica.

Hace unos días volví a leer Jardines de Kew, un relato breve —quizá uno de los primeros que leí, y por el que me hice fan del género— que Virginia Woolf publicó en 1919. Apenas sucede nada. O, mejor dicho, sucede todo en torno a un cantero ovalado de flores. Durante una tarde cualquiera, varias personas atraviesan el jardín mientras hablan, recuerdan o simplemente piensan. Entre ellas avanza lentamente un caracol, ajeno a las preocupaciones humanas. Woolf no decide quién merece más atención. El recuerdo de una pareja, el vuelo de la luz entre los pétalos o el recorrido milimétrico del caracol reciben exactamente la misma dignidad en una narración.

Estamos acostumbrados a creernos los protagonistas del paisaje, cuando quizá solo somos otro elemento más del jardín. Mientras nosotros intentamos resolver el futuro, un insecto lleva diez minutos negociando con una hoja caída. Y puede que ambos empeños tengan una importancia semejante. Le damos prioridad a muchísimas cosas de la vida que no la merecen; y mientras tanto están pasando cosas diminutas y bellas como el nacimiento de una flor, nos las estamos perdiendo por obcecarnos con algo que no tiene más vuelta de hoja.

Hay algo profundamente contemporáneo en ese cuento escrito hace más de un siglo. Nos hemos acostumbrado a vivir encerrados dentro de nuestra propia cabeza, y sin escuchar ni querer ver otras realidades. Hacemos lo que los demás. Caminamos por los mismos lugares. Compartimos aceras, cafeterías, hoteles; pero cada uno habita una realidad privada, un monólogo interior que rara vez coincide con el del que tiene al lado. Woolf entendió esa fragmentación de la realidad mucho antes de que inventáramos las redes sociales.

Quizá por eso el relato sigue resultando tan moderno. Porque nos recuerda que la realidad nunca es una sola; y que los acontecimientos a veces pasan por algo, pero a veces también pasan por nada. Que hay muchas realidades conviviendo, que todos tenemos muchos frentes abiertos y atendemos en cada momento al whatsapp que más calienta. Y que las flores no existen para adornar. Y que el caracol no avanza para enseñarnos una lección sobre la paciencia. Todo eso ya estaba allí antes de que apareciéramos con nuestra necesidad de interpretarlo todo.

Y por todas estas cosas, y por el relato hedonista de Virginia Woolf, sigo sintiendo una debilidad por los jardines impecables. Y no hablo de su perfección, sino de esa batalla entre lo que el ser humano intenta controlar y todo aquello que la naturaleza se empeña en seguir improvisando. De mayor —de muy mayor— quiero ser jardinero, me parece una de las actividades más serenas y placenteras del mundo.