👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Pantalla / Soledad

Pantalla / Soledad

Son las once de la noche y la luz de la habitación es azul, como la portada del disco de Aitana. Una luz tenue que permite saber que estoy en la cama, con Chus —mi gata— al lado. La luz viene de un espejo negro con luz, sostenido a treinta centímetros de la cara; presbicia in progress. La temperatura de color sobre el rostro tiene un efecto aislante, irreversible, que se cronifica y nos hace perder el tacto, el olfato y algún que otro sentido más. Nunca hemos tenido tantos canales para comunicarnos y, sin embargo, nunca ha sido tan fácil sentirnos solos; sumergidos en una conversación amarilla y azul. Con foto, con vídeo, pero sin ningún tipo de empatía ni alma.

La ambición original de las redes sociales era otra: conectar personas, acercar afinidades, derribar fronteras físicas. Tres verbos utópicos que hoy conviven con su reverso exacto: dispersar, distanciar, amurallar. La tecnología ha cambiado la arquitectura invisible que teje la relación entre las personas. Por ejemplo, ayer recibí un mensaje curioso en esa app de citas sexuales. Venía a decirme que se disculpaba por haber rechazado seguir hablando conmigo al primer minuto; leyó en mi texto de presentación que necesitaba algo de feeling o conexión previa para poder tener una cita. Me decía que se estaba quejando continuamente de no encontrar gente interesante en esa red y, sin embargo, me había vetado por no querer follar sin pasar por el filtro de conocernos con una cerveza.

La anécdota se generaliza. La parte por el todo; de lo concreto a lo general. Antes de esta era de redes para la búsqueda de sexo inmediato, de citas sometidas al algoritmo y al GPS, ya se conocía la soledad. Pero era una soledad más bonita, me temo. Una soledad mejor elegida. Edward Hopper la vio en lo urbano: en Automat (1927), una pintura en la que una mujer bebe café sola, rodeada de mesas vacías. Por su parte, el entrañable David Hockney la vislumbró más contemplativa: en A Bigger Splash (1967), pinta una piscina californiana justo después de un salto, sin nadie más que el poso de un movimiento humano, de alguien que se ha sumergido y ya no está. Hockney murió hace unas semanas, en junio, en su casa de Londres, a los 88 años, y desde entonces no puedo mirar esa piscina —reproducida en una de las láminas de habitación— sin pensar en lo que no se ve del chapuzón. Es una soledad serena, física, sin pantallas de por medio y que, desde luego, hoy funciona como terapia contra la otra soledad. El arte siempre nos salvará.

La pantalla es un filtro de ficción que decide qué deja pasar y qué no de la realidad. Cada red social es una ciudad con su propia estructura de valores, donde el algoritmo elige por nosotros qué sentimos con más intensidad o qué nos tiene que interesar. Lo de siempre: la prioridad. La emoción del dígito binario nos hace dejar de ser personas autónomas para convertirnos en una etiqueta. Los matices necesitan tiempo, y el tiempo es el recurso más escaso en las vidas del siglo XXI. La pantalla borra la distancia física, pero también puede borrar la dimensión humana del encuentro.

Hay datos que objetivizan esta intuición, y los números no mienten aunque el algoritmo sí. La cifra tiene lógica: cada minuto de scroll es un minuto que no estamos atentos a la mirada de un amigo que te está contando algo, y significa renunciar a lo bonito de aquello presencial, a la copa de vino con el amigo que se queja de que nunca quedamos. El contacto físico, ese antídoto tan antiguo como aburrido, va perdiendo terreno frente a la velocidad del pulgar para rechazar contenidos —y personas— de los que no vamos a disfrutar nunca.

Las plataformas no son neutras: están diseñadas, como un avión de bajo coste con los asientos demasiado juntos, para que seamos más rentables para quienes toman decisiones de mercado. El algoritmo no premia la conversación tranquila; premia la bronca, el zasca, la indignación y la emoción extrema, el porno.

La verdadera pregunta no es si estamos hiperconectados. Es qué clase de humanidad fabricamos dentro de esa conexión. Son las once y media. El rectángulo de luz, las conversaciones en azul y amarillo, siguen ahí, iluminando la habitación. En algún momento la conversación se quedará en el aire. Con la luz apagada, entrando en el primer sueño, accederemos a saber cuánta de esa compañía era real. El problema no es que eso ocurra una noche —sustituyendo la lectura de dos capítulos de un libro que nos acerca a otra realidad interesante— y nos interrumpa una dinámica positiva. El problema es que esta nueva dimensión nos transporta en un tornado imparable del que es muy difícil bajar. Ahí estamos: solos pero conectados.