👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Cápsulas / Momentos

Cápsulas / Momentos

Andy Warhol cerraba cajas de cartón como una acción artística. Seiscientas diez veces el mismo gesto: introducir objetos y recuerdos como un ticket de metro, un libro o el envoltorio de una hamburguesa. El experto en la obra warholiana Matt Wrbican consideraba que esta práctica era mucho más que un gesto de acumulación compulsiva: respondía a una intencionalidad perfectamente planificada dentro del storytelling del genio del pop art. Warhol estaba tasando el tiempo de su vida. Cada caja era un pequeño ataúd de cartón para la cotidianidad, una obra de arte sellada con cinta adhesiva. El capitalismo es esto: una catarsis del usar y tirar que, paradójicamente, acaba generando un registro. Y Andy fue su mejor notario.

Hoy hacemos algo parecido, aunque el cartón ha sido sustituido por un cristal negro lleno de chips. El móvil es la caja donde acumulamos fragmentos de nuestra vida sin orden ni coherencia. Personas, lugares, instantes; el recuerdo de aquella noche, el beso, la copa, la canción que te hizo bailar. Fotografíamos el plato lleno, el amigo que ríe, el cuerpo desnudo frente a un espejo. Nuestra vida es la Factory en el bolsillo. Un bucle de polaroids invisibles que intenta reproducir la existencia de cualquier aspirante a modelo warholiano, como Joe Dallesandro. Autoerotismo de usar y tirar para congelar momentos de placer y ofrecérselos al mundo.

Acumulamos diariamente, hora tras hora, escombros convertidos en píxeles: contenidos arbitrarios que guardamos porque imaginamos que algún día tendrán una utilidad. Después llega el silencio de la nube. Un almacén saturado de gigabytes que nadie visita, una miscelánea de basura digital imposible de clasificar. Es el pánico contemporáneo al olvido, a desaparecer sin dejar huella, a no conservar todo lo que ocurre por miedo, quizá, a que no vuelva a ocurrir. Guardamos porque tenemos miedo a procesar, a seleccionar e incluso a aceptar que algunas cosas deben perderse. El exceso de memoria también es insoportable.

Estos días estoy viviendo todo esto de una forma especialmente tecnológica: ese momento farragoso —casi extenuante— en el que decidimos exportar nuestros archivos a un disco duro externo. Minutos de espera, horas de clasificación por carpetas, por viajes, por secuencias de un carrete que ni siquiera recordábamos haber llenado. Las fotografías caen en ese vacío llamado memoria. Mientras Warhol congelaba una época en sus 610 Time Capsules (custodiadas en el museo de Pittsburgh como un tesoro arqueológico de la cotidianidad), nosotros flotamos en un scroll infinito que desaparece al apagar la pantalla.

Aquellas cajas son arqueología del siglo XX: de un movimiento artístico, de una sociedad, de un metaverso capitalista en el que todo tiene cabida y, al mismo tiempo, todo parece destinado a convertirse en basura. Se veneran como reliquias de un siglo que todavía tocaba las cosas, que mantenía una relación física con los objetos. La gran incógnita es nuestro propio apagón digital: ¿qué quedará de nuestras cápsulas cuando el algoritmo decida devorarnos y las nubes virtuales de datos se apaguen?

Quizá el arte nunca estuvo en el objeto ni en el megapíxel. Estaba en la propia acción del dedo que aprieta el botón, intentando salvar tesoros en este mar infinito, la vida extrema, imparable y rutinaria que a veces nos ahoga, a ratos nos invade, y casi siempre nos deja un breve momento de placer para recrearnos en el hedonismo.