Vivimos una etapa de sobreintoxicación informativa. Hace un siglo, en 1930, la poetisa y novelista Gertrude Stein apuntaba ya hacia la sobreabundancia de estímulos y el extraño cansancio que produce el acceso ilimitado a los datos. En aquel contexto, aún limitado a libros, pasquines y folletines, ya se intuía una sensación de repetición constante: todo parecía decir lo mismo, todo asunto de importancia se situaba en un mismo plano de homogeneidad, en un fenómeno que posteriormente se describió como infoxicación, término que alude directamente a lo tóxico del exceso. En la actualidad, con el uso —y abuso— de las redes sociales, ese fenómeno se ha amplificado. Navegamos en un flujo inabarcable de información, sin tiempo para separar el grano de la paja.
Lejos queda aquella escena de cafetería en la que alguien hojeaba el periódico con calma, leyendo primero el titular, después el cuerpo de la noticia y, finalmente, comentando con el camarero alguna cuestión de actualidad. Esa escena prácticamente ha desaparecido: ya no hace falta comentar nada porque todo parece saberse al instante, incluso las reacciones y opiniones que las redes han proyectado sobre nuestra pantalla antes de que pensemos por nosotros mismos. Mientras estamos sentados en el váter, ya nos hemos enterado de algo que ha ocurrido en Madrid. La sobrecarga informativa no solo satura, también genera ansiedad. Si desconocemos algo, aparece la incomodidad. Alguien menciona un tema en la mesa y surge la inquietud ansiosa: ¿qué meme no he visto?, ¿qué serie de qué plataforma?, ¿qué referencia me estoy perdiendo?
La solución, como casi siempre en la vida, es elegir. Elegir bien implica consumir menos, pero hacerlo con mayor atención. El filtro se convierte en una herramienta esencial. Aplicando un buen filtro, la calidad de todo mejora, tanto en el consumo de productos como en otros aspectos menos materiales de la vida. Como en la fotografía: selecciona qué quieres captar y aplícale tu filtro. No se trata de aceptar pasivamente lo que te llega ni de permitir que otros definan por nosotros lo que debemos observar. Se trata de asumir que, cuando seleccionamos activamente, solemos construir una experiencia más coherente y más propia. Ante tanto estímulo laberíntico, déjame andar por mi camino.
La información, en exceso, también produce fatiga y ruido. Es necesario podarla como si fuera un arbusto que crece sin control en todas direcciones. Convertirnos en diseñadores de nuestro propio jardín implica seleccionar con cuidado, cultivar los contenidos que realmente importan y hacerlo con paciencia. Solo así podemos construir un discurso propio: siempre inacabado, cambiante, incluso contradictorio y refutable, pero nuestro. En este sentido, resultan especialmente problemáticos quienes pretenden imponer interpretaciones cerradas, los prescriptores de opinión que, conociendo nuestros gustos o ideologías, creen poder anticipar lo que pensamos. Esa reducción del pensamiento ajeno nos empobrece y nos hace ser parte de un colectivo vacío.
En uno de los relatos de Jorge Luis Borges, El jardín de senderos que se bifurcan, se plantea una idea parecida: un hombre se enfrenta a múltiples caminos y decide recorrerlos todos simultáneamente. Una concepción que desborda la lógica lineal y que se acerca más a la física cuántica. En ese universo narrativo, cada posibilidad ocurre a la vez, generando realidades paralelas que conviven. Al final, no se sabe qué es realidad porque todo no puede serlo. Es curioso releerlo: cada vez que los personajes llegan a un punto en el que puede ocurrir más de una cosa, ocurren varias. Se generan universos narrativos simultáneos cuando no se renuncia a ninguna opción. Como aquellos libros adolescentes de la colección Elige tu propia aventura, en los que acababas conociendo todos los finales posibles.
Algo similar sucede hoy con la información y el exceso de datos y estímulos. Accedemos a ellos como si el tiempo fuera infinito y las opciones, inagotables. Sin embargo, ni el tiempo lo es ni nuestra capacidad de atención permite abarcarlo todo. Solo nos llega una parte, fragmentaria y condicionada, de lo que podríamos conocer. Y aun así, seguimos intentando recorrer todos los caminos al mismo tiempo. Como sugiere una letra de las nuevas canciones de Fangoria, con ecos también de esa lógica cuántica: “Todo existe a la vez”. Intenta elegir el camino que consideres adecuado y correcto, aunque inevitablemente vas a recorrerlos todos.

