Aparte del símbolo matemático del lazo horizontal —ese número ocho tumbado que no tiene principio ni fin—, el trazo horizontal es el que sostiene en nuestra cultura visual la idea de infinito. No es solo una coordenada geométrica; es la primera forma de representación del ser humano en un espacio para marcar un orden natural, el reposo de los pesos y el límite de lo visible. En las pinturas prehistóricas no había representación del infinito y todo estaba flotando en un paisaje virtual. La primera vez que apareció en el arte un horizonte fue para decidir en qué punto se situaba el final del plano, el punto de fuga, el fin del mundo.
No fue hasta el Renacimiento, con el desarrollo de la perspectiva lineal de Brunelleschi y Alberti, cuando la horizontalidad del mar se definió formalmente para el ojo pictórico, matematizando el infinito. Más tarde, el academicismo del siglo XVII, especialmente a través del género de la marina holandesa, le dio al horizonte una autonomía definitiva, bajando la línea de visión para dar protagonismo a cielos inmensos y atmósferas cambiantes, consolidando así el mar como un género mayor capaz de evocar megalomanía e idea de infinitio, lo más disruptivo en clave antropomórfica.
La horizontalidad, en las artes visuales y en la vida, es como un ancla que estabiliza nuestra mirada. Quizá por eso me gusta tanto escaparme a ver el mar: porque sirve para diseñar el croquis, un timeline, una estructura perfecta frente al caos de la realidad. En la magnitud de un lienzo en blanco, el mar tiene su lugar y su orden; por allí unas gaviotas volando, por allá un barco carguero moviéndose hacia la derecha o hacia la izquierda, por aquí un chico paseando por la orilla. Todo parece menos irreal cuando hay como escenografía una línea recta perfecta entre dos tonos de azul.
En el arte abstracto nos damos cuenta de que el horizonte vuelve a desaparecer. Pero cuando se intuye, como en los lienzos de Mark Rothko, esta línea permanece como el último vestigio de la realidad, un eco del paisaje que nos negamos a abandonar para no perder las nociones de cordura. Cuando en el arte todo es muy difícil de entender, la cultura visual nos guía en una línea que va como las partituras musicales; una línea que se reconstruye en el imaginario.
Estos meses hay una exposición muy interesante en el IVAM que habla precisamente de esa intersección artística entre la geografía, el concepto horizontal y la historiografía marina. «Territoris en trànsit» reúne a las artistas Anna Talens y Mar Guerrero, que trabajan a miles de kilómetros (Carcaixent-Berlín / Mallorca) cruzando con una línea imaginaria el mar Mediterráneo, y despliegan un ensayo visual sobre el desplazamiento y la vibración de los espacios naturales. A través de un diálogo sutil, el mar y su línea de fuga dejan de ser una mera postal contemplativa para convertirse en una fuerza conectora que cuestiona los límites de nuestra propia escala frente a lo inabarcable o lo desconocido. Una foto, una postal, un color, una textura… nos dan la respuesta perfecta cuando queremos encontrar el sonido del mar. Sinestesia.
Cuando unimos ambas miradas, «Territoris en trànsit» demuestra que el horizonte no es una línea divisoria o un muro insalvable, sino el espacio de tránsito donde todo está a punto de encontrarse. Las obras de Talens y Guerrero funcionan como boyas conceptuales para coger aire, o líneas de nivel que nos permiten medir nuestra propia posición, nuestra capacidad de inmersión. Nos recuerdan, en última instancia, que buscar la calma en la línea del mar es un acto de resistencia creativa; una forma de regresar al paisaje natural para encontrar un refugio frente a la verticalidad y su vértigo, que nos acelera y nos impide ver las cosas como son. Y como decía Emil Cioran: «Da igual el camino que tomemos, no es mejor que cualquier otro». Lo importante es caminar y no perder el horizonte.

