Dejaremos de consultar archivos y de escuchar enteras las canciones
Hay una parábola que se repite en cada debate mediático, en cada batalla política, en cada tertulia televisiva: cuando una polémica estalla, se amplifica hasta saturar y, en cuestión de días —a veces horas—, se esfuma. No hay memoria del conflicto. Solo una sensación de ruido que se desvanece cuando aparece otro tema. En la conversación pública, especialmente entre nuevas generaciones, parece haberse sustituido el argumento por el estímulo, el análisis por la obligación de posicionarse rápido ante absolutamente todo, aunque sea sin conocer muy bien la historia, sin ideas ni argumentos. En TikTok la gente pregunta a referentes para que den respuestas inmediatas: cuál prefieres, este libro o éste y tienes que responder a una cadena de opciones y elecciones prácticamente sin pensar. Todo debe ser inmediato, decidido, emocional y reactivo. Y, sin embargo, da la sensación de que todo es absolutamente arbitrario.
Por supuesto, lo mismo ocurre en el marco sexo-afectivo, en esta etapa de modernidad líquida. Frente a la elección madura y basada en preferencias, criterios y principios (cuya validez, por supuesto, es temporal) preferimos la inmediatez más frívola y hacer scroll continuamente. No nos paramos demasiado en lo que nos gusta, porque va a durar prácticamente lo mismo que lo que no nos gusta tanto. Elegimos rápido y nos dejamos llevar por el estímulo. Este perfil sí, este no. Todo está enmarañado en una red, un ruido frente al que hay que tener una agudez mental importante para detectar cualquier nota musical. En ese juego motiva más el error que el resultado.
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El ruido vence. La razón, si aparece, llega sin eco. Lo preocupante no es tanto la velocidad como la ausencia de pensamientos, de argumentos, al tomar decisiones. No hay discurso porque no hay tiempo —ni quizás interés— en construirlo. Las opiniones funcionan como burbujas: nacen algo infladas de contenidos sin verificar, crecen por repetición y mueren pinchadas en el horizonte lleno de otras burbujas y temas recurrentes. En el vacío, es imposible elaborar una posición clara, hay que rellenar de materiales erosivos: me dijeron, me contaron, escuché un podcast, leí un tuit. Opinar sin sedimentar, reaccionar sin recordar el porqué.
Estos días lo viví de lleno con el debate (o linchamiento mediático) que se produjo ante unas declaraciones de mi grupo de música favorito, Fangoria; formado por dos de mis referentes ideológicos de vida; Nacho Canut y Alaska. Por hache o por be, parecía que todo lo que dijeron era un error garrafal; la vorágine devoradora de la era de la cancelación se centraba en dos titulares sacados de contexto. Del meme más cruel, a vídeos en los que el influencer de turno (referente para influídos de turno) aparecía rompiendo vinilos de hace cuarenta años, de la etapa de Alaska y Dinarama. Invalidamos el pasado por algo que no nos encaja en el presente y que no hemos llegado a verificar, ni contrastar. Todo tras responder a una pregunta respetuosa y educada que ellos no se sienten referentes del colectivo, ni de nada, porque cuando ellos empezaron no existían las siglas LGTB (en el contexto mediático). España, 1978: eran un maricón y una bisexual. ¿Alguien tiene algo que añadir? Perfecto, lo apuntamos y revisamos. O mejor rompemos discos directamente. ¿Qué es más punk? Pues lo que sea. ¡Viva el punk!
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La polarización contemporánea no es una negación de lo verificado, sino una mutación: cualquier posicionamiento político se convierte en estética, en gesto, en etiqueta que hay que poner o quitar con la misma vehemencia. El fenómeno anti-woke, por ejemplo, funciona muchas veces como un significante vacío que no necesita ser definido para ser eficaz como mensaje. En ausencia de discurso sólido basado en datos —lo que para los hermenéuticos fue el nacimiento de las ciencias y de la sabiduría—, las conversaciones se rellenan con ideas tan libres como tontas, faltas de sensatez e incluso de sentido del humor. Y lo que emerge no es una generación ideológicamente libre, sino una generación suspendida entre el desencanto y la incredulidad ante todo.
La Generación Z ha construido su imaginario desde la fragmentación de realidades. Su acceso a la cultura no sigue una línea de intereses e inquietudes, sino de impactos e imitación. El algoritmo sustituye a las antiguas guías conceptuales que facilitaban conocer tus gustos; se rompe el contexto en el que mostramos interés por las cosas. Los millennial buscamos sentido en la continuidad y en los referentes que marcaban el paso, las nuevas generaciones han roto todos los caminos del pasado por desafección con todo lo histórico.
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Y ahí es donde aparece una pérdida más silenciosa: la de la historia compartida. Vivimos en una especie de postverdad cultural donde todo se desliga de su origen, de su relato, del vínculo con aquello que las hizo posibles. Un grupo versiona una canción del pasado y el gesto ya no tiene profundidad, porque los nuevos oyentes no sienten la necesidad de mirar atrás, ni de entender de dónde viene eso que ahora les gusta. La canción nueva sustituye a la anterior. Y lo que es peor: ni siquiera permanece. No se escucha hasta el final, no se guarda, no se recuerda el verano siguiente. Todo queda suspendido en un presente continuo que devora sus propias referencias, donde el ruido ya no solo sustituye al discurso, sino que termina por imponerse a la música. Lo cultural deja de ser una construcción, una burbuja de creatividad, para convertirse en un flujo de cosas que van pasando y raramente permanecen. Y ahí es donde el capitalismo y el pop se dan un beso de amor.

