👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Atmósfera / Arte

Atmósfera / Arte

Una foto mostraba hace unos días que el cielo de Grecia se teñía de rojo. A simple vista, era una imagen de guerra, de caos, de apocalipsis. El rojo se debía a una niebla densa de polvo sahariano en suspensión. Un fenómeno que ya se había visto en 2005 y 2018, pero que ahora aparece con más intensidad y frecuencia. Cuando ocurre, se paralizan vuelos, se alteran todas las rutinas. También se modula la forma de ver. El paisaje sigue siendo el mismo, pero la luz lo transforma: todo adquiere un tono extraño, casi artificial, inaudito, como si alguien hubiera modificado el filtro con el que vemos diariamente el mundo.

La primavera, y el cielo azul mediterráneo, nos dice que los cambios de luz no son solo estéticos. Afectan a la percepción, al estado de ánimo, a la manera en que interpretamos lo que vemos. Bajo un cielo rojo, lo cotidiano deja de parecer estable. Hay una sensación de irrealidad y de arte, al mismo tiempo. Esta reflexión nace porque ayer precisamente fue el Día Mundial del Arte y me parece una celebración que invita a algo más simple y más exigente a la vez: mirar el mundo desde otro prisma. No necesariamente más bello, pero sí más consciente. Más humano. Más atento a cómo las cosas se plantean ante nosotros.

El trabajo de Olafur Eliasson resulta especialmente útil para pensar este fenómeno lumínico. Muchas de sus instalaciones no alteran los objetos, sino las condiciones en las que los percibimos: la luz, el color, la atmósfera. Recuerdo haber visitado en el Guggenheim de Bilbao una de sus instalaciones: Room for one colour (1997). Una sala completamente vacía, iluminada con lámparas de sodio de un amarillo intenso, hacía desaparecer la percepción del resto de colores. Al cabo de unos minutos, la visión solo permitía reconocer formas y movimientos. Al salir, costaba recuperar la naturalidad visual, el color que nos orienta.

En The Weather Project (2003), por ejemplo, convirtió la sala de turbinas de la Tate Modern en un espacio dominado por un sol artificial y una contaminación lumínica densa. Eliasson organizó una fiesta virtual con un sol masivo que irradiaba todo su calor rojo. Era como entrar en un mundo nuevo dominado por una playa al atardecer sin brisa, ni arena, ni temperatura real. No había nada en términos de arte matérico, pero la experiencia era completamente distinta: la percepción se volvía el centro de la obra.

Eliasson trabaja precisamente con esa idea: no vemos las cosas tal como son, sino tal como la luz y el contexto nos permiten verlas. Y cuando esas condiciones cambian, cambia también nuestra relación con la realidad. Cuando alguien tiene un día gris, no solo es una metáfora con los nubarrones, sino que implica una pérdida de color, o de la percepción de los cromatismos que nos ayudan a ver la realidad tal y como es para nuestras retinas.

Los humanos hemos llegado a poder tener la capacidad de elegir en qué momento queremos ver las cosas con un filtro determinado. En el mundo de la noche, es mucho más fácil y habitual cambiar el filtro. Durante el día, en condiciones normales, la fotografía puede ayudarnos a ver las cosas con otra luz. El mecanismo es sencillo y radical a la vez: basta con alterar lo que interpretamos de los mensajes para que todo se desplace.

Pensar que ante cualquier situación existen múltiples opciones abre caminos que antes no estaban visibles. A menudo, la respuesta dominante es la espera: dejar que cambien las condiciones, que la luz se transforme por sí sola. No es solo pasividad, sino una forma de adaptación colectiva que la sociología ha descrito como conducta mayoritaria: la tendencia de la masa a ajustarse al contexto antes que intervenir sobre él.

La calima no imita al arte sino que lo contiene en nuestras conciencias; a veces vemos arte donde no lo hay.

Cuando el cielo recupera su azul y su luz blanca, los colores vuelven a su saturación habitual. Pero algo permanece: una imagen latente, casi como un residuo en la retina. Y también una certeza más profunda: que la atmósfera puede leerse como una forma de arte contemporáneo en movimiento. Y que el arte contemporáneo no hace otra cosa que aprender a mirar esa atmósfera, a traducirla, a devolverla transformada. En ese cruce —entre atmósfera y arte— la experiencia se vuelve consciente: lo invisible toma forma, y lo que estaba ahí, suspendido, encuentra por fin una mirada capaz de admirar los cambios.