El deseo forma parte de las narraciones
Hubo un tiempo —no tan lejano, pero sí lo bastante distante como para parecer otra era— en el que el erotismo exigía intimidad y ritual. No es que se consumiera en privado: se creaba en exclusiva para ese espacio. Ahí están La maja desnuda y La maja vestida de Goya, concebidas para ser vistas mediante un ingenioso mecanismo que alternaba ambas pinturas, revelando u ocultando el cuerpo en una sala privada de reuniones que podía, ocasionalmente, recibir visitas. El díptico fue un encargo de Manuel Godoy, quien las guardaba y contemplaba en su gabinete, reforzando esa dimensión clandestina del deseo: mirar un desnudo era un acto de privilegio.
El deseo, entonces, no era algo de lo que se pudiera hablar: necesitaba complicidad y secreto. Siglos después, ese mismo impulso ha cambiado radicalmente de forma y se adapta a la cultura contemporánea. Hay cine, revistas, literatura, fotografía y —en menor medida— teatro; también redes sociales y OnlyFans, que nos permiten acceder a lo que antes era sucio. El smut es una tendencia, un código de acceso al contenido erótico. Y así ha dejado de ser algo silenciado para abordarse con la intención de construir un estilo narrativo, o mejor dicho, un eje temático en sí mismo.
Ya no se trata únicamente de lo explícito, sino de lo que se construye: tensión, anticipación, relato. Ese desplazamiento —del acto al clima— es, quizá, el verdadero síntoma de época. La revista Kink, de Paco y Manolo, reformuló el contenido homoerótico hace casi dos décadas, con artículos y entrevistas que hablaban de hombres expuestos al natural y fotografiados con una elegancia cruda, a lo guarro. La cultura visual acepta ahora la masturbación o el voyeurismo en la ducha: deseo explícito registrado con fotografías y textos en blanco sobre negro. Algo similar ocurrió con cabeceras internacionales como la Butt, en sus emblemáticas páginas salmón que mostraban culos y paquetes en portada.
El regreso al cine de Cumbres borrascosas (2026) y su éxito en taquilla no es casual. La nueva adaptación protagonizada por Jacob Elordi activa algo más que un imaginario: reinstala al personaje de Heathcliff como figura de deseo contemporáneo. De una historia dramática se pasa a una historia cachonda. No tanto por las escenas explícitas —inexistentes—, sino por esa mezcla de violencia sexual, romanticismo oscuro y presencia magnética que el cine lleva décadas intentando domesticar. Una secuencia muy comentada de la película muestra cómo el deseo deja de ser subtexto y se vuelve evidencia: una erección apenas sugerida, pero suficiente para tensar la escena y desplazarla del terreno romántico al corporal.
Otra obra clave del cine reciente es Poor Things (2024), de Yorgos Lanthimos. En ella, la sexualidad se desprograma de los códigos tradicionales de la mirada masculina para reconfigurarse como un proceso de exploración psíquica y corporal. El personaje de Bella Baxter, interpretado por Emma Stone, transita el deseo como quien adquiere un lenguaje: desde la curiosidad, la ausencia de norma y una relación directa con la experiencia. No hay culpa ni guion previo, sino una progresiva toma de conciencia. El cuerpo femenino deja de ser objeto para convertirse en sujeto narrativo. La película va más allá de la provocación y emerge como auténtica pedagogía del deseo.
Si el erotismo mainstream de los 90 se apoyaba en thrillers como Instinto básico o Atracción fatal, y los 2010 en el fenómeno Cincuenta sombras de Grey, el presente parece mirar hacia otro lugar: uno más difuso, más híbrido, más emocionalmente ambiguo:
Heated Rivalry (2025) se ha convertido en uno de los ejemplos clave de este nuevo imaginario. La serie, basada en la novela de Rachel Reid, sigue la relación secreta entre dos jugadores de hockey profesional —rivales en el hielo, cómplices en la intimidad— que sostienen durante años una tensión marcada por la competitividad, el miedo a la exposición pública y una atracción imposible de negar. Lejos de limitarse a lo explícito, la obra construye un erotismo basado en la espera, en la repetición y en la fricción emocional que antecede al contacto físico. Quienes la leemos desde una sensibilidad queer coincidimos en que no trata solo del sexo, sino de vulnerabilidad. El erotismo, aquí, no es un añadido, sino el motor mismo de la historia.
En paralelo, Challengers (2024), de Luca Guadagnino, se plantea como uno de los artefactos audiovisuales más precisos para entender la erótica de la Generación Z. Más que en el sexo explícito, sitúa el deseo en la tensión competitiva, en las miradas sostenidas y en la dinámica triangular entre sus protagonistas. Zendaya encarna una figura que no solo representa la ambición y el placer, sino que los dirige, los manipula y los convierte en estrategia: el erotismo como lenguaje y como herramienta, a partes iguales.
Figuras como John Waters apelaron a la nostalgia por todo lo que se prohibía en épocas anteriores. Porque, en el fondo, el deseo cultural siempre ha necesitado un marco de tensión. Durante décadas, lo erótico fue interesante precisamente porque estaba oculto, porque exigía búsqueda, riesgo o incluso transgresión. Las películas de dos rombos eran objeto de deseo por el simple hecho de ser prohibidas para los adolescentes. Hoy, en cambio, esa lógica se ha invertido: ya no se trata de acceder a lo prohibido, sino de cómo se narra y cómo se muestra todo aquello que construimos como deseable.
La cultura contemporánea no solo ha normalizado el erotismo sino que lo ha integrado como lenguaje, como estética y como forma de relación. Ya no se esconde, ya no se insinúa, ya no se consume en secreto; se comparte —incluso— en grupos de Telegram y en nuestros mensajes privados. En ese tránsito —de lo clandestino a lo público— el deseo ha dejado de ser un tabú. Y quizá ahí reside el verdadero cambio: no en cuánto vemos, sino en cómo hemos aprendido a mirar lo íntimo.

