Del éxito al abismo: un documental reconstruye la identidad de la estrella
Decir Jayne Mansfield es convocar de inmediato la imagen de una rubia explosiva, de curvas hipersexualizadas y pechos turgentes: una postal perfecta de la iconografía de género que el siglo XX construyó a partir de figuras como la suya. Actriz de enorme popularidad, Mansfield ocultó tras el brillo una vida atravesada por sombras profundas. Su historia se truncó en 1967, con apenas 34 años, en un brutal accidente de tráfico que derivó en un endurecimiento de las medidas de seguridad vial para camiones en Estados Unidos. La magnitud del mito fue tal que, incluso años después de su muerte, circularon hipótesis conspirativas que hablaban de homicidio. Cuando la leyenda es tan grande, la realidad parece insuficiente.
Hay películas y documentales biográficos que no buscan cerrar una historia, sino aprender a mirarla sin filtros, o desde un punto de vista más íntimo. My Mom Jayne (2025) pertenece a ese género que relaciona vivencias a modo de escala de experiencias. Dirigido y narrado por Mariska Hargitay —hija de Jayne Mansfield—, la producción (ahora en HBOMax) es tanto una investigación como un gesto de valentía: recuperar y reconstruir la figura de su madre (la perdió a los 3 años de edad). También recompone su propia identidad, marcada durante décadas por el silencio, el trauma y una herencia pública de un personaje difícil de sostener o de entender.

La narración se articula como un ejercicio de memoria afectiva en entrevistas de primer plano. A través de entrevistas profundamente personales con sus hermanos, hijos, y de un trabajo casi arqueológico sobre fotografías, cartas y objetos que Jayne dejó atrás, Mariska construye un nuevo retrato de su madre: no el icono hipersexualizado del star-system, ni la caricatura trágica que siguió a su muerte prematura, sino una mujer extraordinaria y compleja, que compartía aspiraciones con mujeres de toda una generación. En ese gesto hay una voluntad clara de humanizar lo que durante años fue mito, o mercancía cultural producto de ese marketing tan agresivo en la cultura americana de los 60’s.
Lo más poderoso de My Mom Jayne no es solo la acumulación de información, sino la forma en que el relato insiste en algo menos habitual: incluso en medio del dolor, hubo más amor del que la historia oficial permitió ver. Amor imperfecto, a veces torpe, pero real: como en la vida misma. El documental se permite, además, algo poco frecuente en relatos familiares públicos: el reconocimiento de fallos y verdades, las disculpas y los agradecimientos a colaboradores, o la aceptación de que nadie salió ileso de aquella historia.
También es un film profundamente inquietante en torno a la identidad. Las preguntas sobre quién eres cuando tu origen ha sido fragmentado, ocultado o reescrito se despliegan a lo largo de los años de secretos y misterios que rodearon a Jayne y a sus hijos. Ver cómo esas preguntas se reformulan con el paso del tiempo resulta muy interesante.
My Mom Jayne no busca reposicionar a una estrella, sino entenderla en su contexto. Y en ese intento hay una honestidad poco común y un coraje emocional que engrandece el gesto de Mariska Hargitay, no solo como actriz, sino como narradora de su propia historia. En definitiva, es un trabajo de recuperación de testimonios y de narraciones en torno a una vida; y lo hace como un acto de amor, necesario para cerrar una caja de recuerdos de una musa inolvidable, al nivel de su compañera —y clon estético— Marilyn Monroe.
