Vivimos en una era que se desliza por swipe-right a una velocidad aterradora. Hablo en primera persona del plural: creo que hemos perdido la capacidad de prestar atención a lo importante porque lo confundimos con lo frívolo. Quince segundos de algo que no nos toca la fibra nos hacen desistir, un discurso de más de tres minutos nos aburre. Las clases universitarias y las conferencias ya incluyen varias pausas dispuestas para la nueva necesidad: desatender. La modernidad líquida de Bauman se quedó corta.
Las películas ya no tienen recursos de pausa —lástima de aquellas maravillas de Lars Von Trier, hoy inasequibles para la mayoría de la GenZ—. Así, las conversaciones se consumen como un reloj de arena y hasta las relaciones parecen tener fecha de caducidad implícita, como en aquel capítulo de Black Mirror: Hang the DJ. Todo pasa rápido, demasiado rápido. Y esa rapidez se ha llevado por delante todo: hemos perdido la capacidad de narrar con lentitud, detenernos en el matiz, sostener una mirada sin que la prisa —o la maldita notificación— nos empuje a otra cosa.
Cuando nos relajamos, en ese microinstante previo a hablar —cuando una idea se va a construir en forma de frase— aparece una verdad que el ritmo acelerado no puede disolver. Ese gesto mínimo que a veces queda atrapado es la definición de lo que queremos decir. A veces con menos palabras de las que quisiéramos; otras, con solo un par de gestos. Paul Watzlawick lo escribió con cuatro palabras: no podemos no comunicar. Lo hacemos aunque lo evitemos, con la mirada, con la mano, con los labios, con un silencio de segundos, o con una frase inacabada.

Mientras todo a nuestro alrededor exige velocidad, la comunicación —la audiovisual, la literaria— exige lentitud. Quizá me he dado cuenta tarde. Siempre disfruté más de lecturas cortas que de largas, de relatos que me atrapaban en minutos. Pero estos últimos meses me he sumergido en lecturas extensísimas que me han entusiasmado, como Tan poca vida (Hanya Yanagihara), La estrella de la mañana (Karl Ove Knausgård) o El loco de Dios en el fin del mundo (Javier Cercas). Avanzar las páginas lentamente, sin miedo a que se apague la luz de la narración, me ha enseñado algo: todo —lo terrible, por Yanagihara, y lo bello, por Cercas— tiene un final, y aun así merece disfrutarse en pausa. Ahora estoy con Karnaval (Juan Francisco Ferré), que menudo viaje de libro.
Decir las cosas con lentitud y escuchar con atención es, hoy, un acto radical. Radical en el sentido de ir a la raíz. Demuestra valentía y resistencia: tomar aire, ordenar emociones y pronunciarlas con cuidado es ir en contra de la urgencia que nos rodea. Cuando definimos lo que sentimos, aclaramos. Cuando confesamos, liberamos verdades que conteníamos y ocultábamos. Y cuando no acabamos una frase pero sostenemos la mirada, estamos comunicando también todo lo que importa.
Narrar bien y con lentitud implica algo poético. Entre las notas que llevo en el móvil, una se titula “Cosas de las que quiero escribir”. Tengo una docena de temas random que voy actualizando, hasta desahogarme con palabras. Algunas se han convertido en posts para este blog, otras en conversaciones con amigos, y las más complejas ya son casi esquemas para relatos de ficción que algún día, con trabajo, pausa y tiempo, podrían publicarse.
Quizá lo que nos toca ahora —frente a tanta velocidad— sea recuperar la lentitud como forma de narrar. De comunicarnos con pausa y detalle. De entender que sentirnos libres forma parte del mensaje. Escribir con claridad, por fin, empieza a tener sentido, aquí y ahora. Como dice la nueva canción de Ginebras, Mi diario:
«Cuando volvía de grabar me di cuenta, descansando / Que encuentro inspiración en los sitios más extraños / Lo que sea que me inspire significa algo».
Parar, observar, leer miradas y explicar con lentitud: mi nueva religión.
