La modernidad líquida

Amor líquido. Modernidad líquida. Conceptos que suenan chispeantes pero no son tan nuevos. Hoy se imponen en lo emocional. No te desvivas por los cambios. La amistad es real, el amor es sólo química. Tarde o temprano quien te ha dicho muchas veces que te quiere, te pedirá que por favor te vayas de su vida.

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Nadie debería dejar de lado una lectura como la de Zygmunt Bauman: Modernidad Líquida. Viene a decir que estamos viviendo una era de cambios sociales inaudita en la historia de la humanidad. Vamos camino de una sociedad individualista y privatizada, donde todo es efímero (por suerte), todo tiene un carácter definido como transtitorio, volátil. También el amor.

Si nuestros antepasados se marcaban metas en la vida y (casi siempre) fracasaban al alcanzarlas, sufrían y se sacrificaban mucho en el intento, en las vidas actuales no cabe la opción de desgaste. Porque lo más importante del camino es recorrerlo, tropezarse, alcanzar una zona de confort, una cabaña entre árboles… y reaccionar cuando caiga el rayo sobre ellos y tengas que volver a empezar.

Si no hay metas, menor será la decepción final. Aunque es necesario establecer algún propósito. Pero quede constancia de que verdadero logro es descubrir y aprender (añadir) experiencias nuevas. Una moraleja que se ha impuesto también en el cine recientemente, en películas tan brillantes como Paper Towns. O revivir los fracasos estimulantes de Birdman. Toda tragedia y violencia al respecto debe quedar en el plano de la ficción, como en el desamor de Irrational Man. Es de locos luchar contra la voluntad del resto del mundo. Poder al individualismo con todas las consecuencias.

Dicho esto, no cabe más drama. El drama es vivir y hay que saberlo convertir en algo positivo. Todo lo que empieza se acaba. Ningún asunto reviste gravedad como para dejar de actuar. Hay que disfrutar mucho de los pequeños placeres que apenas cuestan dinero. Hay que quitarle valor a lo material y a lo sentimental. Tenemos que aprender a matar la nostalgia, pero no el tiempo. No me escribas más poesías porque no las quiero leer, no las puedo sentir. Pesadilla en el parque de atracciones.

Porque por mucho esfuerzo que dediquemos a conseguir grandes cosas, estas también desaparecerán, serán olvidadas. Y si no las olvidamos, moriremos igualmente y nos meterán en un ataud, y todos aquellos pensamientos abstractos de felicidad y tristeza que almacenas entre el vientre y el corazón, se reducirán a ceniza. Como las Fallas de Valencia. No hay nada más bonito que lo que arde y termina de forma fugaz.

Popy Blasco despedía el año 2015 inyectándonos vida en pocas palabras: «Abrid los ojos y daros cuenta de que vuestros problemas no tienen importancia alguna. Entended de una vez por todas que todo, absolutamente todo (hasta lo más terrible) da lo mismo. El único sentido de la vida es disfrutarla».

En la modernidad líquida que vivimos no existe el mañana, ni el proyecto de vida; solo existe el ahora. David Bowie, con sus últimas siete canciones compiladas en uno de los discos más bonitos que he escuchado en mi vida, Black Star, constata que hay que ser humildes, dar la bienvenida al drama y despedirnos de él con una sonrisa, porque es lo que nos hará felices.

Y aunque todo esto pueda ser leído en clave crítica de resignación; nada de eso. Esto es lo más sincero que he podido llegar a sentir últimamente, y agradezco enormemente a una persona haber explorado uno de los terrenos más pantanosos de las emociones para darme cuenta de toda esta realidad, que había pasado de puntillas por mi subconsciente. La Insoportable Levedad del Ser nos hizo volátiles. Y tanto quien lea esto como yo, desaparecemos de aquí sin dejar ni rastro. Así que no seamos totalitarios. Disfrutemos de todo lo bonito, amemos sin parar.

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