«Es mala amante la fama, no va a quererte de verdad», sonaba en voz de Rosalía hace solo dos años, en todas las verbenas de aquel verano. En el fondo sabíamos que la fama no quiere a nadie; era una metáfora. Sabemos que Rauw Alejandro probablemente la hizo sentir una mierda y todo lo anterior se esfumó, y las cosas ya no las percibimos como reales. Hay algo lírico y poético en lo de la fama, que siempre suena como grandilocuente. Manuel Jabois se explaya sobre el asunto en su infalible columna de El País: «Pregunto a la IA sobre la fama y me ofrece esta delicada observación: es un sistema nervioso externo. O sea: el mundo te devuelve un eco que confirma tu existencia».
Warhol decía que, en el futuro —ya presente—, todo el mundo será famoso durante 15 minutos. Ver ahora a Rosalía correr por la Gran Vía, seguida por cientos de personas, no era un simple anuncio del disco LUX, generando una expectación tendente al fanatismo, sino una revelación colectiva de esa existencia magnificada de cada una de nosotras, personas insignificantes del planeta. Cuesta creer lo que ocurre en el siglo XXI: no nos movilizamos por causas tan graves como las guerras, el genocidio en Gaza, o la inacción política ante asuntos tan latentes como la vivienda, sin embargo sale Rosalía a la calle y paralizamos la rutina.
Desde nuestra humildad e individualismo coincidimos en algo y lo decimos al mundo: que Rosalía es una estrella, en el sentido más warholiano de la expresión. En este tiempo —líquido, hiperconectado, ególatra— el reconocimiento público de alguien se ha convertido en un nuevo sacramento. De poca gente se puede ser fan sin que te cancelen; idolatrar es un riesgo. Cuatro generaciones atrás, todo el mundo mostraba fanatismo por Dios o por los santos. En las culturas antiguas, por todas las deidades. Nadie cuestionaba las opiniones irracionales. Ahora te posicionas en redes entre Leire Martínez o Amaia Montero y te ganas un unfollow.

En ese mundo saturado de filtros, empieza a crecer algo: la desafección por lo vulgar. Ya no basta con ser popular: hay que serlo de la forma correcta. La vulgaridad —esa etiqueta que se asoció a lo popular, a lo arraigado, a lo pobre— vuelve a ser señalada, pero ahora con una máscara de sofisticación. Si estás en redes y compartes las cosas de las que eres fanático, estás dentro del sistema, pero esas cosas tienen que molar, tienen que ser virales. Y lo que es más importante: tienes que llegar a tiempo de la cresta de la ola de fama.
En el rechazo a lo mainstream, que todos hemos secundado en algún momento —yo el primero—, late se revierte en la cultura TikTok, donde la autenticidad solo se celebra si hay comentarios positivos, miles de likes, y un engagement decente en cada publicación. Gente corriente se ríe de gente corriente que sube fotos a redes por el simple hecho de que les apetezca subirlas, porque se sienten bien así, o porque quieren comunicar algo a sus allegados. Lo que no es monetizable ya no tiene valor, salvo que seas un outsider y todo te dé igual.
Rosalía, con LUX, ha encendido el foco sobre su propia fama. Pretendiéndolo, y con una excelente campaña de publicidad, se ha convertido en el espejo más luminoso del éxito, y ahora juega a desbordar los límites de su propio personaje, mezclándolo con la retórica creativa y artística que transita entre generaciones y clases sociales (sic). La primera canción de su nuevo disco se titula Sexo, Violencia y Llantas. Quizá sea un buen cóctel de lo que ha hecho hasta el momento: Los Ángeles, El Mal Querer y Motomami. ¿La parte por el todo? Rosalía es una estrella perfecta porque no deja de hacer lo que le apetece; y lo que hace tiene sentido incluso cuando se contradice.
Tal vez por eso, seguimos fascinados con quienes —como ella— han alcanzado el cielo del reconocimiento no solo por su talento, sino también por el aura construida. No los admiramos únicamente por lo que hacen, sino por encarnar la ilusión de ofrecer su arte como un regalo al mundo. Pero detrás de cada vídeo viral y cada campaña promocional, de cada concierto, persiste la misma pregunta: ¿cómo se baja de ahí? La historia de la música pop está llena de respuestas. Ojalá Rosalía permanezca durante décadas en su altar, envejeciendo con las generaciones que hemos tenido la suerte de ser coetáneas a ella.
