Recuerdo muchos veranos por el libro que tenía entre las manos, el que guardaba en el bolsillo externo de la trolley, o el que dejé olvidado en una cala de difícil acceso; quise volver para recuperarlo, pero ya era tarde. Recuerdo veranos que se hicieron más largos gracias a lecturas nocturnas que desearía reescribir o volver a comezar. Y también recuerdo un verano que no viví, porque quedó atrapado entre unas líneas. He aquí una selección de varios veranos, y la lectura que tengo por medio este año.
| Libro | Qué ocurre aquél verano |
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![]() Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxebarria | Leía en el balcón, con los pies apoyados en la barandilla de metal, frente al mar en calma, sobre la vida de tres mujeres que podrían haber sido mis madres, o mis primas, o mis vecinas. Vidas que para mí eran totalmente nuevas, porque yo vivía un letargo adolescente. Me quedé muy dentro de aquella historia sobre tres mujeres, sus pasiones, sus amistades que se fusionaban con el enamoramiento, los celos y los despechos, la presencia del sexo fugaz. Un despertar homosexual desde el prisma lésbico se convirtió en mi propio despertar. En la orilla de la playa, hablando con un amigo, verbalicé por primera vez que me gustaban los chicos. |
![]() Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald | Un libro de bolsillo en una biblioteca llamó mi atención por la poética de su título. Pensé que no habría mejor lectura para una semana de vacaciones en el apartamento familiar. En la mesita de noche y en la bolsa de la playa, me acompañaba todo el rato aquella pegatina amarillenta del lomo. La historia era sumamente bella, pero también me cargaba de un sentido nuevo de la responsabilidad, de tormento; y así el fracaso y el éxito empezaban a ponerse en una balanza, al inicio de mi etapa universitaria. La riqueza y el prestigio ya no eran un valor a consolidar, sino un símbolo de tremenda fragilidad. Una atmósfera de decadencia contrastó con un verano de completa despreocupación. |
![]() El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy | Recuerdo perfectamente que lo empecé a leer con desgana, pero a las cincuenta páginas lo comencé a devorar. Una historia triste, de llorar, hasta rozar lo trágico, acumula un montón de planteamientos que me han marcado como pocas lecturas posteriores. En concreto, dos ejes: la importancia del momento, de lo efímero, de la inestabilidad permanente; y por otra parte la sensación de que el poderoso siempre oprime y consolida su poder. Para que haya ricos tiene que existir mucha pobreza a su alrededor; las estructuras sociales son permanentes y no permiten mucha interacción entre clases. En ese momento me debatía entre militar o no en un partido político, al inicio de los estudios universitarios. Meses más tarde, tomé la decisión. |
![]() Baila, baila, baila, de Haruki Murakami | Es una novela que leí hace pocos veranos. Sobre todo lo recuerdo en largas jornadas de ver caer el sol desde una playa nudista. Una toalla, una botella de agua, las llaves del coche y este libro, nada más. Un libro que precisamente habla de la soledad, de la fragilidad de la vida, de las cosas que cambian y nunca vuelven a ser como antes, del rencor y de la sinceridad. Una lectura que me ayudó a entender más el mundo, y a optar por ser cada día más individualista. Lo dejé marcado con muchos subrayados a lápiz. Uno de ellos dice algo así como «Tienes que bailar. Mientras suene la música. Tienes que bailar. Ni siquiera pienses por qué. Cuando empieces a pensar, tus pies se detendrán». Lección de vida para momentos álgidos. |
![]() Rendición, de Ray Loriga | Leí este libro en el primer verano de postpandemia, quizá la etapa de mayor actividad social de mi vida y en la que, paradójicamente, buscaba refugio en la sensación de conocer a personas nuevas todo el rato. Ciudad Transparente, el lugar donde suceden los hechos, es un espacio utópico y distópico al mismo tiempo, donde todo es visible y transparente, literalmente. La privacidad no existe en esta novela de Lorica, y la transparencia era el mayor valor de una nueva sociedad, alejada de un mundo en guerra. En ese contexto, todo lo que acontece está sometido al juicio por parte de un gobierno, que lo controla todo. No existen los peligros, ni los secretos. Me resultó sumamente agobiante la sensación de perder la individualidad, el espacio íntimo, la recarga de energía social. Una angustia alimentada por la realidad de esa etapa, tras un desconfinamiento tan agresivo para nuestras mentes. |
![]() Todas las familias son psicóticas, de Douglas Coupland | Si Picasso fue el artista plástico que me hizo entender todo el arte del siglo XX de golpe, Coupland fue el escritor (y artista) que me incitó a cambiar mi forma de escribir las cosas de golpe. Cuando ligas varias historias de la cultura contemporánea y las relacionas acaban formando una historia más compleja, más rica, más auténtica, más loca. Más real, también. Una familia unida para ver la salida de un transbordador espacial es la foto de la que parte una narración dramática y ocurrente; tensiones y conflictos al servicio de la novela del absurdo. Cuando acabé de leerla empecé a incorporar en mis conversaciones la palabra «resiliencia» con normalidad. Porque la vida y los personajes de las familias son igual de caóticos, nadie aguanta a nadie hoy en día, pero hay que aceptar que están ahí, tomar una cervecita y hacer como que vivir el verano es la mejor sensación posible [no]. |
![]() Ofendiditos, de Lucía Lijtmaer | Es una lectura tan amena como profunda. Un ensayo de calado sobre la realidad que nos rodea, sobre los límites de la libertad de expresión. Es difícil desmarcarse de la ideología al tratar asuntos como la preponderancia de argumentos para impedir que exista libertad de expresión real. Todo, absolutamente todo, es carne de cañón: es cuestionable y admirable, es cancelable y ridiculizable. Si no protestamos no somos nadie. Pero la sociedad del siglo XXI está marcando límites por todas partes. Lucía Lijtmaer tuvo la suerte de caer en esta colección de mini libros, formato bolsillo de verdad, que me permitió meterme esta edición en el trasero del pantalón para leer a ratos, en dos viajes de avión. |
![]() Sábado, de Ian McEwan | Se puede leer un libro en diferentes momentos y que sean otro libro diferente, pero hay libros que te pueden dar siempre una buena lección. Y este lo consiguió. La sensación de compasión elevada a la enésima potencia es la conclusión que se extrae de una historia que es un cóctel de muchas ocurrencias surrealistas, que se van amoldando a la vida de un neurocirujano londinense al que no paran de acontecerle sucesos que rozan la fantasía. Poco a poco, los nexos se van saldando en una trama muy dinámica. Los minutos parecen horas, lectura frenética. Este libro pone sobre la mesa la ciencia frente a las pasiones. Ayuda a mejorar cualquier conflicto que pueda surgir en una tensión política, en una discusión entre amigos. Un libro que podría ser receta médica para releer en momentos de misantropía. |
![]() Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas | Hay lecturas buscadas y lecturas encontradas. Antes de coger un autobús para ir a la playa, el pasado verano, pasé por un escaparate lleno de rótulos de libros en oferta, a 5’95 euros. A pocos minutos de llegar el autobús cogí el primero que vi, practicamente sin leer la sinopsis. Ya sentado, bordeando la Albufera de Valencia, empecé a adentrarme en un viaje a Cuba a través de la infancia de Reinado Arenas. Mezclaba política, las injusticias y crueldades de un régimen dictatorial, con lo más personal. La visión del régimen comunista desde la infancia, la violencia sufrida por ser homosexual, el exilio forzoso tras romper vínculos en La Habana, durante los años más duros del castrismo. Un libro que resume varias décadas, pero que se lee en pocas horas; intensidad, lucha, y mucha nostalgia entre sus líneas. |
![]() ¿Quién teme a Francisco Franco?, de Daniel Rico | Es la lectura que tengo entre manos la recomiendo pese a no haberla completado. A veces la realidad se encarga de enturbiar lo que vemos en el presente, y por descontado de desdibujar el pasado. Está ocurriendo con la extrema derecha; se está blanqueando el franquismo y la dictadura. Este libro me está encantando porque a modo de flashes abre un debate sobre ese negacionismo del pasado, sobre la falsificación permanente y el olvido de las generaciones que solo hemos conocido el pasado por los libros de historia. A través del desmantelamiento del pasado (y de sus monumentos) nos adentramos en una reclasificación del pasado (ocultado) de la historia de nuestro país. Y me lo llevo a la playa hoy con intención de acabarlo. |











