Tú no eres indie

Eres un disfraz de indie.

Vivimos una revolución de desapego ideológico, de adopción inmediata de todas las etiquetas; incluso ha llegado el momento en el que a las masas les encanta definirse como indies. Es una victoria de las minorías, del mismo nivel que ver a chicas y chicos heterosexuales sumándose a los Pride LGTBI de cualquier ciudad. Pero en el caso musical podríamos parafrasear a Putochinomaricón en su canción Tú no eres activista. No sois indies; solo imitáis a los que van a festivales para gozar del placer de la música en directo y queréis vestir más modernas que vuestras amigas, mientras pasáis el rato tarareando los éxitos de Izal, Supersubmarina y Vetusta Morla como si fuesen lo más diferente, valiente e indie del panorama patrio. Y nada de eso.

Deberíamos aclararos que musicalmente son un producto muy fácil, una mera copia en busca de la cuota de mercado que pretende acaparar a todos los que calzan Converse o Vans. Pero sabemos que ser indie en contextos difíciles es mucho más que una pose. Los verdaderos indies lo pasan mal, porque no pueden hablar de música en sus círculos de amigos, en el despacho, o en una cena familiar; porque escuchan a grupos que nadie va a reconocer y cuando les pongas una canción de tu —puto— grupo favorito se van a espantar. Música  irreverente, políticamente incorrecta, de grupos que a veces fracasan porque difícilmente pueden sobrevivir con sus geniales creaciones y descartan vender sucedáneos. Nadie les quiere producir un disco que no vaya a venderse en grandes almacenes donde compran música las señoras bien y los manaders. Yo nunca quise ser indie, quise ser yo.

Todavía me sorprendo cuando escucho en el dial una canción que me cautiva. Suele ser en Radio 3. Digo: ostras, está sonando El Túnel, la flamante oda narcótica de la murciana Lidia Damunt, con producción de Hidrogenesse. La había escuchado en casa. Habría llegado hasta mí por algún blog rarito, algún playlist excepcional, o quizá a través de la cuenta de Instagram de los propios artistas. Pero ahí estaba, reluciendo en abierto para miles de oyentes. Y cada vez que ocurre, en ese momento, me doy cuenta de que en cada colmena urbana, en cada ciudad, habrá una persona que entenderá esa canción, que se hará fanática de aquello tan extraño; desambiguación cultural. Una canción que mezcla el rap, soul y algunas notas de flamenco, y se enlaza con otros sonidos que no sabría identificar. Pero conecta con mi gusto más recóndito.

Una de mis canciones nacionales del año 2018 (so far).

Escuchar letras y cajas de ritmos como los de Putochinomaricón (qué nombre más inapropiado, diría cualquiera) te aleja de la vulgaridad. Cómo no va a hacerlo; si te escupe precisamente a ti (homófobo, tránsfobo, xenófobo o simplemente idiota) que no quieres hacer exhibición de nada en tu vida para no llamar la atención. PCHM atenta contra la normalidad, el aburrimiento y la costumbre. Por eso sería una estrella igualmente aunque a sus conciertos solo fueran quince personas, aunque su disco autoproducido y autoeditado no haya llegado a las tiendas, aunque para contratarle haya que escribirle un whatsapp directamente a Chenta Tsai, su alter ego. PCHM es una respuesta al bullying y a todas las patologías que detectamos en nuestra sociedad para tolerar lo diferente, lo que rompe la norma. Para mí, para muchos, Gente de Mierda es un nuevo himno. Por eso es uno de mis artistas favoritos en este momento.

Ariadna Punsetes, una estrella verdadera indie.

Sin salir de la mierda, otra de las almas supremas de lo que entiendo como verdadera producción independiente, serían Los Punsetes. Ahora les va bien; pero han tenido que cancelar muchos conciertos desde 2004 hasta la fecha. Y eso que cuentan con muy buen apadrinamiento (han sido teloneros de Los Planetas en muchas ocasiones, otro grupo que siempre se desvió de la corriente, y que nunca tuvo que pagar por salir en una lista de éxitos). Ariadna, Jorge, Chema y Manu idean letras con humor, gancho y paridas con ganas. Y así han sumado discos y canciones, conciertos y videoclips que no pueden dejar indiferente; que tiran para atrás a un taxista y abofetean a algunos políticos. «Me gusta que me pegues, me siento importante». O aquel «todos formamos parte de ese 99% de gente que se cree mejor que el resto». O «la flema que proyecto cuando escupo, eso es lo que pienso de tu grupo. De tu puto grupo». Letras de canciones que le encantarían a Charles Bukowski bien entrada la noche, pero le podrían repeler a un presidente del gobierno. Excepto a Pedro Sánchez, que le encantan, porque Pedro es mucho más indie de lo que parece.

Otro referente infalible del indie de los últimos años son Las Bistecs, el dueto que popularizó el mal gusto, la provocación a través de lo feo y el pene como tendencia museística. Acabaron el Mal Gusto Tour y anunciaron una despedida sorpresiva después de haber pisado durante dos largos años los escenarios de las salas más underground de toda España; e incluso algunas dos o tres veces sin cambiar de show. Sus cuentas están paradas. Pero personas allegadas a las artistas barcelonenses aseguran que están pensando y trabajando en, al menos, dos canciones nuevas, que podrían salir a finales de este mismo año.

Las ¥€$Si Perse en modo selfie.

El fin de semana pasado tuve oportunidad de contemplar la actuación de los dj’s murcianos ¥€$Si PERSE, que animaron la explanada del IVAM por la semana de la diversidad. Se basan en la ciencia ficción, en la imaginería bélica y en videoartes de contenido apocalíptico para reivindicar lo queer, la libertad sexual, el genderless y el desetiquetado social. Son los pinchadiscos más indies a los que podría hacer referencia; una música atronadora y petarda, a ratos divertida y a ratos sinérgica con el mundo de lo robótico y lo mutante. Son como recién llegados de la película Desafío Total, o del siglo XXIV. Son las estrellas que me gustaría que pusieran música en una boda contemporánea, o en la celebración de un cumpleaños definitivo.

Los mutantes, el futuro de la humanidad.

 

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