Bebés espectadores del apocalipsis

Desde hace tiempo vengo advirtiendo de un baby-boom en España del que todavía no se hacen eco las estadísticas. Un baby-boom extraordinario que apalea la maltrecha economía de las familias, alimenta diferencias sociales y se burla de las amenazas apocalípticas. El caso es que la gente decide sonreírle a la vida trayendo niños y niñas al planeta para permitirles vivir ese macroespectáculo de fuegos artificiales con el que celebraremos el Fin del Mundo. Elegía I, II y III.

Modernas que se enfrentan al dogma.

Modernas que se enfrentan al dogma.

Según la teoría de de la evolución de las especies, solo los más aventajados sobrevivirán. Para ser un infante con cierta esperanza de vida tienes que venir envuelto en una burbuja áurea de fábrica, como aquellos bebés de 2001: Una odisea en el espacio. O como algunos adultos bien preparados para el siglo XII: Raphael, Mariah CareyAmanda LeporeNajwa Nimri, Alaska o Björk. A ellos nunca les pasará nada, porque viven protegidos por su propia atmósfera. Son animistas. Respiran de su arte. Autogestionan su supervivencia. Y brillan con luz propia, como las estrellas. Guiarán a la humanidad en sus últimos días.

La artista con mayor bit rate vocal.

La artista con mayor bitrate vocal del planeta.

Todo este giro apocalíptico nos lo acentúan noticias sobre enfermedad y ébola. España y Estados Unidos han hecho un ensayo general de una posible pandemia global que, tal y como lo gestiona Ana Mato, podría acabar como aquellas plagas de peste medievales que extinguían pueblos enteros. Ana Obregón tiene toda la razón del mundo cuando dice que ella, como bióloga que es, «podría hablar demasiado». Me encanta la ambigüedad del concepto demasiado.

Han estado oportunísimos y acertadísimos Madel y Alicia, Chico y Chica, al lanzar el videoclip de Findelmundo, un tema que idearon para aquellas fiestas apocalípticas de 2012 y que recuperamos con urgencia y la pertinente alegría. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto cantando una canción que incluye letras tan reales como: ¿Y qué te vas a poner? Mucho decir qué guay pero al final ya has visto. No hay quien aguante este olor a fin del mundo.

Mientras el fin del mundo se acerca, algunos están emperrados en volver a los orígenes: qué contratiempo. La cadena de televisión más innovadora, Cuatro, lanza un concurso chico-busca-chica en falso reality, estilo Un príncipe para Corina, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o ¿Quién quiere casarse con mi madre?. Pero ahora pretenden generar algún tipo de morbo con Adán y Eva, una competición nudista en la que la que los concursantes van desnudos todo el rato, se conocerán ya así y acabarán vestidos.

Como nudista que soy, me parece una solemne idiotez el formato y creo que no ayudará mucho a normalizar una práctica que es muy sana para las mentes acomplejadas. Por supuesto, juegan con el morbo para acariciar las zonas erógenas de la audiencia enseñando pollas y coños, que en la televisión española se habían censurado hasta en realitys como Gran Hermano. Algunos todavía ven la desnudez como algo estrictamente sexual. Y los perfiles intelectuales de los concursantes son del nivel más bajo. Ante ellos, Mario Vaquerizo sería doctor honoris causa. El programa resulta aburrido, la finalidad parece una excusa y los desnudos del primer programa no me excitaron en absoluto. Pero eso no implica que no lo vaya a volver a ver. Mi contradicción fatal.

El paraíso según la historia del arte, sin morbo genital.

El paraíso según la historia del arte, sin morbo genital.

Desde luego lo que no me gustaría es que el fin del mundo me pillase viendo esa bazofia de la nueva fast-tv (como ha rebautizado a la telebasura Jorge Javier Vázquez). Está muy bien como acompañamiento de noches frívolas, pero prefiero disfrutar de películas como las dos que he visto esta semana y de las que seguiré hablando durante lo que queda de año: Perdida (basada en mi libro favorito de 2013 y dirigida por uno de mis directores fetiche, David Fincher) y Magical Girl (dirigida por Carlos Vermut), que probablemente sea la mejor película española de este año. José Sacristán hace el papel de su vida. Bárbara Lennie quizá sería merecedora de un Goya. Una conjunción de artistas consagrados y nuevas revelaciones generan una estela de vitalidad cinematográfica para un futuro perfecto.