De lo televisivo y lo invisible

Subí aquellos peldaños atrofiados, crujientes y singulares. Busqué la llave entre un manojo de metales oxidados. Al abrir me enfrenté a una buhardilla. Luz tamizada desde pequeños ventanales, unas estanterías repletas de lomos a la rústica, desde el suelo hasta el techo, una pared artesonada de madera oscura y la escalera oscilante que me trasladaría de este mundo a otros imaginarios.

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Leer es tan importante como comer y dormir. Las nuevas tecnologías nos han robado demasiado tiempo. El invierno condiciona con excusas nuestra libertad y nuestro calendario. Pero en verano no hay peros. Todo el mundo puede llevar unos libros en su maleta y dedicarle amaneceres, sobremesas, veladas de montaña y descansos junto a la piscina o el mar. El verano es para no hacer nada. Y la mejor forma de no hacerlo es absorbiendo ideas nuevas, realidades paralelas.

Da igual optar por las recomendaciones best-seller que por libros de autor, por novela que por ensayo, poesía. Todo cabe.

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Lo cierto es que el único prejuicio que con el paso del tiempo no me he podido quitar de encima es el de menospreciar a todas aquellas personas que dicen que no les gusta leer, que no les aporta nada, y que prefieren siempre la versión para cine. Dice muy poco de sus intereses y de su inteligencia emocional. Esa gente nunca puede ver Sálvame Deluxe desde el prisma que lo veo yo, no hablan mi idioma, no pueden ser mis interlocutores favoritos.

He aquí la lista de los 10 libros que más han marcado mis últimos veranos:

1. Corazón tan blanco, de Javier Marías.
2. La mancha humana, de Philip Roth.

3. Las llamadas perdidas, de Manuel Rivas.
4. El psicoanalista, de John Katzenbach.
5. Nada, de Carmen Laforet.
6. Asfixia, de Chuck Palahniuk.
7. El cuerpo y las olas, de Manuel Vicent.

8. De todo lo visible y lo invisible, de Lucía Etxebarria.
9. No mires debajo de la cama, de Juan José Millás.
10. La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Hablando de Sálvame y de literatura, merece mención especial el protagonismo televisivo que está teniendo estos días el personaje de Lucía Etxebarria. Vive un periodo de su vida un tanto convulso, en el que no ha hecho nada mejor que colaborar en programas televisivos de debate político, dejando al margen (o marginando) su producción literaria. Y viene de otro periodo todavía anterior, en el que se marcó un Scarlett Johanson en toda regla (dicen que como autopromoción) y denunció en los platós que se difundieran unas fotos suyas en tetas, o que la gente la llamase gorda por twitter. ¿Qué esperabas, nena?

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El caso es que este año la escritora en declive ha entrado a Campamento de Verano, el reality show más burdo y peor producido de la historia de Telecinco. Y ha admitido en una extensa y farragosa carta publicitada en sus perfiles sociales, que lo hace simplemente por dinero, para acabar con un pufo con la hacienda pública. Al mismo tiempo, asegura que con los 30.000 euros del premio no tiene ni para empezar. Muy mal tiene que haber gestionado sus obligaciones tributarias para acabar así.

Pero no se conforma con poner esa excusa tan insustancial, sino que Lucía encima critica el programa, a los concursantes y todo un modelo de televisión en el que quiere participar. Me gustaría que supiera la ínclita que si tiene tanto talento y alardea de ser la más culta e inteligente del programa, debería demostrarlo escribiendo libros buenos, columnas en prensa de prestigio y blogs inéditos. Con lo otro, lo único que busca es sumarse al carro de los que querríamos vivir del cuento. Que no está mal, oye, Pero que deje atrás ese cinismo, porque nos cae muy mal.

Anoche vi solo una ráfaga del programa, porque llegué muy tarde a casa. Y pude comprobar la inteligencia y habilidad verbal de la escritora de una de mis novelas de verano preferidas. Lucía Etxebarria le decía a una compañera chochoni del campamento: ¿sabes lo que es una tasa judicial? (…) ¿sabes lo que es una tasa judicial? No sabes nada, no has hecho nada en la vida, eres una inútil.

Esa monstruosa repelencia me espantó. Me recordó a aquellos niños petulantes estilo Fidel, que culpábamos a los demás de su ingenua incultura. ¿Sabes quien es Garcilaso de la Vega? ¿Quién escribió La Celestina? ¿En qué siglo se abolió el antiguo régimen? A los tocapelotas de la clase, a los odiados, se nos podía perdonar porque éramos niños. Lo que no tiene sentido es la actitud de esta señora madre, con una trayectoria de éxito y un premio literario nacional. Merece que se lo quiten todo.

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Aprovecho para felicitar el verano a modo de epístola, recomendar muchas lecturas a mi fiel público; aunque sean novelas de Lucía Extebarria, otrora mi escritora favorita y hoy mi personaje televisivo más repudiado. Y esperaré a que llegue el mes de agosto para hacer los mejores planes del mundo en mis dos ciudades favoritas: Benidorm y Londres. Hasta pronto.

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