Escritores de epitafios

Nunca he pretendido ser un coolhunter (porque no tengo esa habilidad) ni un líder de opinión (porque tiendo a relativizar y contradecirme). Tengo muy interiorizado aquello de que pertenezco al bando de los anormales frente a los normales; en el sentido de infrecuente, claro. Me encuentro bien en mi posición innata. No quiero hablar del futuro, hoy prefiero dibujar sobre la memoria de lo que pasó. Admiro a los capaces de poner cada cosa en su lugar dentro de este camposanto donde los mausoleos ocultan la realidad. Soy un escritor de epitafios.

Calavera de David Mach, hecha con cerillas.

De niños todos pensábamos que hoy ya estaríamos viviendo en ciudades del futuro, con coches que sobrevolasen las autopistas y dejasen una estela de humo rosa. El discurso de la realidad nos hace pensar en otros colores más oscuros. Pero Umberto Eco ya diferenciaba entre apocalípticos e integrados, aquellas dos posturas divergentes que yo simplificaría en dos actitudes vitales. Los primeros, quienes ven todo negro tirando hacia el gris, hablan continuamente en tono nostálgico de su propio pasado y en modo conservador y patriota. Los segundos pintan la vida de colores, tienen la excelsa capacidad de frivolizar y se desentienden de las patrias, aun pudiendo mostrarse neocon y liberales según convenga.

Los que visten un armario antiguo, de negro lastimoso, apolillado, aburrido y romántico, frente a los que llevan mucho negro en la maleta y de repente se pueden poner plateados con tachuelas y una camiseta de flamencos rosas. Los que nunca evolucionan y los que cada día se presentan camaleónicos frente a las circunstancias, adaptándose a toda incumbencia. Los que tienen prejuicios frente a todo y pilares infranqueables, frente a quienes se contradicen cada día y apuestan al blanco o al negro, sin medias tintas.

Los que piensan en la muerte como un sacrificio, un testamento y el drama ajeno. Frente a los que piensan que la muerte es la pieza indispensable de la vida, le da sentido y nos obliga a replantear la seriedad con la que nos proponemos cada empresa. Del luto medido, a la ironía y la insurrección glam. Estoy en el segundo grupo, por supuesto.

Me encanta la cultura mejicana, que frivoliza con los cadáveres y con los esqueletos, iconos de una cultura visual que aquí consideraríamos pop. Esas calacas tradicionales son las inspiraciones para una nueva tendencia artística que ilustra la cultura visual del planeta. Tim Burton se fijó en ellas para crear su universo de personajes, empezando por el Jack de Pesadilla Antes de Navidad y acabando por Frankenweenie, a la que ya le dedicaré su merecido momento.

Promo de la última película de Tim Burton.

La joyería ha ampliado últimamente su repertorio de amuletos con cráneos, cada día más cerca de una tendencia inspirada en el rito tribal de los góticos y heavys. Qué lejana queda aquella reivindicación de Iron Maiden y Metallica, tan noventera. Ahora la calavera es sinónimo de cultura de masas y de lujo desmedido, de consumismo frívolo. Damien Hirst divierte con ellas en sus colecciones pictóricas. Alexander McQueen o David Delfín se recrean en ellas para inspirar sus colecciones de moda. Y la última maravilla ha sido esta interpretación calavérica hecha con cerillas, por el artista David Match. Pero la estética skull es un mundo aparte, del que ya hay demasiado escrito. Me quedo aquí, o cavaré mi propia tumba con una lista interminable de referencias.

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