👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Elegir / Efímero

Elegir / Efímero

En una de las primeras clases de Periodismo hablaron del valor de la subjetividad, que inunda todos los soportes y formatos a través de los que accedemos a la información. Si fuéramos objetos, seríamos objetivos; pero nadie lo es. Así, siempre definimos de forma subjetiva la importancia de los temas, desde las portadas de los periódicos hasta el sumario de un podcast. Detrás hay equipos que deciden qué asuntos importan, cuáles nos interpelan y cuáles marcan la línea de aquello que después comentaremos en cafeterías, oficinas o cenas con amigos. Sin pretenderlo, determinan el grado de interés con el que apreciamos las cosas; pero también delimitan, de forma más sutil, qué existe y qué queda fuera de la conversación.

En Japón, algunos medios informan a diario del estado de la floración de los almendros: Hoy los almendros alcanzarán su plenitud y grandes explanadas se teñirán de malva en el territorio: podría ser el inicio de un informativo allí. Aquí, en cambio, los medios de comunicación anuncian la llegada del tiempo de playa —cada vez más temprano— con imágenes de bañistas que parecen invitarnos a hacer el cambio de armario estacional: pantalón corto y sandalias. Llenazo en Benidorm. En Europa destacamos los aeropuertos llenos o el viento que retrasa vuelos; en Estados Unidos, la meteorología se convierte en noticia solo si irrumpe como un fenómeno extremo e incluye catástrofes.

Nombrar es elegir, elegir es fijar. Decir las cosas construye una nomenclatura, un código, un argot compartido. Las comunidades de las zonas polares, los inuit, por ejemplo, disponen de múltiples términos para la nieve según su textura, su caída o su densidad. El blanco deja de ser un color para convertirse en un sistema de matices. Lo mismo ocurre en el interiorismo o el diseño gráfico: ningún color es puro, todo está atravesado por variaciones. Incluso la carta Pantone muta con el tiempo y la exposición a la luz. El color absoluto es una entelequia; lo habitual es trabajar con alteraciones e irregularidades, con contaminaciones mínimas que, sin embargo, lo cambian todo.

También en Japón existe una palabra casi intraducible: komorebi. Sirve para nombrar la luz que se filtra entre los árboles, ese haz que aparece y desaparece entre hojas, a veces durante minutos, a veces apenas un instante. En el ámbito mediterráneo utilizamos otra definición, petricor —del griego—, para referirnos al olor de la lluvia al caer sobre la tierra seca, cuando la humedad despierta lo que parecía dormido en el sustrato de los caminos, los campos y la huerta que rodean las ciudades y que nos permiten vivir.

Estas palabras, además de difíciles de trasladar a otros idiomas, funcionan como poemas minimalistas. Son casi haikus: condensan la belleza del lenguaje, la imposibilidad de dominar la naturaleza y la condición efímera de todo lo que nos rodea. Gracias a ellas, elegimos que ciertas abstractas cosas existan en nuestro lenguaje. Elegimos la belleza como punto de partida para construir un relato común, un espacio compartido por quienes saben reconocerla.

Decía Pol Guasch —uno de mis escritores favoritos, y de quien estoy deseando leer Reliquia, su última novela— que «la poesía tiene la capacidad de hacerte vivir las cosas por primera vez». Añadía que la poesía provoca que ocurran cosas nuevas de manera constante, que las palabras olviden su significado y se desplacen hacia otros territorios. Es una de esas ideas que conectan con la intuición más profunda de la lectura: descubrir, desplazarse, volver a mirar.

Quizá, en el fondo, todo se reduzca a eso: a una cadena de elecciones invisibles. Elegimos qué nombramos, qué observamos, qué decidimos preservar en la memoria. Porque lo efímero no desaparece del todo si alguien lo señala, si alguien lo dice; si alguien lo destaca en su criterio de selección. Y en ese gesto —mínimo y decisivo— hay también una forma de belleza: la de elegir, una y otra vez, lo que consideramos mejor. Elegimos que perdure aquello que merece ser visto, dicho y recordado, aunque solo exista durante un instante.