El domingo, la sala de cine se llenaba con la ilusión de quien entra esperando una revelación: algo nuevo, algo que nos haga ver la vida desde otro ángulo, como ya lo hicieron —en otro tiempo— muchas de las películas de Pedro Almodóvar. Para esta Amarga Navidad me acompañaba Jonas, como en el visionado de las últimas producciones de El Deseo, así como en nuestro último viaje a Lanzarote. Dentro había butacas ocupadas por parejas de chicos, hombres solitarios y grupos de señoras con el tinte reciente, convertidos en parte del ritual social del estreno. Dos horas después, con los títulos de crédito fundidos, salí con una sensación de que antes de opinar, debería medir muy bien las palabras.
Como si todo lo que fuera a decir lo estuviera registrando alguien que, en el futuro, escribiría sobre mí o reinterpretaría estas críticas insignificantes. Un pensamiento casi paranoico —y profundamente metacinematográfico— que no terminó de asentarse hasta recordar algo que escuchábamos unas horas antes en el coche: Esty Quesada en Special People Club decía que «hay que ver también películas horribles». Y es cierto. Igual que hay que leer lo que no nos interesa, mirar obras de arte que no nos parecen bonitas, exponerse a lo incómodo. La imperfección es puro aprendizaje. La asimetría nos entrena, nos afina, nos obliga a posicionarnos y entender otros argumentos.
Porque quizá —y aquí empieza a filtrarse otra capa— la vida no funciona por azar, sino como un guion cuidadosamente dispuesto para colocarnos frente a aquello que no elegiríamos. Por eso, seguramente, Pedro Almodóvar regresa a un territorio reconocible: el metacine con ecos de Los abrazos rotos, exceso de dramaqueen sin complejos, y destellos musicales que rozan lo sublime. Pero es cierto que hay una historia escueta, algo que no termina de encajar.
Lanzarote, con toda su potencia simbólica —blancos, negros volcánicos, turquesas imposibles— queda diluida en interiores impersonales, como casas de alquiler no vividas. Los personajes apuntan alto, el casting promete: Rossy de Palma introduce oxígeno y humor, mientras Milena Smit y Leonardo Sbaraglia sostienen con precisión el nivel de interpretación de cualquier película del genio manchego. Y, aun así, la historia tropieza, irregular, dejando la sensación de que falta una capa previa, una profundidad que nunca termina de reconocerse. Como si hubiéramos llegado a la película tarde.
Metacine: el cine que se mira a sí mismo, que expone su artificio sin romper del todo la ilusión. De Jean-Luc Godard a Michel Gondry, este gesto no destruye el relato, lo hace más complejo. El cine no solo cuenta vidas: las comenta, las repliega, las pone en espejo. En Amarga Navidad, esa doble mirada se activa constantemente: la del personaje y la del espectador, la de quien crea y la de quien interpreta. La ficción deja de ser representación para convertirse en un pliegue de la realidad. Y es ahí donde aparece la casualidad.
Siempre he pensado que nada es realmente casual: cada encuentro, cada giro, cada momento sorprendente que vivimos parece guiado por un autor invisible, un creador cuya entidad nadie conoce. En las películas de Woody Allen casi todas las secuencias dramáticas se desencadenan a partir de una casualidad increíble. Como en Match Point, en aquella escena mágica en la que un anillo lanzado al río rebota en una barandilla y, por puro azar, no cae donde debería. En Allen, las casualidades son más que un recurso de guion: son una estructura moral del relato y, por extensión, de la vida.

La vida es un festival de ficción, y la escenografía que nos rodea —paredes, calles, barras de bar— es increíblemente frágil. Lo que creemos azar es, en realidad, un efecto existencial cuidadosamente dispuesto. Somos títeres de un guion predeterminado, pero con la ilusión de improvisar; cada gesto es un ensayo, cada dolor, un efecto calculado, cada alegría, una nota en la banda sonora de un relato que no nos pertenece, aunque nos atraviese.
La metamúsica se vuelve central. No es solo banda sonora: es otro nivel de narración. Un acorde puede contradecir un diálogo o ayudar a entenderlo; una canción puede transformar la emoción o acentuarla. La música nos recuerda que estamos dentro de una escena. En Amarga Navidad, la combinación de canciones y silencios genera un efecto de bucle: no sabemos si estamos viviendo nuestras emociones o si las estamos interpretando. La Llorona, de Chavela, suena con tal intensidad emocional que es inevitable caer. La versión de Amaia de Las simples cosas nos hace entender cada verso como un espejo para llorar.
Y ahí es donde la película, aunque fallida, toca también lo existencial: entramos en capas, en niveles de ficción que se superponen, y nos preguntamos si la vida es un escenario, si las coincidencias que creemos azarosas son, en realidad, pruebas diseñadas para medir nuestra voluntad de resistir. Todo está orquestado por un guionista que puede ser cruel o generoso, que juega con la escenografía y con nosotros como si fuéramos piezas de un tablero de ajedrez. La magia y el terror pasan por reconocer, por saber que, aunque todo parezca improvisado, nada lo es. Estamos viviendo lo que tenemos que vivir, diseñado para que lo disfrutemos y lo suframos con toda la intensidad. La belleza, dicen, es eso.

