👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Verdad / Imaginación

Mentir tiene algo de arquitectura narrativa. No es solo ocultar algo: es construir una versión alternativa de los hechos y sostenerla con pequeños detalles, gestos y silencios. Como si la vida fuese una historia que editamos sobre la marcha (¿acaso no lo es?). He escrito varias veces sobre la verdad y casi siempre concluyo con la misma rotundidad: la única verdad es que todo es mentira. Porque verdades tenemos todos: yo la mía, tú la tuya, y quien nos observa tiene la suya, construida a partir de sus prejuicios, de su educación observacional y de su forma de interpretar lo que ve.

Algunos románticos dicen que la única verdad es el amor. Sin embargo, a lo largo de la historia se ha pensado muchas veces que la única verdad es la ciencia. Pero incluso la verificación empírica tiene fecha de caducidad, porque todo evoluciona. Lo que ayer era blanco o negro hoy se despliega en un espectro de grises que empezamos a identificar y nombrar, y dentro de un siglo quizá resulte imperceptible en una escala mucho más compleja. Las verdades que hoy proclamamos como definitivas duran apenas unos microsegundos en el metaverso del tiempo. Sirven, sobre todo, para recordarnos que la única verdad estable es la que se intuye y se siente en este momento, sustentada en frágiles pilares de datos.

Las mentiras, en cambio, funcionan como fachadas impecables para sostener la realidad que queremos proyectar. En ese sistema, una verdad ocultada duele cuando finalmente se reconoce; una mentira descubierta, en cambio, suele quedar reducida a un mero accidente. Y para que las ficciones se sostengan no hace falta siempre una gran mentira. Muchas veces basta con algo más sutil: el silencio.

Mucha gente miente de la forma más elegante posible, callando. Silenciar es no contar lo que piensas o lo que haces, esquivar cualquier conversación que pueda alterar un vínculo, modificarlo o romperlo. Si os fijáis, media humanidad paga a detectives para descubrir una verdad; la otra media paga abogados, coartadas o trampas para ocultarla.

Ahí es donde las mentiras empiezan a comportarse como relatos completos, con su propia escenografía. Por eso Pinocho sigue funcionando como una metáfora sorprendentemente adulta. En el fondo, la historia no trata sobre una nariz que crece cuando se miente, sino sobre la imposibilidad de controlar las consecuencias de una ficción sostenida demasiado tiempo. Cada mentira construye su propio decorado, y llega un momento en que el personaje queda atrapado dentro de él.

La cultura contemporánea está llena de esas ficciones que retratan la realidad imperfecta. La serie Big Little Lies explicó muy bien esa grandilocuencia de cartón piedra, de falsedades en competencia: casas luminosas, colegios impecables, desayunos frente al mar, bajo los que se esconden historias que ninguna madre perfecta se atrevía a pronunciar en voz alta. Un universo mentiroso que también aparece en todas las temporadas de The White Lotus; qué serie más realista, pese a la esquizofrenia satírica que provoca.

El personaje de Celeste Wright, en la primera referencia, interpretado por Nicole Kidman, es quizás el retrato más incómodo de esa lógica. Desde fuera encarna el ideal contemporáneo: éxito, belleza, estabilidad. Pero su vida privada está atravesada por una violencia que solo puede mantenerse mientras el relato público siga intacto. La serie no trata tanto de descubrir la verdad como de mostrar lo difícil que es admitirla incluso cuando ya la conocemos.

Antonio Escohotado escribió alguna vez que la mentira necesita memoria; la verdad no. Y ahí está el problema. Mantener una ficción exige una logística mental enorme: recordar qué dijimos, qué versión contamos, qué silencios dejamos caer para que todo siga pareciendo coherente. La verdad, en cambio, tiene la brutalidad de lo simple: no requiere adornos, ni detalles, ni explicaciones.

Tal vez por eso recurrimos tanto a la imaginación. La imaginación es una herramienta extraordinaria para anticipar futuros, suavizar recuerdos e inventar explicaciones cuando algo no encaja. Quizá lo más difícil de todo no es descubrir la verdad, sino reconocer que llevaba mucho tiempo delante de nosotros, escondida en la potencia infinita de nuestra imaginación.