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Bugonia / Sátira

Bugonia / Sátira

El cine de Lanthimos servirá en el futuro para teorizar sobre la postverdad y el posthumanismo

Decir que Yorgos Lanthimos es un director peculiar ya no sorprende a nadie. Desde hace años dinamita los códigos del relato convencional con fábulas tan surrealistas como incómodas, pensadas para interrogar a una sociedad obsesionada con encajar en lo normativo y reproducir un canon de éxito cada vez más alineado con la maldita costumbre. En The Lobster (2015) llevó ese gesto al extremo: una exaltación del cinismo para señalar que la soltería es una condición socialmente inasumible, castigada con una condena tan absurda como terrorífica —convertirse en animal— si no se encuentra pareja con quien compartir rutinas y sanvalentines.

Más recientemente, Poor Things volvió a perturbarnos con una distopía en la que el empoderamiento femenino solo parece posible mediante un recambio cerebral. Lanthimos firmaba allí una lección de ironía incómoda que forzaba al espectador a posicionarse frente a determinadas lecturas del feminismo contemporáneo. La libertad femenina se presenta como experiencia atravesada por el dolor, el aprendizaje y el cuerpo, en tensión directa con la hipersexualización. Hasta el punto de que el propio Lanthimos parece asumir el rol —y el riesgo— que tradicionalmente se le exigiría a una directora comprometida.

Bugonia (2025) vuelve a romper esquemas al reinventar la parodia en plena era de la postverdad, la artificialidad y el negacionismo climático. Se trata de un remake de la coreana ¡Salva el planeta verde! (2003), que parte también de un secuestro motivado por la sospecha de una conspiración alienígena está destinada a destruir la Tierra. Aquí, Emma Stone encarna a la presunta extraterrestre desde una ambigüedad absoluta, sembrando dudas constantes sobre su condición humana.

Su personaje, Michelle, se expresa casi exclusivamente a través de un lenguaje corporativo, técnico y aparentemente empático: el mismo que utilizamos en correos electrónicos desde la irrupción de la inteligencia emocional aplicada a la empresa, o el que leemos a diario en bots de atención al cliente y comunicaciones comerciales. Esta forma de hablar no es un simple recurso estilístico, sino el núcleo del discurso del filme: Michelle es tan inmensamente rica y está tan desconectada de la realidad vital de sus trabajadores que, a ojos de sus captores, resulta perfectamente verosímil que no sea humana.

Ella misma lo verbaliza sin pudor ante quienes la retienen: “Soy una ejecutiva corporativa de alto perfil. Soy crucial, dicho sea con toda humildad”. Una frase que podría pronunciar una androide de Terminator, reinterpretada aquí por el prisma cruel y satírico de Lanthimos. El efecto es inmediato: la empatía se bloquea y la duda se instala. ¿Estamos ante una mujer o ante algo que simplemente performa la humanidad?

La pregunta trasciende inevitablemente la ficción. ¿Cuántas veces al día dudamos ya de si lo que vemos, leemos o escuchamos proviene de una inteligencia artificial o de una conciencia humana? El desenlace de Bugonia se mantiene deliberadamente ambiguo, permitiendo al menos dos lecturas. La más directa sugiere que Michelle es realmente una alienígena y que Teddy, su captor, pese a su torpeza y comportamiento errático, tenía razón. Una interpretación que abre un debate incómodo sobre el éxito, el fracaso y la posición de clase en el capitalismo.

Pero existe una segunda lectura, quizá más perturbadora: Michelle no es un ser de otro planeta, sino el producto extremo de un sistema que ha vaciado el lenguaje de afecto real y lo ha sustituido por protocolos, métricas y simulaciones de empatía. En ese sentido, Bugonia no pregunta tanto si ella es humana, sino cuánto de humanidad estamos dispuestos a sacrificar para seguir funcionando en el sistema.

La moraleja medioambiental de la película tampoco debería pasarse por alto. Bugonia opera como una metáfora explícita del colapso climático y de la responsabilidad humana en su aceleración. Aquí no hay héroes: somos los culpables, una especie dañina cuya eliminación se plantea como única solución viable. Desde esa lógica —que se expone sin disimulo— los alienígenas asumen la tarea de proteger la Tierra mediante una cúpula que la preserve intacta, permitiendo que la naturaleza, las abejas y los ciclos vitales se regeneren de nuevo frente a la aceleradora destructiva que tenemos activa hoy.

Una fantasía misantrópica que, en manos de Lanthimos, deja de parecer extrema para convertirse en una pregunta incómodamente plausible: ¿y si el problema no es la invasión, sino nosotros mismos?