👨🏻‍🚀 Periodista desde otra dimensión

Atención / Fuga

Atención / Fuga

Entrenar la mirada y huir de las sombras

El otro día hablaba con un amigo de que quizá la verdadera trend de 2026 —algo de lo que empezamos a leer cada vez más— no tenga que ver con una app ni con una moda concreta, sino con la necesidad de volver a lo físico. A lo presencial. A mirar a los ojos a quien te habla. A dejar el móvil en un cajón mientras te tomas un café o una copa de vino. Vivimos un momento social y tecnológico que nos ha instalado, por defecto, en la ansiedad. Ansiedad por no estar al día de todo, todo el tiempo conectados; por no responder una notificación al instante; por no devolver una llamada en cinco minutos; ansiedad por llegar tarde incluso a aquello que nos ilusiona; ansiedad por mantener el nivel de interés sobre las personas, las aficiones, las cosas.

Prestar atención hoy es casi un gesto contracultural. No porque implique aislarse del mundo, sino porque exige decidir a qué regalarle unos segundos más de nuestra mirada, dónde quedarse un rato o en qué actividad —aparentemente vacua— recrearse. Recreo, precisamente, es una de mis nuevas palabras favoritas, porque conecta directamente con los placeres más primarios de la infancia: el tiempo liberado de lo imperativo.

Vivimos rodeados de estímulos, pero cada vez observamos menos. Los bancos de los museos, colocados estratégicamente para sentarse a mirar, suelen estar vacíos. Y cuando encuentras a alguien sentado, en lugar de mirar al frente, está mirando hacia ese espejo negro que lo absorbe todo. La atención se ha convertido en un territorio frágil, colonizado por alertas que antes significaban urgencia y ahora solo dicen “hola”. Vivimos con la sensación de que el tiempo es anecdótico, de que no hace falta reservarlo porque lo importante siempre es lo siguiente: la nueva cita, la noticia publicada hace 35 minutos. No queda espacio para recrearte en lo que está pasando. Frente a la saturación, la fuga aparece como necesidad: huir, desaparecer del mundo por un rato.

He sentido recientemente esa necesidad de desaparecer. Cuando una situación —o la suma de varias— te sobrepasa, a veces lo más saludable es hacer blackout: apagar conexiones, desactivar vínculos, dejarse llevar únicamente por lo propio. La escucha, el paseo, la respiración, la lectura consciente, la observación de obras de arte, escuchar canciones con verdadera atención. Y funciona muy bien. Darle valor al tiempo gastado y disfrutado. Entender que los sábados y domingos no son un reloj de arena, sino un regalo de tiempo extra para dosificar pequeños placeres, hedonismo galopante.

Quizá el motivo por el que nunca he sentido la necesidad de ir a terapia psicológica es porque me gusta leer, analizar y compartir lo que pienso y lo que siento. Decir las cosas también es una forma de observación, un ejercicio de reciprocidad que alimenta la atención. Solo cuando me he sentido sin interlocutor, o cuando me ha tocado escucharme en soledad absoluta, me he asomado al vacío. Los amigos —los de verdad— son un centro de gravedad permanente, un pilar esencial para resistir cualquier terremoto.

Cuando la dispersión y la desatención persisten, el cerebro necesita descanso real. Comidas sin pantallas. Paseos sin auriculares. Tiempo dedicado a la naturaleza: la playa y el mar. Espacios donde no haya nada que sacrificar, ni capitalizar, ni medir. El tiempo como único lujo, el silencio como elección, un lienzo en blanco para imaginar. Descansar no es una opción, es un imperativo ante una mirada desconcentrada y una mente agotada. Y desde ese lugar —solo desde ahí— la atención puede volver a entrenarse. Comprobado.