Discos / 2025

1. LUX / Rosalía

Dramática melomanía; LUX solo se puede entender desde el plano más íntimo, personalista, y casi religioso. Me dejó una cicatriz y cerró una herida. La primera escucha, atrapado en un atasco, me sumió en un trance; la segunda, en casa, ya sin contención, confirmó la intensidad del disco. Días antes había secado las lágrimas que me provocó Berghain, esa pieza en tres actos que va del barroco italiano a la experimentación, del mensaje divino de Björk al rap más terrenal, con un grito abrupto y demoledor: te follaré hasta que me ames.

Rosalía ya era una artista absoluta: en Los Ángeles recorrió un mapa flamenco que nos acercó al género con curiosidad y respeto; en El Mal Querer lo expandió con R&B y electrónica de vanguardia; y en Motomami mezcló argot americano, humor, vulnerabilidad y una fusión feroz de estilos que sobrepasó el trap y el reguetón, construyendo una estética radicalmente contemporánea. Del flamenco al bolero, del reguetón al rap, consolidó una identidad expansiva, capaz de hablar del despecho y del amor romántico, pero también de autodefinición y empoderamiento feminista.

LUX funciona ahora como un giro de guion hacia lo divino: una apuesta maximalista, un encuentro entre siglos y modos de entender la música. Y lo más impresionante es que, más allá del marketing, se ha convertido en un fenómeno capaz de reconciliar en cuestión de horas al público mainstream con la crítica especializada y con los que van tres pasos por delante de lo popular. Un disco redondo, para escucharlo de una sentada, que confirma a Rosalía como creadora de una música nueva y sin miedo a romper moldes.

2. Deadbeat / Tame Impala

Deadbeat es, sin duda, el disco más redondo de Tame Impala hasta la fecha, justo cuando la banda australiana de rock psicodélico liderada por Kevin Parker completa su coqueteo in crescendo con los sonidos electrónicos. Parker sigue obsesionado con letras sobre el desengaño, pero ahora explora una melancolía bailable que se siente en cada pista, desde la contundencia de Loser y Dracula hasta la nu-disco inmediata de Afterthought. La producción es nítida hasta el extremo: sintetizadores que priorizan atmósferas, bajos que golpean con ritmo frenético y una voz que flota, cercana al noise, acompañada de percusiones contundentes; un buen golpe de bombo.

Aunque Deadbeat no sea estrictamente un disco de electrónica, canciones como la muy Jamie xx Not My World dialogan con el trabajo anterior de la banda y dan un salto hacia delante. Sin embargo, las pistas con más personalidad marcan la diferencia: la inicial My Old Ways, una odisea deep-house construida sobre un loop de piano; o No Reply, house sudafricano filtrado por la sensibilidad psicodélica de Parker. La producción demuestra que, incluso entre capas y texturas complejas, el disco combina introspección y movimiento. Tame Impala se colocan en mi podium particular como los arquitectos del mejor pop-rock psicodélico contemporáneo.

3. Spanish Leather / Guitarricadelafuente

Este disco fue como un paseo al borde del Mediterráneo al atardecer, desde su Benicàssim. Cada acorde de guitarra es una caricia: nostalgia y el deseo, susurros, plegarias, lamentos. El álbum se mueve con la calma de quien sale de un letargo o de una situación oscura y empieza a descubrir nuevos sonidos brillantes. Así, flamenco, folk y pop se entrelazan con naturalidad, dejando que cada canción respire por sí misma. Unas letras muy poéticas, con mucha metáfora, que no renuncian a generar estribillos con gancho, como los de Full time papi, oPipe dream.

Hay un lirismo íntimo en las letras, que parecen diarios de viaje, confesiones a media luz o cartas que nunca se enviaron, y en esa vulnerabilidad reside su fuerza. Spanish Leather no busca el impacto inmediato: su belleza se revela con paciencia, como el reflejo dorado del sol sobre el agua. Guitarricadelafuente logra aquí un equilibrio casi imposible: ser moderno y clásico a la vez, accesible y profundamente poético. Un disco que se escucha despacio, como quien se toma el tiempo de mirar el mundo con los ojos del corazón.

4. West End Girl / Lily Allen

West End Girl parece surgir por impulso: Allen escribió y grabó las 14 canciones del álbum en apenas diez días, tras el abrupto final de su matrimonio. Lo remató entre Los Ángeles, Nueva York y Londres, con distintos productores. A la desesperada. Esa urgencia creativa se percibe en cada tramo del disco, que vibra entre la intensidad de una ruptura y el proceso de reconstrucción personal. La producción abraza el pop con sutileza, combinando momentos de despecho, gestos de ironía y cortes que despliegan escenas íntimas con mucha metáfora. Se confirma así a Allen como una de las voces más originales y expresivas del pop británico actual, tras seis años de silencio discográfico.

West End Girl se convierte en un relato sensacionalista y lineal sobre la disolución de su matrimonio. Muchos han interpretado el disco como una confesión sobre su relación con el actor David Harbour, algo que Allen ha alimentado con cuidado, advirtiendo que muchas de las cosas que cuentan las canciones no son ciertas. A lo largo del álbum, escribe con franqueza sobre la infidelidad, su refugio en el alcohol y los medicamentos, y las dificultades para iniciar una relación abierta. Mapeo de las relaciones contemporáneas en versión cruda.

5. Jesucrista Supertar / Rigoberta Bandini

Fue uno de los directos que más disfruté este año. Jesucrista Superstar es el templo pop donde Rigoberta Bandini transforma lo épico y lo romántico en un espectáculo musical lleno de sensaciones y matices: desde la alegría vibrante de Busco un centro de gravedad permanente hasta el homenaje feminista de Pamela Anderson. Sintetizadores que arden, percusiones rituales y una voz solemne crean un paisaje sonoro único. Bandini es una cantautora de manual: y aquí mezcla referencias religiosas, queer y cultura pop con naturalidad, construyendo un estilo fresco donde la grandilocuencia y lo íntimo conviven sin esfuerzo. Es un disco que se escucha con el corazón en vilo y los pies listos para bailar. Y Si muriera mañana no deja otra opción que abrazar la vida, dejarse arrastrar por la música y despertar cada día con un poco más de optimismo.

6. Mayhem / Lady Gaga

Mayhem es Lady Gaga sin filtros: un disco donde la vulnerabilidad y el empoderamiento conviven de forma natural, mezclando electro‑grunge, dance y toques de disco y house. Los sintetizadores recuerdan a su época de The Fame, pero ahora los beats son más grandes y envolventes, y cada canción se siente como un pequeño espectáculo por sí misma. En los conciertos parece que esa sensación se multiplica: la escenografía es casi operística.

Las letras siguen jugando con la fama, la identidad y el exceso, desde la mordacidad de Perfect Celebrity hasta la euforia de Abracadabra y Disease. Mayhem es un disco muy completo, bailable hasta el éxtasis y ambicioso: Gaga sigue siendo la diva del art-pop capaz de transformar cualquier exceso en algo que se escucha, se siente y se disfruta a lo grande. Me quedé con ganas de ver el directo.

7. I Barely Know Her / sombr

Es alucinante cómo este cantante, compositor y productor neoyorkino, Shane Michael Boose, ha surgido prácticamente de la nada para convertirse en una de las sorpresas más inesperadas del año, llegando incluso a colarse en las listas de Billboard. Bajo el alias de sombr, construye un pop melancólico y nocturno que bebe del bedroom pop, el indie y cierta sensibilidad alternativa muy generacional. A mí, inevitablemente, me recuerda a Bowie por su estilo impecable sobre el escenario, esa gesticulación afectada y una de las siluetas más bonitas del nuevo pop.

I Barely Know Her destaca por su honestidad: guitarras suaves, bases contenidas y una voz frágil que parece grabada a medianoche, en una habitación a oscuras. Las canciones hablan de relaciones difusas, de vínculos que no llegan a definirse y de una tristeza cotidiana que resulta extrañamente cercana. Sin grandes artificios, sombr logra conectar desde la sencillez, demostrando que a veces basta una buena canción y una emoción bien contada para dejar huella. Back to friends me ha marcado hasta la obsesión.

8. Paradís / Júlia Colom

Resulta sorprendente la madurez con la que Júlia Colom, mallorquina y con apenas un año y medio de trayectoria musical, firma un debut tan sólido y de una producción extraordinaria. Paradís bebe del folclore balear para hablar desde el presente, con una voz serena que parece anclada a la tierra pero atenta al pulso emocional de su generación. No hay artificio ni prisa: las canciones avanzan despacio, dejando que el silencio, la tradición y la emoción hagan su trabajo.

Aunque Colom confesó que temía hacer un disco excesivamente apolítico, pronto entendió que detrás de temas como Sa nit i es dia, T’he cercat o Una illa per tu i jo se escondía algo más profundo: un estado emocional compartido, difícil de explicar, pero absolutamente vigente. Paradís habla de identidad, de pertenencia y de afectos atravesados por el contexto social sin necesidad de proclamas explícitas. Un disco íntimo y tremendamente bonito.

9. Moisturizer / Wet Leg

Las británicas Wet Leg siguen perfeccionando un estilo muy reconocible en su segundo disco, apoyándose en grooves y riffs pensados para ser repetidos en bucle. El dúo continúa rindiendo homenaje a Pixies y The Breeders desde un pop anguloso, pero aquí canaliza una energía más pulida: guitarras que se mueven entre el post-punk y el pop, un bajo con querencia funk y unos arreglos tan originales como divertidos, capaces de abrazar el caos.

Tiene canciones muy tiernas como la balada fantasmagórica 11:21, que muestran una nueva amplitud emocional. Evocan ecos noventeros de Fiona Apple o Björk, deslizándose entre melodías delicadas, ideales para ser tarareadas en el coche. Resulta casi vertiginoso que una banda nacida poco antes de la pandemia haya llegado tan alto en tan poco tiempo, y lo haya hecho creando algo que suena fresco, propio y sorprendentemente maduro.

10. Kintsugi – Fragrance

Kintsugi toma su nombre del arte japonés de reparar con oro lo que se ha roto, y eso es exactamente lo que propone este disco: no esconder las grietas, sino hacerlas visibles. Detrás del proyecto está Matthieu Roche, productor y compositor de París, que convierte la fragilidad del post-punk en punto de partida hacia el electropop.

Me han fascinado algunas de sus canciones y la mayoría de sus arreglos. Las ocho pistas (menos de media hora de album) avanzan con sintetizadores suaves, que suenan a nuevo. La voz, en un tono monótono, recuerda al influjo del italodisco. Todo flota en una atmósfera extraña, tendente a la instrumentalidad de la electrónica, como un cielo tras una tormenta. Kintsugi no va de arreglarlo todo, sino de aprender a vivir con lo que se rompió. Tendríamos que hacer un poco de kintsugi con nuestras relaciones y nuestras vidas; nos iría mejor.