Entre hallazgos, novedades y rarezas, estos siete libros que más han marcado mi año.

1. El loco dios en el fin del mundo, de Javier Cercas
Cercas me ha marcado más que nunca. Vuelve a moverse en su territorio favorito: la frontera borrosa entre memoria, poder y mitos. El libro no tiene género: no es novela, pero tampoco una crónica periodística. La verdad se funde con la imaginación, como en la vida. Avanza entre ideas, escenas y obsesiones con naturalidad. La entrevista —o conversación personal— con el Papa Francisco durante su viaje a Mongolia en 2023 no pasaría de mera anécdota si Cercas no le diera la relevancia y la profundidad: la transforma en un espejo inesperado sobre la moral, la política, la fe y la fragilidad de las certezas. No es un libro estrictamente narrativo, ni ensayístico, ni mucho menos filosófico: es un mapa de dudas, un diario de argumentos que se hacen y se deshacen. Es como leer una grieta.
2. Despejado, de Carrys Davies
Una especie de ensayo-meteorología emocional ante fenómenos adversos: una historia situada en una isla remota de Escocia en la década de 1840, durante las Clearances que expulsaron a comunidades enteras de sus tierras, lo que se despliega aquí es una gramática afectiva hecha de bruma, silencio y desposesión. El clima es en sí un personaje, funciona como un lenguaje que filtra lo que sienten sus habitantes: un cielo encapotado que insiste, una humedad que parece escribir sobre la piel aquello que cuesta decir en voz alta. Davies es una excelente escritora, emocional y elocuente al narrar el encuentro entre dos personas completamente opuestas en una sociedad que las cuestiona.
3. La península de las casas vacías, de David Uclés
Hay libros que no se entienden del todo tras una primera lectura; este es uno. Uclés toma la guerra civil —territorio minado— y la retuerce hacia un humor absurdo. Lo que propone es un paisaje desfondado, poblado de voces que entran y salen como si fueran relecturas de una memoria desvanecida. La estructura genera esa sensación de estar hojeando un álbum familiar. Lo lees con desconcierto, sí, y se te va a quedar incrustado durante días como un conflicto que no ha terminado. Es de una sensibilidad que desafía la retórica, desmonta muchas ideas y las convierte en un punto de fuga.
4. Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel
Leí a Lemebel en mis primeros días de vacaciones, por recomendación de mi librero de barrio. Y no puedo estar más agradecido. Esta novela tan desconocida sigue siendo uno de los grandes gestos de la literatura queer latinoamericana: una historia de amor ridícula y sublime entre una travesti enamorada y un militante revolucionario, escrita con una lengua que arde en deseo, extrapolando ideologías políticas a través del argot chileno y las expresiones de la época. Una historia de amor en el Santiago del ’86, el año del atentado a Pinochet. Y qué maravilla de historia, y de poesía. Lo terminé con una mezcla rara de alegría y lágrimas porque es extremadamente tierno. Pocos libros capturan así la fragilidad de las identidades disidentes.
5. Atracón, de Douglas Coupland
Coupland sigue obsesionado con lo mismo que lo hizo célebre: la deriva emocional de las generaciones criadas en la cultura pop y la hiperconectividad. Y cada vez se acerca más a los conflictos de la Generación Z, sin pretenderlo. Aquí vuelve a sus temas, pero con un humor aún más oscuro y un desencanto hacia todos los ítems de la cultura actual. Leerlo es reencontrarte con el autor de Generación X: esa mezcla de ironía, crítica política, cuestionamiento del individualismo y agujeros existenciales que lo convirtieron en una brújula generacional.
6. El cuaderno dorado, de Doris Lessing
Un clásico que sorprende por su modernidad feroz. Lessing disecciona la vida de una escritora atravesada por la política, la creación y el deseo, pero lo hace rompiendo la forma, fragmentando la narración hasta convertirla en una especie de archivo emocional que late, que se contradice. Es un libro exigente, pero también un espejo incómodo: te muestra todo lo que preferirías no pensar.
7. La estrella de la mañana, de Karl Ove Knausgård
Knausgård abandona la autoficción pura para adentrarse en una novela que respira como un fenómeno atmosférico: lenta, expansiva, llena de presagios. Desde el realismo mágico, lo arbitrario parece cotidiano hasta que deja de ser creible. Su prosa —minuciosa, observadora, casi hipnótica— convierte lo más trivial en una sacudida metafísica. Es un libro largo, sí, pero no sobra ni una página.
