Iconos / Diane Keaton

La muerte de Diane Keaton —la pasada semana— dejó la sensación de que nunca llegó a ser anciana, como lo han sido la mayoría de grandes actrices de Hollywood. Probablemente porque vivía en un limbo cultural donde la edad no tenía límites, sino que añadía capas y más capas de estilo. Antes de convertirse en esa estrella sofisticada con Annie Hall ya había hecho ruido en El Padrino, pero fue aquella comedia de ese humor tan complejo de Woody Allen la que la convirtió en mito cinematográfico y portavoz oficial de una generación de mujeres que se acercaron a la intelectualidad urbana.

La revelación llegó en una escena tan simple como inolvidable: después de un partido de tenis, Annie aparece con un sombrero de ala ancha, pantalones caqui y un chaleco oversize del que asoma una corbata. Ese primer diálogo con Alvy Singer lo resume todo: una mezcla única de pijerío bohemio, rollo “me puse lo primero que encontré” y una naturalidad que en encadilaba en gran pantalla. Cada una de sus apariciones en la película hoy serían carne de meme.

Keaton no solo interpretó a Annie: la definió. Junto a Ruth Morley y Ralph Lauren creó el canon de la mujer culta neoyorquina: androginia chic, ironía poderosa y un look icónico basado en chalecos y sombreros. Sería un poco la herencia de Coco Chanel en el cine del siglo XX. Su estética se impuso: los 70 la lanzaron, los 80 la exageraron, los 90 la convirtieron en referente femenino y los 2000 demostraron que su halo no tenía fecha de caducidad.

Su influencia fue tan reconocible que Hollywood empezó a bromear con ella. En Splash (Ron Howard, 1984), Daryl Hannah —una sirena perdida en Manhattan— se prueba un traje masculino del armario de Tom Hanks: chaqueta negra, camisa blanca, corbata escolar y zapatos derby. La dependienta entra en pánico: “Oh my God, darling, darling, darling! That outfit is to die from! What happened, you saw Annie Hall a hundred times? That look is over.” Si una sirena se podía disfrazar de Keaton porque su estilo ya era oficialmente un idioma universal.

También conquistó la comedia cuando se soltabala melena por completo: en Baby, tú vales mucho ofreció una especie de Carmen Maura americana. Y en El club de las primeras esposas formó un trío legendario con Bette Midler y Goldie Hawn, poniendo en jaque a los exes y construyendo un nuevo estereotipo de mujer madura.

Quizá por eso su ausencia desconcierta: Keaton no fue solo una actriz, sino un código visual, de estilo, y una actitud ante la vida. Un humor seco, un armario eterno, una forma de mirar el mundo desde debajo de un sombrero. Y su estilo seguirá apareciendo década tras década, como si aún estuviera caminando —con paso rápido y toque boho— por las calles de Manhattan.