La culpable no fue Julieta

Antes de escribir este post he googleado “Carlos Boyero” + “Julieta” para echarme unas risas y corroborar que tanto su opinión (tan negativa), como la mía (tan positiva), no tienen ningún valor. Que Almodóvar haya hecho una maravilla de película como Julieta (10/10) es motivo suficiente para que necesitéis leer mi opinión de mierda, como dirían Los Punsetes. La mía, la tuya y la de todos.

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Julieta deja helado y extraño, con una sensación casi reconfortante de un dolor ajeno, una herida calmante muy difícil de describir. Es una película que te ayuda a banalizar sobre la psicología pragmática; te obliga a culpabilizar y luego te cuestiona que lo hayas hecho. Y también demuestra que existe eso que algunos llaman karma y la experiencia nos pone en bandeja todos los días: los malos comportamientos siempre se vuelven contra quienes los cometemos.

«Ya no me queda nada. Tu ausencia llena mi vida por completo y la destruye». «Cada uno tiene lo que merece». Son frases de guión, puñetazos de dolor que pasan por la mente de la protagonista. Podrían ser dos lemas para abrir debate en torno a Julieta.

Almodóvar lo llama “drama seco” porque ni siquiera hay momento para las lágrimas, para el abatimiento. Por no haber, parece que no haya ni música, pero la hay: del genial Alberto Iglesias. Tampoco parece que haya en este caso un discurso de género y reivindicación de orientación sexual, pero también lo hay. Una historia de amistad entre las niñas protagonistas y una repentina e inexplicable ruptura en la adolescencia esconden un tipo de amor temprano muy habitual en los colegios. También se cuela de forma implícita la iglesia católica para exponer algunos pilares de su moral y añadir dosis de dolor.

La infidelidad. Es uno de los ejes temáticos clave en toda la filmografía de Almodóvar y de tantos otros genios, como Woody Allen. Aquí ocupa un papel importante, porque se reproduce la situación de pareja alterada por un papel secundario que dedica su vida al arte y arrebata la confianza. «Entre Ava y yo nunca hubo nada; solo follamos» es la expresión con la que el protagonista masculino describe su increíble implicación en esa historia. Nos está mintiendo. Inevitable recordar ahí el juego de roles femeninos de Vicky Cristina Barcelona, con el arte también de por medio.

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El arte ocupa un papel más relevante de lo habitual. La silueta del atractivo Daniel Grao se reproduce de forma simbólica en una pieza que Miquel Navarro modeló hace décadas, un hombrecillo de barro geometrizante y fálico, que protagoniza muchos planos de la película, desde los títulos de crédito hasta algunos planos de tremenda soledad. En otro momento, un cuadro abstracto blanco y negro, como rasgado en dos, sirve para enmarcar el rostro desencajado de Adriana Ugarte a punto de comunicar la tragedia a su hija. El arte, siempre al servicio del drama.

Toda la trama se desarrolla en búsqueda de respuestas a esas preguntas iniciales sobre culpabilidad, sobre sufrimiento por la ausencia y el rechazo de un ser querido. Pero nada tendría sentido sin la secuencia de despedida, acompañada por música, esa sí, en la que vibra en off el texto de la carta con la que la hija pide perdón a su madre por algo que ha hecho tremendamente mal y la vida se lo ha devuelto. Y ahí el drama seco se convierte en drama de verdad; y por fin podemos respirar, llorar, y vivir tranquilos. Los ciclos siempre se repiten.

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