Estrella negra, estrella eterna

El pasado domingo me acosté a una hora inusualmente temprana. No tenía sueño y hojeaba revistas de música. Entre ellas, el número especial de la MOJO que compré en mi última visita a Londres, el Tentaciones de El País, la Rolling Stone. Todas ellas reproducían en su portada imágenes icónicas de David Bowie, aprovechando la promoción de su álbum Black Star.

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Me quedé dormido con las revistas encima del edredón y desperté repentinamente a media noche, algo que últimamente, por desgracia, me ocurre con frecuencia. Al hacer el primer chequeo de redes sociales me topé con la noticia: Bowie acababa de morir. No es la primera vez que me pasa algo parecido y cada vez que ocurre me golpea las entrañas una sensación inexplicable. Ya no puedo creer en las casualidades. El destino está escrito y existen ondas encriptadas que lo retransmiten en diferido.

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Diseño homenaje de Artem Gorchakov.

Decía en el post anterior que Black Star es para mí uno de los discos más bonitos de la historia del pop. Las melodías son clásicas, pero suenan radiantes, novedosas y efectistas, para iluminarnos de vida y contagiarnos un desazón interesante hacia el drama. Sus letras son verdades como puños, que nos acercan a la soledad, al individualismo, al amor verdadero y a la muerte. Nunca sabremos de quién estuvo enamorado Bowie, porque su vida ha sido un caso de ambigüedad desconcertante.

Bowie descubrió su enfermedad el mismo verano que decidió meterse en el estudio de Nueva York con sus habituales colaboradores y trabajar a destajo para publicar el tremendo The Next Day. En aquel penúltimo disco ya nos daba pistas de que viajaba en otra dimesión, en un mundo ajeno a nuestras emociones. Es inevitable pensar que planificó en ese momento su despedida. Un genio de su talla dejaría todo bien atado para que la promoción de Black Star sirviese de celebración inmensa de su cumpleaños y al mismo tiempo su segura despedida.

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Diseño homenaje de Pawel Nolbert.

No puede ser casualidad que Lazarus sea tan tremenda, tan agónico. Oculta un guiño a tantos otros grupos del dark rock, esos primeros acordes y esos planos yacentes del videoclip que recodaban en parte al Lullaby de The Cure, y al mismo tiempo una alegoría a la vida, al sexo y al desamor. Una canción preciosa con ese contraste perfecto entre pasión y odio vital. “Look up here, I’m in heaven”, cantaba en su primera estrofa. “I’ll be free, just that bluebird”, decía en su cadencia final. Como si dijera: ahí os quedáis, humanos, que yo me vuelvo a Marte.

★ | En 2016, hay un nuevo icono internacional, la estrella negra como símbolo de una trayectoria musical y artística que nos ha marcado a casi todos los que nos enorgullecemos de sentimos diferentes a esa entelequia tan poco justificada, lo ‘normal’. La estrella negra y el rayo son culto a la pose, a la actitud, a la excentricidad, a un modelo de vida sin justificaciones, al amor verdadero, al transformismo estético e ideológico, una defensa a los excluídos, un canto a la libertad, un aplauso a lo excéntrico.

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David Bowie en 8 bits.

Bowie con su último trabajo se ha apoderado de un símbolo que ya era universal. Como ya hizo con el rayo de Stardust, que hoy permanece tatuado en pieles de toda una generación de admiradores, la estrella de cinco puntas recobra valor. A partir de ahora siempre irá unida la imagen de un símbolo musical del siglo XX y de todas las revoluciones sociales que nacieron con él.

Paul Smith empezó a comercializar camisetas con la espectacular gráfica de Black Star, una carátula diseñada por Jonathan Barnbrook que en pocas semanas se ha convertido en un icono universal. Givenchy, John Varvatos o la misma Paul Smith llevaban muchos años utilizando estrellas en sus estampados, pero ahora cobran un nuevo valor. Y seguro que las seguiremos viendo por mucho tiempo, con el significado añadido.

Cómo me habría gustado estar en Londres esta semana, volver a visitar Brixton, el barrio donde residía. Cantar canciones junto a aquella pintura mural que le recuerda. Junto a la que nos hicimos fotos. Lo recordaremos como la estrella británica del siglo XX más influyente del planeta. Seamos conscientes de que la estrella no se ha apagado, seguirá brillando tras generaciones cada vez que suene su música y se proyecten sus vídeos.

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