El fetichismo nos sienta bien

Anoche decidí que pasaría una velada perfecta. Me cociné una hamburguesa espontánea: de ternera ecológica con queso cheddar, unos pepinillos picados y unos aros de cebolla con lima, todo en su pan americano, un poco de kétchup y bien horneado. Rescaté una película de mi lista de comedias negras favoritas, Death Becomes Her (La Muerte os Sienta Tan Bien). Y revisionando las primeras secuencias me sumergí en el universo de fetiches que más me inspiran. Todos en el mismo cartel.

La maravillosa foto de portada de la noventera comedia negra.

La maravillosa foto de portada de la noventera comedia negra.

Los tacones. Como buen valenciano con punto berlanguiano, el tacón me parece uno de los inventos más elegantes de la historia de la humanidad. ¿Qué hay más artificial que una alza para nuestros talones, como si se tratara de un espolón de gallo, el inútil quinto dedo gatuno? Meryl Streep, al borde del abismo de unas escaleras, se equilibra con la punta de los pies y deja los tacones en el aire, al albedrío de la gravedad. Un fotograma neurálgico que guardo con cariño desde la primera vez que vi la película de Robert Zemeckis, el mismísimo director de la saga Regreso al Futuro.

Las pelucas. Obsesionados con la volumetría en la cabellera, o para engañar a la alopecia, el ser humano dio con uno de los primeros productos ortopédicos de la historia. Hoy se venden para personas enfermas que han perdido el pelo y no quieren enseñar la calva, para mujeres divas que quieren lucir un pelo perfecto y ostentoso cada mañana, para falleras que no quieren gastarse dinero en peluquería y sobre todo en el mundo travesti. La Prohibida sin peluca no sería La Prohibida. Y Goldie Hawn en Death Becomes Her no mostraría la exuberancia de la eterna juventud sin un imponente postizo.

Pelucas, también de fallera.

Pelucas, también de fallera.

Las pócimas. La farmacología es igual a droga. Hemos aprendido a automedicarnos y pensamos que cualquier remedio pasa por comprar unas pastillas más caras que las anteriores. El genérico de viagra desaparece en las farmacias porque la compran los musculitos para sanar la impotencia derivada de sus adicciones a los ciclos. La fe se impone a la ciencia: las universidades de medicina ya confían en la homeopatía. Aunque es todo muy de cuento infantil. Una de las primeras películas Disney que recuerdo de mi tierna infancia es Tarón y el Caldero Mágico. En esta comedia entretenida se habla todo el rato de envejecimiento, pérdida de belleza y de muerte. ¿Realmente conviene una solución?

Maquillaje. Es abrir el bote de esmalte y un aroma cautivador impregna la estancia de glam y sexología. Los polvos y el frescor del talco son una sensación. Y una de las imágenes más eróticas que se repiten en mis fotogramas es la de los labios en círculo perfecto para perfilar de carmín. Desde la infancia, con Úrsula, la bruja divina (o Divine) de La Sirenita. Hasta la madurez, con Alaska en el videoclip de Una pequeña edad de hielo. Fetichismo de pura feminidad.

maqui“Una de las imágenes más fetichistas es la de los labios en círculo perfecto para perfilar de carmín”
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Me ponen los teléfonos.

Teléfono. Alguien pensará que fuerzo el enlace con la perturbada escena en la que el doctor Ernest utiliza un teléfono de pared llamar a urgencias médicas mientras, a sus espaldas, se pone en pie el cuerpo descoyuntado de su eterna esposa. Pues no. Los teléfonos, como icono, me rechiflan. En casa todavía tengo teléfono fijo (que no cojo aunque suene). Me parece un hilo conductor con nuestro pasado muy necesario. Me gustaría que alguien me regalase un ejemplar rojo y pop como el de Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios.

Muerte. Aunque este fetiche no tiene nada que ver con lo erótico (no os preocupéis por mi salud mental), la muerte sí que me parece un icono estético en boga. Las calaveras se pusieron de moda y se dejaron de llevar, volvieron con Alexander McQueen y ahora las producen en serie Inditex y Primark. Pero no hablo solo de ese referente iconográfico, me interesan todos los demás: los cementerios, los entierros, la piel pálida, el frío, las coronas de flor. Es un mundo muy estético y muy bello, que por desgracia no logramos descontextualizar del dolor. Lo intentó Tim Burton y le fue bien. Pero antes, en esta película, todo este espectro hace acto de presencia con el mejor sentido del humor.

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