La mujer, la musa y la diva

Las noticias de despedidas se suceden una tras otra. El día en que muere un humano registrado en wikipedia es el día en que todo el mundo se acuerda de él. Todo el mundo le admira de repente, le encumbra y recuerda: por encima de si caía bien o mal, de si conocía su obra o sólo una pincelada insustancial. La muerte, más que poner a cada uno en su sitio, es un medidor de popularidad. La muerte de Sara Montiel se ha convertido en fenómeno de masas de rips, homenajes y escritos tan vacuos como aplaudidos. Como éste. Y es que la muerte es mucho más contudente que la vida. Ya sabes que sólo se echa de menos lo que tienes cuando lo pierdes.

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Un ejemplo es el que generó ayer el estúpido (adj. Necio, falto de inteligencia.) cantautor Pablo Alborán. El ínclito se atrevió a teclear en twitter para hablar de otra muerta, Margaret Thatcher, diciendo de ella que fue una figura ejemplar en un momento muy turbio. La Thatcher, que no pasó de ser un Fraga, o una Rita Barberá, en su tiempo y en su país, ha pasado a ser considerada por la historia como una persona oscura, una mujer sumamente autoritaria, poco respetuosa con las minorías, desconsiderada hasta con los suyos y completamente absorta a su propia ambición política. Privatizó todas las empresas públicas de Reino Unido y quitó algunos derechos básicos a los más desfavorecidos. Una anécdota: quitó vasos de leche gratuitos a los niños escolarizados. Pero pese a todo esto, para Alborán, sorprende que la dama de hierro fuera de carne y hueso. Háztelo mirar, guapo.

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Estamos viviendo tiempos delicados para las reivindicaciones, porque cualquier tema es susceptible de ser politizado dentro de esa corrección universal que nos invade, que nos obliga a defender derechos universales y a no excedernos con las bromas. Pero a veces nos pasamos. Últimamente estoy notando que hay como una especial predilección por separar la actividad que hacen las mujeres de la que hacen los hombres, y ponerla sobre un pedestal. Creía que esa posición estaba sumamente superada en los inicios del siglo XXI, pero no. En los museos todavía hay exposiciones que hablan solo del trabajo de las mujeres, como la realizada en el MuVIM, ‘Universo Poliédrico. Mujeres/Miradas/Propuestas’. Me parece mal que no se incluyan los hombres en esas miradas. Igual que me habría parecido incorrecto hacer una exposición solo de homosexuales, solo de personas superdotadas, o solo de negros albinos. Pero está claro que, o yo doy por hecho que hay cosas superadas, o la sociedad y yo estamos en diferentes etapas evolutivas. No obstante, si tenemos que defender así que las mujeres puedan crear arte, pues bienvenida sea esa exhibición de mujereza.

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Una de mis preferidas de la exposición del MuVIM.

Pero volviendo al tema de Saritísima, creo que es mucho más importante lo que imaginamos. Desde el prisma de la sexualidad, ha sido durante muchas décadas una de las mujeres más deseadas. Su canon facial, de ojos rasgados y galante, marcó centenares de portadas de revistas del corazón, y carteles de los cines de las grandes vías de todo el país. Sus peinados y sus formas de aparecer en público siempre llegaron por delante de la moda. Sus desnudos, naturales, impecables. Quizá no era una buena cantante, ni la mejor actriz (no ha recibido ni un Premio Goya en su carrera), tampoco logró ser una estrella de la televisión, pero estaba en todas partes, sobre todo en el couché, por una vida que mis abuelas calificaban de alocada.

Desprendía, aun por televisión, un halo de persona especial. Era un referente de feminidad en España. Y pese a lo que digan ahora, sus ideas estaban por delante de los tiempos. Muy libre, muy respetuosa y sin tantos prejuicios o tapujos como la mayoría de estrellas coetáneas. En definitiva, creo que tenemos que sentirnos afortunados por haber compartido parte de nuestra estancia en el mundo con una estrella como Sara Montiel. Como decía Boris Izaguirre, es una estrella inmortal.

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