Hay un hombre que lo hace todo

Las adicciones al trabajo no son nada buenas. Pero las adicciones al estado permanente de multitask creo que enriquecen al ser humano. Me he acostumbrado a rellenar los tiempos que libero con más responsabilidades y aventuras creativas. Los lunes son más largos y monótonos. Pero los martes brillan con afán social. Los jueves y viernes me dejan hueco para las funciones más inventivas, colaboraciones puntuales en medios y un poquito de I+D en materia musical o de diseño gráfico. Intento reservar todas las noches una hora libre para leer revistas —una de mis aficiones favoritas—, dibujar y garabatear—ese otro vicio—, y si puedo continúo con los libros y discos en los que me sumerjo casi todos los domingos y festivos.

Tengo la suerte de trabajar en lo que me gusta. Y aunque no me considero especialmente bien remunerado, entiendo que así sea por la situación económica que atravesamos. Lo que sí que me siento es admirado y cuidado por los que me rodean en cada ámbito laboral en el que desarrollo funciones, que son varios. Y eso me satisface y me genera ilusión para esforzarme cada día.

Por eso, lo que más me entristece es ver a compañeros que después de haber dedicado mucho tiempo e inversión a una formación adecuada en lo que más les gustaba, el periodismo, han acabado tirando la toalla y aceptando trabajos que sólo les ofrecen remuneración y supervivencia. En los peores casos, han tenido que huir y asumir que no hay fórmulas para llevar adelante sus proyectos personales. O están en paro, como la mitad de los jóvenes españoles.

Es una lástima y una situación provocada por la crisis económica; que a su vez está siendo acentuada por las decisiones políticas. Y si Zapatero cometió errores y dio bandazos cuando empezaba la crisis, hoy ya no es justificable esa conducta, ni establecer parámetros neoliberales que aplastan a los más débiles. Hay que aprender de lo que se hizo mal. Hay que dar un giro. Porque si no de qué sirven los gobiernos. No podemos creer que la virgencita de Fátima Báñez nos librará de los males. No podemos consentir que una reforma laboral injusta siga provocando despidos, cierres de empresas, EREs y depresión social. No podemos consentir que la subida de impuestos generalizada haya acabado con el nivel de ahorro de las familias, o les impida pagar la lista de la compra. No podemos consentir que Mariano Rajoy decida acabar con la industria cultural de un país, aumentando hasta el 21% su tasa impositiva y provocando que las salas ya no quieran contratar más conciertos, que las compañías de teatro se vean al borde del cierre o que los libros electrónicos, el futuro de la cultura, menoscabe sus oportunidades.

Por todo esto y mucho más, yo también voy. Vamos. Por que la huelga del 14-N es la más motivada y justificada de la democracia española. Y nos tenemos que unir para que el presidente peor valorado, según el CIS, se dé cuenta de que así no se hacen las cosas, que esta realidad no era su programa electoral y que vivir así no es «lo que dios manda», ese eslógan que tanto le gustaba remarcar en campaña.