Entre construcción y deconstrucción

No tenía ganas de volcar aquí más rabia irascible contra las medidas del nefasto gobierno del Partido Popular de Rajoy. Ha demostrado ser incapaz, incoherente, intolerante e impresentable (un agradecimiento a Andrea Fabra) en sólo siete meses de gobierno. Un exitazo. Han logrado que nos intervengan en la teoría y en la práctica y, además, que nos puteen, que nos jodan. Han reducido la capacidad adquisitiva de las clases medias y han aniquilado a las familias que ya soportaban el peso de uno, dos, tres o cuatro parados. La única ilusión para muchos será llegar a fin de mes teniendo algo en la despensa, después de una subida desorbitada del IVA reducido. La cultura, a partir de ahora, bajo mínimos: su tipo impositivo sube un 162%. La derecha siempre ha querido gobiernos que no lean, que no sepan entender, que no aprendan historia, porque así nadie podrá cuestionar los éxitos de su política de fachada, de fachones.

Se acabó el salir continuamente de cenas y cines para la mayoría. Hasta para mí. Pero el sábado rendimos un homenaje a aquellos buenos tiempos. Vins y yo acudimos a nuestro cine de barrio para ver The Amazing Spiderman. Me apetecía mucho ver la versión de Marvel por Marc Webb, aquel joven director de 500 días juntos que supo conjugar el romanticismo más atroz con una estética contemporánea, plástica y translúcida, en una de mis películas del año 2009.

Uno de mis planos preferidos de The Amazing Spiderman (2012).

El nuevo Spiderman de carne y hueso ha salido mejor parado que en versiones anteriores. Un efebo arácnido interpretado por Andrew Garfield, que aparenta mucho más joven de los 28 años que tiene, hace un papel muy firme y maduro. Como en el cómic de Marvel, es rebelde con causa, sufre maltrato social y dramas familiares. Es débil. Tras la picadura de la araña de laboratorio, adquiere poderes que aprende a utilizar convenientemente, guiado por un revanchismo social. Entran en juego nexos afectivos; chica que le gusta, su suegro como jefe de policía y el ex compañero de investigaciones de su padre que se transformará en antagonista malévolo, llevando la ambición personal hacia objetivos destructivos. Todo, como siempre, en el escenario de los grandes rascacielos de Manhattan. Con un centro de investigaciones espectacular del que todavía tengo dudas de si existe en realidad.

Esta película me recuerda dos cosas muy presentes. Mi pasión por Nueva York y especialmente por la gran manzana. Estuve en 2007 y me auto prometí que volvería. El décimo aniversario del primer viaje podría ser un momento perfecto, aunque igual surgen excusas más inmediatas. Al irme sentí que me faltaba por vivir muchas cosas entre aquellas calles. Sé que cuando vuelva la ciudad habrá cambiado mucho. Entre otras cosas, ya estará alzado el emblema del memorial al World Trade Center, que en mi visita se encontraba en los primeros cimientos.

El Empire State durante su construcción, en 1929.

La otra sensación ver la película en sala grande es esa sensación de vértigo tan presente. Dicen los expertos que hay factores que afectan a que el miedo a las alturas aumente, como la alimentación. El caso es que ver un acantilado sin barreras o un rascacielos con barandilla desde lo más alto es una emoción terrorífica ante la que no puedo sucumbir. Piel de gallina todo el rato.