Las tentaciones de los viernes

Viernes. Qué lujo que una misma semana tenga dos, como esta. Siempre ha sido mi día preferido. De pequeño salía del colegio a las cinco y me recogía mi madre; el viernes era el único día que lo hacía. Nos subíamos a un autobús de línea porque ella aprovechaba la tarde libre para ir a la peluquería. Una sala de estudiantes en el centro de Valencia, pequeña, con unas escaleritas que ya olían a laca, a producto. No me caían bien casi ninguno de los peluqueros pero las clientas me mantenían en continuo estado de asombro. Rabiaba de curiosidad con el uso de todos los instrumentos para modelar el cabello; desde esas turbinas espaciales donde las señoras metían la cabeza durante toda la tarde, hasta los rulos de colores, baluarte de la antigua femineidad.


Crecí, pero los viernes se consolidaron como días especiales. En la adolescencia era el día que antes de llegar a casa me pasaba por el videoclub, aquel concepto de modernidad trasnochada, y me llevaba un pack de tres, en oferta, para quedarme toda la tarde-noche delante de la pantalla mágica. Me las tragaba de tres en tres. Sin desprecio a los géneros que menos iban conmigo. Ya le empecé a coger el punto al cine clásico. Remataba con una merienda-cena, un sándwich mixto o una pizza de congelador.

Y poco antes de entrar a la universidad, los viernes se convirtieron en lo que ya son hoy; un día de eventos vespertinos, inauguraciones de exposiciones y tiendas. Venían aliñados con una iniciativa periodística que copó toda mi atención desde que la descubrí: el suplemento Tentaciones de El País. Todavía recuerdo la fuerza de aquella cabecera de color en Futura Sans Serif, con grandes fotos de grupos que no conocía y que hoy son mis referentes. Disfrutaba el el tren todos los viernes leyendo sus sección de sexo, reseñas musicales y vanguardia informativa: una forma diferente de contar un mundo paralelo, que es en el que vivo sumergido. Eso que algunos todavía llaman indie.

Hacia 2008, la decadencia de Tentaciones (porque se la cargaron premeditadamente con cambios incomprensibles de staff) coincidió con la decadencia de mi anterior blog y con el inicio de una nueva etapa en mi vida: el principio de mi etapa laboral. Nació EP3, un nuevo formato fundamentado en un website que duró activo pocos meses. Todo lo demás fue una agonía de despropósitos y unos artículos manidos y reseñas musicales podridas. Sólo se salvaron las colaboraciones puntuales de Popy Blasco, al que comencé a seguir con interés por su inquietud periodística y sobretodo por su riqueza cultural; porque hablaba en mi idioma.

Hoy, muchas cosas han cambiado. Pero los viernes siguen siendo especiales. Casual-friday laboral, planes de tarde, tiempo de sobra para leer toda la prensa, con sus agendas de fin de semana. Y ahora,  con cierta melancolía, sigo escribiendo este blog (ya con dominio propio) y leo la resurrección digital de Tentaciones. Los viernes siguen siendo una manzana mordida.


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