Callarte

A cincuenta metros de mi casa, hace demasiados años que hay un solar cerrado por muros que un día quisieron ser efímeros. Efímeros pero infinitos, como casi todos los solares que ocupan el centro de la Valencia histórica y emblemática. Gente que nunca quiso salir del anonimato empezó a pintarlos, pero una brigada del ayuntamiento tenía por deber pintar encima de color gris. Gris aburrimiento frente al color y la línea de la creación artística. Gris políticamente correcto frente a la violencia de la pasión por los colores y el arte. Callar las paredes es una forma más de censura. Una cosa es una pintada y otra es la iniciativa artística, y es fácilmente diferenciable hasta para ese operario de limpieza que un día tuvo que estudiarse la Constitución Española para sacarse la plaza de funcionario. No es cosa de sentimientos o sensibilidades artísticas, es una mera cuestión de intenciones. Cuando algo está puesto para embellecer, para sorprender, o para ofrecer un mensaje gráfico, se nota. Respetarlo o reprimirlo ya es una decisión política.

Me gustan las ciudades en las que se permite llenar de arte los rincones que no sirven para nada, las fachadas abandonadas, los descampados inamovibles y los caminos desiertos. Nunca he estado en Berlín, pero sé que se parece a la ciudad que tengo en mente. El simple hecho de que durante décadas tuviera que aguantar un muro inútil, hace que se parezca a las fronteras que Valencia ofrece en cada calle; paredes vacías, mal hechas, feas. Antes se llamaba grafiti, pero ahora ya es arte en mayúsculas; gracias, en parte, a Bansky, que ha adquirido tanta fama gracias a un golpe de prensa y una producción de cine. Todo es para bien. Ahora algunos aprenderán a respetar el arte callejero, que a veces tiene más valor que el que permanece en un búnker inaccesible de metacrilato y se valora con el sueldo de varias vidas. En la cultura del siglo XXI lo gratuito y lo low cost no tiene por qué ser menos.

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