De lo escrito en su muro

Muro de Berlín

Era otoño, de lluvia y frío. Estaba en la sala de estar del antiguo piso, en silla tapizada y entre las faldas de una mesa de camilla. Dibujaba. Y curioseaba entre mi colección de minerales una nueva adquisición: una botellita de mercurio que horas después, por accidente, acabaría esparcida en el suelo formando pelotitas fragmentables en progresión geométrica infinita. Un espectáculo. Por la televisión, tras la tormentosa melodía de Informe Semanal, la noticia de que el muro de Berlín se tiraba abajo, y con ello se acababa el enfrentamiento de un país, Alemania, entre sus habitantes del oeste y del este. Una lucha que separaba familias por ideas políticas. Es el único recuerdo de guerra europea que guardo de mi infancia.

Han pasado veinte años, y ahora he aprendido por qué existió ese muro; y sobre todo por qué se tuvo que derruir. Era el símbolo de una guerra que nunca había acabado. Y su fin supuso el principio de una nueva era en política: el crecimiento tranquilo, el relanzamiento de la socialdemocracia y el fin de un totalitarismo que primero representaron las dictaduras europeas y más tarde promovió Reagan con un liberalismo radical que bajaba impuestos a las rentas más altas y promovió la desigualdad social. En 1989 los 120 kilómetros de muro empezaron a ser derrumbados por los propios ciudadanos. En Berlín los civiles sacaron picos y palas para despedazar su lamentable historia del siglo XX. Días más tarde, los trocitos del muro desbastado por las herramientas empezaron a comercializarse; fue el merchandising de la libertad y de la nueva Europa. Como símbolo final, la selección alemana de fútbol volvía a aunar a los dos equipos separados y enfrentados.

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